18 diciembre, 2018. Por

Residente

Hablamos con el que fuera mitad de Calle 13 y uno de los artistas latinoamericanos más globales
Residente

Once años, cinco discos y 25 Grammys recogidos después, la banda puertorriqueña que fue censurada en su país y que reivindicó el reggaetón antes de que los festivales hípsters la acogiesen bajo su ala pero que nadie pudo detener en su expansión global decidió parar. No sabemos si Calle 13 pasó a mejor vida para siempre, pero las dos patas de ese banco (los hermanastros René Pérez Joglar, alias Residente; y Eduardo Cabra, alias Visitante) emprendieron caminos por separado para abrir incluso otras vías.

La que eligió Residente fue la de buscarse en los confines de su ADN para encontrarse un poquito en todo el mundo. Literalmente: se hizo un análisis en donde se plasmaba el poli-origen que le corre por las venas, y decidió ir a cada uno de esos sitios (desde Armenia a China, Burkina Faso, Siberia, Francia o Ghana) y articular uno de los álbumes más poliédricos y científicos del siglo XXI.

Ha pasado más de un año desde su homónimo debut, y el puertorriqueño ha asumido nuevos retos. Hace unas semanas, en un breve paso por nuestro país, hemos quedado con René para hacer un repaso de este periplo en solitario, pero también para hablar (cómo no) de política, naciones, fronteras, beefs, sexo y canciones.

«No quiero que mis opiniones o mi discurso ideológico supere el alcance e influencia de mi música. La gente muchas veces se envuelve en lo social y se pierde otras muchas cosas importantes que hay detrás. Y eso frustra un poco: yo estudié arte, no política»

Pasó algo más de un año desde tu disco. A mí lo que más me llamó la atención fue el proceso: fue un disco casi científico, o arqueológico, incluso, donde hiciste un viaje a través de tus lazos sanguíneos por todo el mundo, grabaste a gente muy diferente, uniste tradiciones musicales y culturales… ¿qué es lo que más aprendiste?

Aprendí muchísimas cosas de gente que no está acostumbrada a meterse en un estudio a grabar, o que ni siquiera sabe lo que es un estudio, gente que tiene otras creencias religiosas, que ve el mundo de una manera tan diferente a uno, pero a la vez tan pura. Tener esa paciencia para trabajar, que yo creo que la tengo al máximo, y que una toma que en cualquier otro contexto me hubiera tomado dos horas me acababa tomando 24… y parte de ese aprendizaje, de entender al otro, de situarse en otro contexto: da igual lo que uno lea, hasta que uno no vive ahí con ellos y lo ve con sus propios ojos no lo conoce. Ese tipo de situaciones es lo que más me llevo: el documentar de la manera que lo hice, tanto a través del viaje como de la tecnología fue casi de tesis doctoral.

Después de hacer un disco tan inter y multicultural, ¿te hizo reflexionar a ti sobre el tema de reivindicar territorios o la idea de “patria” o “nación”, como has reivindicado tantas veces para tu Puerto Rico?

Sí, me lo han preguntado alguna vez. He hablado mucho de razas, de si las banderas separan o unen. Sí que creo que, por un lado, somos todos seres humanos y estamos todos unidos por una serie de conexiones biológicas y de funcionamiento como personas; pero, por otro, me parece bonito también contarles a nuestros otros hermanos nuestras experiencias viviendo en comunidades concretas. Y que lo que represente una bandera sea a la vez transmisor de una cultura, de un lenguaje, de una historia… y está bueno que esté representado de algún modo para que no se nos olvide, para que no se repitan los errores, para que otros la puedan usar para crecer. Desde ese punto de vista funciona, siempre y cuando esté claro que todos seguimos siendo una misma raza.

A raíz de esto, no sé si estás familiarizado con lo que está pasando entre Cataluña y el estado español.

Sí, sigo bastante el tema, sobre todo desde las votaciones de hace algo más de un año; o del chamaco que hizo la canción contra la monarquía y tuvo que exiliarse [Valtonyc]; o las violaciones de La Manada

«En Colombia me amenazaron de muerte, en Puerto Rico me censuraron, en Chile me vinieron a buscar desde organismos gubernamentales después del concierto de Viña del Mar porque no querían que hablase sobre el conflicto con los mapuches… me pasaron tantas cosas que una psicóloga, cuando vivía en Argentina, me ayudó a buscar otra manera de poder decir las mismas cosas, pero sin correr tantos riegos de que me maten»

Estás bastante puesto al día de la agenda informativa española. ¿Cómo ves tú desde fuera, pero visitando con regularidad el país?

