4 enero, 2018. Por

PUNK

El punk no se destruye: se transforma
PUNK

Pocos movimientos prematuramente muertos han durado tanto como el punk. A finales de los setenta, una cierta remisión de la fiebre, la disolución de los Sex Pistols y la muerte de Sid Vicious hicieron correr el rumor de que el punk había muerto. Surgieron nuevas bifurcaciones y se empezó a hablar de afterpunk. Y, sin embargo, las ciudades aparecían escritas con el lema Punk’s not dead, título del primer álbum de los Exploited.

El punk había estallado años antes en las dos grandes metrópolis anglosajonas. Si bien Londres había capitalizado 1977 con aquellos primeros discos de The Clash y Sex Pistols, Nueva York cuya población había emigrado poco a poco hacia los suburbios se convirtió de pronto en una casa vacía en la que los padres se habían ido de viaje y había vía libre para hacer lo que uno quisiera. Ahora, el punk se ha hecho mayor; cumple ya cuarenta añazos y este año los tributos por su aniversario se aglutinan en torno a los cuatro jinetes del apocalipsis con flequillo, de los que no queda ninguno vivo: Joey, Johnny, Dee Dee y Tommy.

El multiespacio La Fiambrera se ha sumado a la fiesta y hasta el 4 de febrero podremos admirar las míticas fotografías de los Ramones de su primer manager Danny Fields, pero habrá mucho más que ramonadas: todos los artistas de la galería contribuyen a la exposición colectiva con una obra original creada para la ocasión y con estilos y técnicas que rinden homenaje a los artistas, lugares y filosofía de la mayor insurgencia juvenil surgida a finales del siglo XX. Por supuesto, habrá también míticas portadas y fotos de Bob Gruen, Ray Stevenson, Ian Dickson, Sheila Rock, etc., inmortalizando a aquellos que con los años se han convertido en iconos de la música y la cultura pop (Sex Pistols, Ramones, The Clash, Blondie, Generation X, New York Dolls, The Damned…), así como una selección de las mejores portadas de discos, revistas y fanzines legendarios como Punk Magazine, The Next Big Thing, Search & Destroy, Bomp, etc.

El punk surge del aburrimiento; el rock de principios de los setenta estaba empezando a ser un poco coñazo: Genesis, Pink Floyd, Jethro Tull, Emerson, Lake & Palmer o Yes… la resaca del jipismo, el hastío nihilista de una generación de jóvenes sin futuro y la continuación de varias corrientes musicales que tenían en Iggy Pop y sus Stooges, New York Dolls, The Sonics y David Bowie algunos de sus referentes, parieron al punk como una paradoja, porque si bien constituye la última gran revolución social y política de la música, lo hizo desde una perspectiva bastante conservadora en lo musical. En su deseo de evitar los males del rock progresivo, propusieron un retorno a las raíces, al rock básico y primitivo de los cincuenta. Pero la forma de hacer las cosas fue totalmente nueva. Y esto es porque el punk no es más que una energía. Y, por lo tanto, no se destruye; se transforma. Pero ¿en qué? ¿Es el punk ahora una pieza de museo, atrapado dentro de una bola de resina fosilizada?

«El punk no se hace mayor, nos hacemos mayores nosotros, mirando con resignación cómo nuestra libertad creativa se ahoga poco a poco en un mar de barbas y cervezas artesanas»

Por más que el H&M y similares se empeñen en comercializar camisetas de los Ramones, el punk no es un producto, sino que existe para mantener una idea a través de la música, el arte, el fanzine u otros modos de expresión de la creatividad personal. Pero, ¿cuál es esa idea? Según Octavio Paz, el placer de la subversión al destruir los roles que nos ofrece el sistema es un aliciente más para la revolución social. Esa es pues la clave: pensar por uno mismo, ser uno mismo, aprender a vivir nuestra propia vida. Cualquiera que quiera puede hacer una música, unos fanzines y unos espacios mucho más interesantes y divertidos que los que la sociedad del espectáculo puede ofrecerle. Y es que no, el punk no se hace mayor, nos hacemos mayores nosotros, mirando con resignación cómo nuestra libertad creativa se ahoga poco a poco en un mar de barbas y cervezas artesanas.

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