1 junio, 2018. Por

Rodrigo García

Un viaje kitsch-pop, un wannabe reflexivo e incoherente en manos del enfant terrible de la posmodernidad escénica
Rodrigo García

“La epopeya transcurre entre dos puestos de acarajés, el de Dinha y el de Cira, en Salvador de Bahía. Orson Welles, disfrazado de Macbeth, se ha hecho con el control de la región y ha reinstaurado la esclavitud. Ultramán, superhéroe de 40 metros de altura, y Naronga —enemigos desde los sesenta y ahora por primera vez luchando juntos—, se unen al popular motociclista Evel Knievel y a los Titanes del Ring para liberar al pueblo bahiano de la tiranía de Macbeth-Welles. Trifulca, rayos, navajazos, patadas voladoras, verso blanco pentámetro yámbico es el cuadro desolador que se encuentran los filósofos Lisias y Demóstenes al llegar a Salvador de viaje de fin de estudios venidos desde Atenas en BlaBlaCar.

¿Qué va pasar con todo esto? Rodrigo García lo tiene claro: «Yo no lo sé. Son cosas que en la obra se aclararán, y si no, que devuelvan el dinero de la entrada, ¡conchudos!”.

Pues sí, Rodrigo García lo tiene bastante claro, como nos dicen en el programa de mano. Y, básicamente, hace lo que le da la realísima gana (y bravo por él, oye). En este caso presenta ante el espectador un plato de nombre escueto y sencillito: Evel Knievel contra Macbeth na terra do finado Humberto. Y que, partiendo de los delirantes ingredientes expuestos anteriormente, se puede ver ahora en los Teatros del Canal de Madrid.

“La última ida de pinza de este enfant terrible de la posmodernidad escénica es un viaje kitsch bastante ligero comparado con algunos montajes suyos anteriores, con sus píldoras cachondas y/o reflexivas, algunas imágenes potentes que beben de la cultura pop… pero que no llega a calar en el espectador”

La última ida de pinza de este enfant terrible (aunque ya no sea tan enfant) de la posmodernidad escénica es un viaje kitsch bastante ligero comparado con algunos montajes suyos anteriores, con sus píldoras cachondas y/o reflexivas, algunas imágenes potentes que beben de la cultura pop… pero que no llega a calar en el espectador. La verdad es que da la impresión de que el propio García no parece tomárselo demasiado en serio tampoco, y se ha lanzado a pegar unos cuanto sketches como pasatiempo lúdico-teatral, aunque sí, con un fondo de crítica e intención de homenajear al particularísimo universo del cineasta Glauber Rocha. Con un monstruo japonés a lo Godzilla, dos filósofos griegos de viaje de fin de curso, un niño que toca el xilófono, Orson Welles con ansias de dominar el mundo, luchas entre puestos de comida típica brasileña, un motorista americano setentero que se pega de leñazos, comida con formas realistas de órganos humanos y mini coopers transformados por Philip Starck en coches fúnebres para enanos. Entre otros.

Hay que reconocer que algunos de estos elementos consiguen hacer sonreír y otros como imágenes resultan bastante potentes. Y que García lanza reflexiones interesantes como “Los dos problemas esenciales de la época: la falta de sobresaltos metafísicos y la ausencia de tragedia” y algunas pullitas (“Se preocupaban tanto del Amazonas, la capa de ozono y las gallinas que se olvidaban de sus congéneres, los seres humanos, a los que en el fondo detestaban por sentirse ellos gente diferente, special people”: parece que no le sentaron muy bien las críticas de los ecologistas por tener gallinas en escena en 4, su montaje anterior) y levanta momentos muy interesantes (los diarios de los filósofos, reducidos a tomar decisiones de una vida cotidiana, repetitiva y vacía, con esas letras de efecto hipnótico sucediéndose en pantalla), pero el conjunto no llega a pasar la barrera de lo memorable o lo transgresor (ni siquiera de lo entretenido, en ocasiones) dejando al espectador algo frío. Y a más de uno seguramente con ligera sensación de tomadura de pelo.

“El conjunto de la obra no llega a pasar la barrera de lo memorable o lo transgresor (ni siquiera de lo entretenido, en ocasiones) dejando al espectador algo frío”

Por su parte, las actrices Núria LloansiInge Van Bruystegempelean contra ellas mismas y contra los enrevesados textos en diferentes idiomas cuales caballeros andantes (no es metáfora, tienen hasta armadura),en algún momento con embadurnamiento de pintura entre medias. Y a un niño le toca disfrazarse de mini Godzilla y recitar en francés los nombres dados al filete empanado en las diferentes culturas del mundo (porque el ser humano está abocado según Darwin a convertirse en un cachopo, algo que no sabíamos pero que nos apuntamos).

Como decimos: resulta francamente difícil encontrar una coherencia a todo esto. Pero bueno, uno en principio ya sabe lo que va a ver cuando se acerca a una función de Rodrigo García. Y se puede preguntar todo lo que quiera “¿Qué va pasar con todo esto?”, que en muchas ocasiones le va a dar igual. Lo que tiene que hacer es no luchar (y menos contra un Orson Welles demenciado que intenta conquistar Bahía o un un monstruo japonés que viaja en avión) y dejarse llevar.

Rodrigo García