27 agosto, 2018. Por

Purasangre

Una sucursal del infierno en la cartelera de verano; o la última revelación del thriller indie americano
Purasangre

Lily (Anya Taylor-Joy) es una adolescente de clase alta de Connecticut. Exteriormente, lleva una vida perfecta; en su interior hay un abismo de odio proyectado hacia su padrastro (Paul Sparks). Está en casa sin nada que hacer: ha sido expulsada de su instituto en circunstancias oscuras. La convivencia en la lujosa mansión familiar es cada vez más difícil; y su madre  decide que ocupe su tiempo ayudando a una antigua amiga de la infancia, Amanda (Olivia Cooke) que tiene problemas con sus estudios. En el ambiente ultrapijo en el que se mueven las protagonistas, Amanda tiene fama de excéntrica, de bicho raro.

Cuando se reúnen, ella le explica que no es con exactitud ni una cosa ni la otra: el problema es que, simplemente, carece de emociones, de sentido moral, de conciencia.  No siente alegría, pero tampoco culpa. Eso la hizo sacrificar un caballo muy querido que se había roto una pata de un modo particularmente cruento y bizarro. Es inevitable que ambas jóvenes se conviertan en confidentes. Que compartan planes y secretos. Y que busquen la manera de deshacerse del repulsivo padrastro en cuestión. Para lo que deciden utilizar un modesto traficante (Anton Yelchin), que se convierte en la primera víctima de las maquinaciones de las dos jóvenes.

«Su destino era ser estrenada directamente en vídeo o en alguna plataforma digital. Sin embargo, la tremenda proyección de sus dos protagonistas, unido al hecho de que fue uno de los últimos papeles de Anton Yelchin, hizo que al final llegara a los cines. Lo celebramos, porque es una de las películas más peculiares que han llegado del casi ilimitado indie norteamericano»

Purasangre (Thoroughbredses) es un caso curioso. Su destino, a pesar de las críticas positivas que obtuvo el año pasado en su paso por el Festival de Sundance, era ser estrenada directamente en vídeo o en alguna plataforma digital. Sin embargo, la tremenda proyección de sus dos protagonistas, Anya Taylor-Joy (La bruja, Morgan, Múltiple y las futuras Glass y Los nuevos mutantes) y Olivia Cooke (Yo, él y Raquel y Ready Player One), unido al hecho de que fue uno de los últimos papeles de Anton Yelchin, antes de su inesperada y prematura muerte, hizo que al final llegara a los cines. Lo celebramos, porque es una de las películas más peculiares que han llegado del casi ilimitado indie norteamericano.

«El mundo opulento y superficial de sus personajes, su existencia mecánica y, en el fondo, carente de sentido está descrita con una astuta precisión: sabemos que, bajo el brillo exterior, nos hallamos ante una sucursal del infierno»

El director y guionista es el joven dramaturgo Cory Finley, que en su debut consigue una pequeña joya: una película malévola, elegante, con un inevitable y perceptible aire teatral en sus largos, elaborados diálogos. Todos sus actores están perfectos en sus distintos roles –tanto las dos jóvenes intérpretes que cargan con el peso de prácticamente todas las escenas, como un Yelchin perfecto en su personaje de loser total-. El mundo opulento y superficial de sus personajes, su existencia mecánica y, en el fondo, carente de sentido está descrita con una astuta precisión: sabemos que, bajo el brillo exterior, nos hallamos ante una sucursal del infierno. En la cartelera de este verano, es una rareza, pero una rareza estimulante e inteligente.

Purasangre