28 septiembre, 2018. Por

El Reverendo

Desde el purgatorio del muerto en vida a la búsqueda de una redención infernal
El Reverendo

Un apacible rincón de Nueva Inglaterra. Una vieja iglesia que recibe, de vez, en cuando, recibe la visita de turistas que compran chapas, gorras y camisetas, lo que permite subsistir al pastor a cargo, el taciturno Toller (Ethan Hawke, en una de las mejores interpretaciones de su carrera). Toller es un solitario, perseguido por los fantasmas de su pasado: antiguo capellán militar, animó a su único hijo a alistarse, y éste murió en combate en Irak; incapaz de perdonarle, su esposa le ha abandonado. Ahora vive cumpliendo sus funciones de forma casi maquinal, trasladando a su diario sus dudas místicas, en una burbuja de dolor. Todo cambia cuando una de las escasas feligresas, la angelical y embarazada Mary (desde luego, el nombre no es casual), con el rostro de Amanda Seyfried, se acerca a él para pedirle consejo. Su esposo, Michael (Philip Ettinger), un ecologista radical que cree que la especie humana está condenada y es un error traer nuevas vidas al mundo, le ha pedido que aborte.

Preocupado por Mary, Toller accede a hablar con Michael, sin saber que con ese acto su suerte queda echada. El dialogo que mantiene con el joven le muestra su incapacidad para ayudar a los demás, de ofrecer unas respuestas en las que ya apenas cree. Sólo le queda un punto de luz, algo que puede guiarlo en el abismo: la propia Mary. Tiene que protegerla; y esta determinación férrea lo empuja en una dirección que sólo puede llevar a su autodestrucción. Con un ritmo calmado, paso a paso, a través de los pensamientos, gestos y miradas de su sombrío protagonista, El reverendo nos lleva desde el purgatorio en el que reside el pobre Toller a una redención infernal, que no sorprenderá a los que conocemos a su autor.

«Con un ritmo calmado, paso a paso, a través de los pensamientos, gestos y miradas de su sombrío protagonista, ‘El reverendo’ nos lleva desde el purgatorio en el que reside el pobre Toller a una redención infernal, que no sorprenderá a los que conocemos a su autor»

Si El reverendo (First Reformed), una modesta película independiente, rodada con un presupuesto mínimo, en menos de tres semanas, merece nuestra atención, es porque su autor, Paul Schrader (Michigan, 1946) es uno de los grandes nombres del cine norteamericano moderno, un protagonista fundamental de la generación del Nuevo Hollywood de los setenta: la de Spielberg, George Lucas, Brian de Palma, Malick y, sobre todo, el gran Martin Scorsese, para el que escribiría cuatro películas –entre las que hay, al menos, tres obras maestras-: Taxi Driver (1976), cuyo guión redactó según la leyenda en sólo diez días; Toro salvaje (1980); La última tentación de Cristo (1988); y Al límite (1999)-.

Uno de los aspectos más peculiares de su biografía se hizo famoso: educado en una severísima fe calvinista, no vio su primera película hasta cumplir 17 años de edad, lo que, sin duda, influyó decisivamente en el cine que escribiría y dirigiría, plagado de personajes atormentados que se sienten abocados a la condenación y que intentan trascender el vacío de sus vidas, a menudo por medios en absoluto ortodoxos.

Otro elemento fundamental de su naciente pasión por el cine sería su descubrimiento del cine espiritual, seco y austero del director francés Robert Bresson: su adaptación de Crimen y Castigo, titulada Pickpocket (1959), le fascinó. Hasta ese instante, había pensado en convertirse en crítico; no se veía capaz de hacer sus propias películas. “Cuando vi esa película me dije a mismo: tengo que hacer algo como esto” . De hecho, El reverendo tiene mucho de versión libre de otra de las grandes cintas de Bresson, El diario de un cura rural (1951).

«Educado en una severísima fe calvinista, Paul Schrader no vio su primera película hasta cumplir 17 años, lo que influyó decisivamente en el cine que escribiría y dirigiría, plagado de personajes atormentados que se sienten abocados a la condenación y que intentan trascender el vacío de sus vidas, a menudo por medios en absoluto ortodoxos»

Su primer guión, escrito en colaboración con su hermano –y también distinguido, aunque mucho menos prolífico cineasta- Leonard, fue ya una de las grandes películas de la década de los setenta: Yakuza (1974), una maravillosa joya del noir, a medio camino del cine oriental y el occidental, con un inolvidable duelo actoral entre Robert Mitchum y Ken Takakura. A lo que se siguió el guión de una personal, y también excelente, revisión del Vértigo de Hitchcock, Obsesión, que dirigiría su amigo Brian de Palma. Tras este inicio fulgurante, y dejando de lado su asociación con Scorsese y algunas colaboraciones ocasionales, dirigiría sus propios obras.

En su larga carrera, ha dirigido un puñado de películas tremendamente buenas (Blue Collar, Mishima, Hardcore, Posibilidad de escape, Autofocus, Aflicción) y otras no tan recomendables (como la psicotrónica The Canyons, escrita por el zumbado de Bret Easton Ellis y con la muy perturbada y perturbadora Lindsay Lohan en el papel principal) y alguna minusvalorada, a redescubrir (como American Gigolo, El placer de los extraños o la reciente Como perros salvajes). El reverendo, sin duda, pertenece a la primera categoría, y merece muchísimo la pena.

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