15 junio, 2018. Por

¡Qué Guapa Soy!

Amy Schumer protagoniza una fábula inteligente y necesaria pero que no logra ser buena comedia
¡Qué Guapa Soy!

A veces la fábrica de churros que es el género de la comedia romántica hollywoodiense nos sorprende con historias que sí se parecen en algo a la realidad o que contienen algún elemento fresco u original. Ello no garantiza que vayan a convertirse en buenas películas, pero se agradece y se reconoce el esfuerzo. Y esto es exactamente lo que sucede con ¡Qué Guapa Soy! (Abby Kohn y Marc Silverstein, 2018): que no es una película especialmente buena pero que, aún así, da voz a una historia que merece ser contada, compartida y debatida.

Renee (Amy Schumer) es programadora, vive en Nueva York, le apasiona la moda y tiene unas amigas a las que adora. Lo único que no acaba de convencerle de su vida es su aspecto físico, algo redondeado y de facciones más bonachonas que seductoras. Con el tiempo Renee ha aprendido que la belleza no está en el interior y que con su cara y sus curvas no seduce a casi nadie. Intentando ponerse un poco en forma, Renee se apunta a spinning y acaba con una contusión cerebral que le hace verse como nunca lo había hecho antes: radiante. Una vez se cree poseedora de un nuevo y despampanante físico, Renee modifica su forma de interactuar con los demás, lo que pronto tendrá consecuencias laborales y amorosas muy positivas.

Una comedia imperfecta…

La crítica se ha puesto las botas con ¡Qué Guapa Soy!. Y cuando hablo de “la crítica” me refiero a “señores blancos que ven pelis”, obviamente. No voy a negar que estamos ante una película algo fallida, una comedia que solamente hace gracia en momentos concretos y que son mérito exclusivo de la genialidad de Amy Schumer. Pero no creo que esto sea achacable al mensaje que pretende transmitir, sino al hecho de que la inmensa mayoría de las romcoms son películas bastante mediocres que, personalmente, apenas me hacen gracia.

El monocromatismo del reparto y el mal gusto del par de chistes sobre homosexuales que aparecen a lo largo de un guión que, de por sí, ni se molesta en tener en cuenta ninguna sensibilidad queer, también le han valido a la cinta malas y merecidas críticas. Se ha utilizado la expresión “white feminism” para describir la película, y no puedo negar que es acertada. Para colmo, le cuesta encontrar su final y el último acto de la película se acaba haciendo largo.

… pero una fábula brillante

Y, a pesar de todo eso, defiendo y recomiendo ¡Qué Guapa Soy! porque creo que no es una película hecha a la ligera. No comparto la etiqueta de “autoayuda pop” que le han puesto muchos. Las numerosas escenas en las que se nos muestran los problemas de autoestima de la protagonista o, sencillamente, sus miserias cotidianas como ese sujetador de copa demasiado pequeña debajo de capas de ropa preciosa, lo frustrante que es intentar ponerse en forma o la incapacidad absoluta de sentirse agusto cuando una se mira al espejo están presentadas con realismo, inteligencia y buen gusto. ¿Que cómo lo sé? Es sencillo: la protagonista lidia exactamente con los mismos problemas que llevo arrastrando media vida. Igual que tantas chicas que conozco.

Been there…

Así que no puedo evitar sentirme identificada con su situación y sorprendida por la respetuosa honestidad con la que Kohn y Silverstein la presentan. Los complejos de Renee nunca se ridiculizan, ni minimizan ni exageran en ¡Qué Guapa Soy!. Todos sabemos que es una chica divertida, adorable y con un gusto estupendo. Pero no es con su rostro ni con su cuerpo con los que fantaseamos antes de irnos a dormir. Ése es todo el problema, y está muy bien medido. Los autores se permiten, incluso, mencionar que las inseguridades con las que convive Renee no son patrimonio exclusivo de las mujeres no canónicamente despampanantes o, incluso, del género femenino. Y no por ello se desvían de su objetivo de hablar sobre la presión que sentimos muchas mujeres en torno a nuestro físico y los complejos que ello nos genera.

No es una película especialmente buena pero da voz a una historia que merece ser contada, compartida y debatida.

Precisamente es por esta habilidosa construcción de Renee y sus complejos que la gran parte de lo que sucede cuando ella se cree poseedora de un cuerpo perfecto me parece brillante. No me parece “autoayuda barata” ironizar sobre hasta dónde se puede llegar si uno es capaz de no prestar la más mínima atención a lo que piensen los demás de su aspecto físico. Y lo sé porque he conocido a algunas personas que tenían exactamente la misma actitud que Renee y, sorpresa, les pasaba lo que a ella: que se comían el mundo ante la estupefacción de quienes les rodeábamos. La fuerza con la que Renee agarra las riendas de su vida es liberadora y catártica. Aquí es dónde la fábula es perfecta.

Y por supuesto que el mensaje final de que todas somos maravillosas y guapísimas es una mamarrachada que sobra bastante. De hecho, choca un poco con el humor transgresor y bestia de Amy Schumer. Pero tampoco me chirría más que los happy endings del 95% de las comedias románticas que he visto en mi vida. Al menos ésta por el camino ha hablado de una mujer y de una problemática con la que me puedo identificar. Hará cosas mal, pero lo que hace bien, lo hace muy bien.

Así que sí, es una pena que ¡Qué Guapa Soy! no tenga chistes que realmente hagan gracia en lugar de unas cuantas bromas escatológicas que nadie sabe qué pintan ahí. Su mayor pecado es ser una comedia sin chispa, y es un pecado gordo, ya que desaprovecha a una tía tan genial como Amy Schumer. La cómica lo da todo y es lo mejor de la cinta, pero sencillamente los gags no dan más de sí. Vayan a verla, pero sin aspirar a reírse demasiado.

¡Qué Guapa Soy!