Los veo atascados en algunos asuntos. Los momentos sociales estaban llevando al país a la vanguardia social, surgieron movimientos interesantes y partidos como Podemos; pero veo que ahora mismo está en un proceso de cambio, y no quieta como sí la veía en estos últimos años atrás. Veo que estáis en un período de transición que puede llegar a durar varios años, incluso.

Se te suele preguntar mucho por tu opinión sociopolítica: eres una voz bastante autorizado, o al menos se te ve así. ¿Tienes miedo que en algún momento se te hable más sobre cuestiones extramusicales y que tu discurso político acabe comiéndose a tu obra?

Algo sí. No sé si es “miedo” la palabra, pero sí que me pasa y me lleva tiempo pasando; y por eso he bajado el tono desde 2010-2011 a esta parte: fue un año en el que me pasaron muchas cosas; en Colombia me amenazaron de muerte, en Puerto Rico me censuraron, en Chile me vinieron a buscar desde organismos gubernamentales después del concierto de Viña del Mar porque no querían que hablase sobre el conflicto con los mapuches… me pasaron tantas cosas que yo, con una psicóloga cuando vivía en Argentina, me ayudó a buscar otra manera de poder decir las mismas cosas pero sin correr tantos riegos de que me maten.

Y ahora estoy sintiendo la quietud de que en algunos aspectos no estoy siendo yo, y estoy como en una lucha interna con mí mismo; y posiblemente lo próximo que diga va a tener algo de candela. No porque lo disfrute, sino porque tengo necesidad: no de regañar, sino de dar mi opinión. Pero no quiero que mis opiniones o mi discurso ideológico supere el alcance e influencia de mi música. La gente muchas veces se envuelve en lo social y se pierde otras muchas cosas importantes que hay detrás. Y eso frustra un poco: yo estudié arte, no política.

¿Pero te ves haciendo política?

No, ni en pedo.

En una de las cosas que dices en “La cátedra” es que no eres “ni comunista ni socialista” y que te gusta más la definición de “idealista”. ¿Es una manera de desmarcarte del comunismo? Se te lleva señalando como tal desde hace años. De hecho, tú habías hecho alguna coña con eso en Instagram cuando fuiste a tocar a Miami. Decías: “va el comunista para Miami, ¡quemen mis discos!”.

(Risas) A mí lo que me hace gracia es que me atribuyen cosas que nunca dije. Pero la gente llega a sus conclusiones porque es parte del cliché: alguien que se preocupa por cosas sociales es comunista o socialista. Lamentablemente, mucha gente lo ve así. O si te tiras una foto con el presidente, ya se te crucifica y se te acusa de ser un vocero suyo…

“Hay artistas que tienen números que, en realidad, no reflejan esa masividad que proyectan en las redes sociales en sus conciertos. Yo estoy haciendo conciertos más grandes que gente que tienen millones de seguidores en las redes”

Por eso se te había repudiado en su día.

Por eso tuve gente que me seguía sin importarle la música que hacía; y gente que me criticaba. ¿Cómo voy a ser kirchnerista o chavista si no vivo en esos países? En Argentina sí viví un tiempo, y puedo tener más conocimiento del día a día de ese país; pero ni siquiera: no tengo la historia por mis venas, no es como Puerto Rico, que conozco todo lo que ha pasado.

¿Te sientes valorado en Puerto Rico? ¿O crees que se te valora más fuera de allí?

Yo cuando veo una foto con 40.000 personas en mi concierto sí me siento valorado. Esa cantidad de gente es mucha en cualquier parte del mundo, pero en Puerto Rico, que es una isla en la que incluso me han censurado, más: tiene más valor. Sé que para muchos no soy un artista cómodo, pero la gente allí me saluda, me quiere, me ven como a un hermano. Incluso la gente que supuestamente no me quiere termina tirándose una foto conmigo, hablando conmigo y queriéndome. Yo al principio me preocupaba. Pero cuando vi que a Messi también lo critican en Argentina, ya me relajé (risas).

No sé si todo esto que pasó con Tempo y Nelson, que hubo intercambio de beefs y que se culminó con La Cátedra, se ha calmado o si todavía sigue candente.

