31 mayo, 2018. Por

Psychokinesis

La lacra de la corrupción urbanística, en una comedia-ficción fantástica capitaneada por el director de ‘Train to Busan’
Psychokinesis

La mayor parte de los cinéfilos están de acuerdo: después de la norteamericana, Corea del Sur posee la industria cinematográfica más potente, inventiva, variada y con una mayor capacidad de influencia de, al menos, la última década. Una influencia que es fácil de rastrear en todo el mundo –incluidos en muchos thrillers españoles recientes como La isla mínima o Que Dios nos perdone-,  lo que refleja la huella de obras maestras imborrables como Old Boy, Hierro 3 o Memories of Murder.

Aunque sus vecinos de Japón se les adelantaron a la hora de revolucionar el terror en los albores del nuevo milenio con The Ring, Deep Water o La maldición, en 2016 los coreanos demostraron que ese género tampoco se les resistía. Ese año se estrenó, con un clamoroso éxito mundial, Train to Busan, una cinta que renovaba un tema tan agotado como el de los zombies. Lo que la hacía destacar sobre el sinnúmero de filmes mediocres sobre muertos vivientes que han proliferado en las últimas décadas gracias a su sentido del espectáculo, su habilidad para combinar horror, humor e, incluso, cine familiar y para hacernos empatizar con sus protagonistas. El escenario cerrado de un tren se utilizaba con una tremenda brillantez, creando una atmósfera claustrofóbica cortada por poderosos estallidos de violencia.

«Se nos sumerge en las lacras de la sociedad de su país a través de un hecho tan universal y que, de hecho, conocemos tan bien en España como es la corrupción urbanística»

No era, pues, extraño que la omnipresente Netflix se ofreciera a producir y distribuir la siguiente película de su director, Yeon Sang-ho. Sin embargo, el resultado ha sido ligeramente decepcionante. De nuevo, toma un género arquetípico, el de superhéroes, y lo recoge hasta su mito fundacional, construyendo el hombre común en el que se manifiestan unos poderes extraordinarios.

En Psychokinesis de nuevo nos sumerge en las lacras de la sociedad de su país a través de un hecho tan universal y que, de hecho, conocemos tan bien en España como es la corrupción urbanística. Estamos en un barrio de clase trabajadora, amenazado por unos especuladores conchabados con las autoridades políticas. Los habitantes del barrio están siendo expropiados violentamente.

Después de la trágica muerte de su madre durante las protestas, la joven Roo-mi (Shim Eun-kyung) ha quedado a cargo de su modesto restaurante familiar, a punto de ser demolido. La única persona que le queda en el mundo es Kim (Ryu Seung-ryong), su padre, que trabaja de guardia de seguridad y que nunca se ha ocupado de ella, y que es un individuo torpe, irresponsable y más bien indigno de confianza. Lo que ocurre es que Kim ya no es el mismo, ya que ha bebido agua de un manantial contaminada por los restos de un meteorito. A partir de ese momento, puede  mover objetos con su mente. Incluso  puede elevarse a sí mismo por el aire.

«En comparación con Train to Busan es una película mucho menos intensa, y con un tono muy marcado de cine de sobremesa para toda la familia, incluso a veces algo inantil. Es la clásica película que ves medio distraído y al rato se te olvida completamente»

La película en sí está bien rodada y resulta moderadamente entretenida. Sin embargo, en comparación con Train to Busan es una película mucho menos intensa, y con un tono muy marcado de cine de sobremesa para toda la familia, incluso a veces algo inantil. No hay ninguna secuencia que se acerque a la potencia de los momentos álgidos de su antecesora. Es la clásica película que ves medio distraído y al rato se te olvida completamente. Las persecuciones y estampidas de zombies de Train to Busan aún las tenemos grabadas en la memoria.

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