17 abril, 2017. Por

Removidos

El mundo y las relaciones por la vía de lo trágico, lo cómico y lo banal
Removidos

¿Cuándo la actual forma de vida occidental y urbana se convirtió en esta compleja y mutante locura? Si Vargas Llosa se preguntaba cuándo se jodió el Perú, cabe hoy, Europa, 2017, desorbitante prosperidad material a nuestro alrededor, cuándo se jodió eso que antes tenía nombres parecidos a serenidad, sosiego, entereza. Removidos bucea en este inmenso magma de deseos, insatisfacciones, búsquedas y euforias dentro del que nos desplazamos con calamitoso zigzagueo. Nada en una exploración de las vidas cruzadas de personajes inestables, perdidos, cínicos, tan variables en el fondo como en la forma.

Que no teman los que crean oler a sociología, ni mucho menos. Removidos recrea asuntos cotidianos como las relaciones sentimentales y la familia y dibuja a unos personajes entre lo trágico, lo cómico y lo banal. Lo hace muy bien, por supuesto, y eso la convierte, de forma casi desapercibida, en trascendente. Refugiados bajo los disfraces de Ego & Alter, Dani Avilés y Carlos Moya, que se autoretratan en la novela gráfica como dos tarantinianos demiurgos, tejen una historia de un modo deliberadamente disperso. La intención es que el lector, sin saber cómo ni cuándo, se quede enganchado entre las páginas de su artefacto. Requiere, abrir esa puerta, una disposición abierta y favorable a la captación, o de lo contrario se corre el riesgo de quedar al margen.

Removidos, distribuido en 7 capítulos, hace un original uso del color, también acorde con su propuesta temática. Dominan el blanco y negro y se reservan el rojo y blanco para remarcar ciertos apuntes, ciertas llamadas a la atención del lector. El trazo es fuerte, sin excesivas florituras. Hay un esfuerzo por asear la trama desde el punto de vista formal, por acogerse a ciertos cánones clásicos del cómic por mucho que situaciones y diálogos se salgan de cualquier previsibilidad.

Por el camino, Removidos deja un fuerte aroma a crítica social pasada por un sano e impúdico cinismo. Algo similar al Jep Gambardella que conocimos, congelado en medio de una fiesta loca, copa de champán en la mano y ojos a medio cerrar, mientras el resto del mundo se contonea en un baile sudoroso y absurdo. Pero sin Toni Servillo. Y sin champán. Ni nadie bailando.

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