Todo se ha calmado. Y han pasado otras cosas, también, que lograron que todo se relaje mucho más. Yo lo invité a rapear y le tendí la mano. Creo y espero que todo haya quedado zanjado. Son gajes de este oficio.

“El reggaetón creó algo nuevo que no existía. Hay que ver hasta dónde llega el movimiento”

En la música siempre se ha separado mucho el hedonismo del pensamiento. Sin embargo, tu música parece que quiere acoger ambas vertientes. ¿Se puede bailar y pensar a la vez?

Se puede, pero no es lo que se acostumbra. Rubén Blades lo hizo con su manera de hacer salsa, en un momento en el que la salsa tenía un gancho clásico y era la música que representaba a la comunidad latina en todo el mundo occidental: puso a la gente a bailar hablando de cosas muy serias. Creo que se puede.

¿Cómo estás viviendo este proceso de occidentalización del reggaetón? Artistas como J Balvin, Ozuna, Daddy Yankee o Bad Bunny parece que han conseguido romper algunas barreras. ¿Te sientes conectados con esa generación?

Yo siempre he tenido mi espacio propio donde me siento bien: es de total incomodidad constante, entonces me provoca el querer ser diferente todo el tiempo. Está buenísimo que se le haga frente al patrón medio de música anglosajona con ritmos tan populares y tan arraigados a la cultura latina moderna como el reggaetón. Estaría bueno que fuese un tipo de música más creativa todavía, pero por algo se empieza. También hay muchas cosas que tienen que ver con la industria. Para mí, lo que realmente determina que alguien es grande no es la cantidad de reproducciones que tenga una canción o un vídeo, sino la gente que mueves en los conciertos. Lo mismo con el Instagram: no es muy real ni relevante.

¿Crees que artistas que venden números que son más humo que realidad?

Creo que hay artistas que tienen números que, en realidad, no reflejan esa masividad que proyectan en las redes sociales en sus conciertos. Yo estoy haciendo conciertos más grandes que gente que tienen millones de seguidores en las redes. Creo que esos números hay que demostrarlo con cosas tangibles.

¿Qué opinión tienes del concepto de “apropiación cultural”?

Depende cómo se trabaje. En el caso mío, cuando trabajé mi disco Residente mi intención era ir a la contra de cómo funciona la industria musical: yo me fui a trabajar con artistas que nadie conoce de países que no son potencia; cuando tranquilamente podría haber trabajado con artistas conocidos a nivel mundial de mercados musicales que manejan la industria. Yo siempre entendí que el aporte de los músicos con los que trabajé era fundamental para lo que estaba haciendo, les daba un porcentaje de los derechos de autor, como con la gente con la que trabajé en Siberia o en África. Quería integrarlos no solo a nivel conceptual, sino también legal, en el negocio: y podía no haberlo hecho, pero lo hice porque me salió. Lo menos que yo quiero es apropiarme de algo culturalmente.

“Creo que, por un lado, todos los seres humanos somos iguales; pero, por otro, me parece bonito también contarles a nuestros otros hermanos nuestras experiencias viviendo en comunidades concretas. Y que lo que represente una bandera sea a la vez transmisor de una cultura, de un lenguaje, de una historia”

¿Crees que hay que tener miedo, que igual se va perdiendo la música tradicional por desinterés de la juventud?

Creo que hay que mezclar lo nuevo con lo viejo, y que haya una cultura que sirva de base pero que dialogue con cosas nuevas. El reggaetón creó algo nuevo que no existía. Hay que ver hasta dónde llega el movimiento.

Una de las novedades más recientes es tu single Sexo. ¿Era una manera de criticar la sociedad hipersexualizada y, a la vez, reivindicar la libertad sexual?

Hice el tema por muchas razones. El público al que sé que llegué con esta canción es aquel que no me escucha habitualmente, y probablemente gracias a esta canción de corte más hedonista va a escuchar por rebote una canción como Guerra. Me lo tomé como un reto para complementar otros discursos de mi repertorio. Me parecía interesante poder acercarme a la manera de fabricar hits que tienen algunos artistas de ahora, y demostrar que también podía hacerlo. Y la canción se convirtió en platino. Y lo hice agarrándome al discurso de Freud: acabar con los roles aprendidos, y la canción no tiene género ni masculino ni femenino.

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