El Plata

Life is a Cabaret

En una calle estrecha del casco antiguo de Zaragoza, cuyo nombre popular, "el Tubo", traerá a la memoria de nuestros abuelos olor a calamar frito y a gotas de sudor en el escote de una mujer de carnes generosas, la gente se empieza a concentrar en torno a las 15.30 de la tarde. Para aquellos que tengan un alma puramente madrileña habrá que aclarar que, en provincias, ésa es la hora de la sobremesa, del café y de la siesta, mientras las calles se vacían, lo que hace de esta fila ante una puerta naranja algo bastante insólito. Como poco habitual es desde luego introducirte a esa misma hora en un café teatro, o café concierto, o café cantante, llamémoslo como queramos siempre que haya un café que camufle el whisky que ingerirán nuestros mayores, donde las luces se apagarán y mientras una voz de presentador de concurso, o más antiguo aún, de vendedor ambulante, nos da la bienvenida en tres idiomas – esto sí que es realmente insólito en Zaragoza-. 

El Plata fue desde principios de S. XX el entretenimiento de la vida labriega de esta provincia, el lugar de confraternización de, entonces, los hombres que bajaban de los pueblos de la rivera del Ebro a oír las canciones que hablaban de chicas de moral relajada, de viajes nocturnos a París o de relaciones adúlteras camufladas por todo tipo de juegos de palabras. En ese tiempo de apertura al exterior, de modernidad, no sólo Madrid o Barcelona se hacían eco del mundo más allá de los Pirineos. Después este cabaret se rebautizo como café social y se mantuvo durante el franquismo cubriendo las piernas de nuestras vedettes con una falda larga –eso sí, con una raja que les permitiera abrirlas constantemente dejando a la vista sus piernas y sus encantos-. Después la segunda modernidad pudo con él, se cerró en los años 70 y así permaneció viendo enmohecerse junto a él esas calles que habían sido bulliciosas y libertinas. 

Sin embargo los gustos cambian y acaban volviendo, y un determinado paradigma hace reaparecer ciertas tendencias que por otro lado han existido, latentes o explícitas, siempre. Así apareció la mente brillante de Bigas Luna y, unido a otros socios, decidió reabrir el espacio creando un espectáculo dirigido por él que no sólo ha conseguido sacar a la gente de su casa a una hora tan poco propicia para ello, si no que llena sus tres sesiones diarias (cuatro los fines de semana) con un público que oscila entre los 16 años y los 90, mezclando a toda esta gente en esas mesas demasiado próximas las unas de las otras mientras, camuflados por la oscuridad, comienzan a desfilar adonis de cuerpos perfectos que bailan a ritmo de tecno; enseguida un aragonés de pro travestido en folklórica nos canta una copla a los amores de ese cuerpo, rápido una danzarina oriental se asoma por el ángulo ofreciéndonos un baile con espada, mientras otra se desnuda a los ritmos de una jota ritmada a compases de tecno. Por supuesto no pueden faltar los cuplés y canciones jocosas que se acompañan, traducción necesaria una vez que perdimos la habilidad de los dobles y triples sentido, con coreografías esclarecedoras siempre mojadas con tintes eróticos y otros albures. No puede faltar tampoco la actuación de las últimas cabareteras que recogieron sus pelucas y sus faldas transparentes el día que lo cerraron definitivamente, ahora, claro está, en esa edad indefinida que tiene un mujer subida a un escenario con luz ocre. 

Pero El Plata, no nos equivoquemos, no es un lugar de espectáculo de variedades, es un estudio de los hábitos humanos y de las fracciones de la moral burguesa. Con la paciencia de una artesano Bigas Luna recorre los antros de la capital aragonesa buscando a ese artista oculto en el fondo de un vaso con hielo que a las 5 de la mañana desgrana cantos populares mientras se arranca la camiseta, le pide el teléfono y a la tarde siguiente –los artistas de verdad duermen toda la mañana- lo encuentra en El Plata donde le empuja a hacer su número alcoholizado delante del público. Se salta las inhibiciones y grita a aquella que encontró con un escote pronunciado y que ya en su adolescencia crio fama de chica simpática, que se arranque sus medias y muestra al tan poco respetable, ya después de Gran Hermano, cómo puede disfrutar y hacer disfrutar con lo que todo el mundo ha ido a ver. Porque allí sí es posible, en ese espacio y arreglado con respeto de la tradición, sí puede una mujer que ha dejado a los niños en el colegio irse a deleitar con los músculos y las promesas de un compañero de juegos, allí llevarán los abuelos a sus nietos y les susurrarán al oído que su café se lo pongan con alegría, mientras sobre el escenario o por la sala desfilan los muchachos sensibles que disfrazados de sí mismos, con un collar de diamantes demasiado brillantes nos cantarán canciones en francés para acabar citando su barrio de origen, siempre periférico. 

Y para que descansen los artistas y como guiño a esa realidad que se torna cabaret porque se ahoga de nihilismo, las pausas se aderezarán con el entretenimiento más antiguo del mundo: una mirilla en el centro de un espejo situado en el escenario animará al público a subirse a mirar las intimidades de esos jóvenes alegres que se muestran con la picardía de la experiencia y la inocencia de la conciencia. Y es ese mismo público que ha subido, que se escandaliza falsamente, esas señoras de 60 años que salen con sus amigas a tomar café ahogadas en una nube de perfume dulzón, que camuflan entre risas el pálpito que les produce la carne prieta, las que se convierten en espectáculo del resto de los presentes sentados en las mesas, atareados en pedir un segundo cubata, que esta vez ya no lo camuflan con café, y que se regodean en el atrevimiento que ellos acometerán 5 minutos después . Es la vida que se hace espectáculo para ser observado y disfrutado en comunidad, con un ritmo creciente que nos empuja a acabar cantando todos juntos La chica del 17, que por muy madrileña y muy de la Plaza del Tribulete que fuera, también se paseo por el Coso a la búsqueda de galanes que le pagasen sus zapatos de tafirete, sombrero de alto copete y abrigo de petigri…


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Rafa C 10/08/2010, 00:03
¡Cómo se nota que el autor del artículo no es de Zaragoza! El Plata no cerró en los 70, sino en el ochentaimuchos. Y sí, efectívamente, en la sesión de las 4 eran asiduos los yayos, pero en la de las 10 éramos mayoría los estudiantes que les decíamos de todo a las vedettes y ellas nos daban la vuelta con sus comentarios picantes. Y cabreábamos a los de la orquesta, que eran tres señores muy serios y con pocas ganas de juerga. El mural del fondo era prácticamente el mismo que ahora, pero con más mugre. Los Zaragozanos estamos muy agradecidos a Bigas Luna, Aragonés de adopción y de cónyuge, por haber vuelto a abrir el Plata (en realidad estaba en estado de criogenización, tan sólo necesitaba alguien que lo descongelara). Y el nuevo espectáculo me parece que guarda el espíritu de hilaridad de los viejos tiempos, y utiliza el desnudo sin caer en el mal gusto. Tan sólo un último comentario: detesto la palabra ¨provinciano¨, me parece despectiva.
Andrea 7/04/2010, 22:46
Hola, quería saber si pueden entrar menores de edad al local, es por ir para celebrar el dia de mu cumpleaños . un saludo

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Nombre: El Plata

Un café-cantante o cabaret

Dirección: Cuatro de agosto, 23. Zaragoza