El café

¿Solo o con leche?

¿Qué tienen en común Kant, Napoleón, Bismark, Bach, Balzac, Goya, Verlaine y Simón Bolívar? Además de que todos son susceptibles de salir en un examen de selectividad o en cualquier tertulia televisiva –vaya, las ironías por escrito no funcionan igual de bien– lo que comparten es que todos ellos eran grandes amantes del café, filia que en el caso de Bach llegó a tales extremos que le dedicó una cantata.

El café nació con aromas legendarios. Estaba Mahoma tan preocupado con sus cosas que Alá decidió enviarle al arcángel San Gabriel para que le reconfortase con un remedio negro como la piedra negra de la Kaaba que tuvo efectos vigorizantes y energizantes, dos de las cualidades que aún hoy definen al café. Otro relato nos lleva hasta Etiopía, hacia el año 300 d. C. en la provincia de Kaffa, donde probablemente tuvo origen el cafeto –la planta del café– y surge cuando un pastor se fijó en el animado y enérgico comportamiento de sus cabras después de haber mascado unas bayas rojas, por lo que decidió probar él también logrando similares efectos. Entonces, Kaldi, que así se llamaba el pastor, llevó algunos frutos a un monasterio cercano donde uno de los monjes las hirvió en agua dando origen a un brebaje tan desagradable que fue lanzado al fuego. Cuando las semillas entraron en contacto con las brasas, comenzaron a despedir un delicioso aroma, el del café tostado, dando origen a esta bebida. Leyendas aparte, lo que sí está documentado es que el café comenzó a consumirse en las altiplanicies etíopes y luego pasó a Arabia y la India probablemente gracias a los peregrinos musulmanes que viajaban a La Meca. En Europa, empezó a conocerse a principios del siglo XVII y pronto se hizo muy popular sobre todo por la proliferación de los establecimientos que lo servían en Italia, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Holanda y fueron precisamente los holandeses, gracias a sus plantaciones en Indonesia y otros lugares en los que el cafeto se aclimató, los grandes difusores de este producto a nivel mundial, mientras que los españoles aportamos nuestro granito de café llevándolo al Caribe, América Central y Brasil. Este último es el mayor productor de café del planeta, seguido por Vietnam, Colombia e Indonesia. Una vez que la semilla ha sido tostada y molida, la bebida se obtiene por la mezcla de ésta con agua hirviendo. Este proceso se puede acelerar utilizando el café soluble que fue descubierto en 1909 por el guatemalteco Federico Lehnhoff y que se popularizó a partir de 1938 bajo el nombre de Nescafé.

Hoy se calcula que aproximadamente se consumen 501 billones de tazas de café anuales en todo el mundo y que más de 20 millones de personas trabajan en esta industria o en actividades relacionadas con ella lo que ha convertido al café en el segundo producto en importancia en el mercado internacional, sólo detrás del petróleo. Con leche, manchado, solo, con o sin azúcar, corto, largo, con licor, con leche condensada, natural, torrefacto, descafeinado, soluble, italiano, expresso, de filtro… Casi son infinitas las variantes de esta bebida. Una de las últimas aportaciones de la industria cafetera ha sido los sistemas de cápsulas monodosis. La multinacional Nestlé fue la pionera creando en 1970 el sistema Nespresso. Pasaron más de quince años hasta que en 1986 se lanzaron las primeras cafeteras destinadas a oficinas y una década más tarde ya contaban con 3.500 puntos de venta y 180.000 socios en su club. Pero el verdadero despegue llegó en 2002 cuando la fabricación de cápsulas aumentó un 400 por ciento y eso que aún George Clooney no se había convertido en imagen de la marca levantando pasiones, por el café ¿Qué otra cosa si no? Sus cafeteras de diseño y sus 16 variedades para gourmets se venden en exclusiva a través de la web o en sus elegantes y acogedoras boutiques que ya están presentes en 50 países. El sistema monodosis también es el secreto de Dolce Gusto que si bien dispone de menos variedades que la anterior, ofrece la posibilidad de elaborar chocolate y bebidas frías, y tanto máquinas como cápsulas se pueden adquirir, además de en su tienda online, en supermercados y grandes superficies, al igual que Senseo fruto de la asociación de Marcilla con Philips aunque en este caso el café viene envuelto en saquitos de papel de filtro y se presenta en seis variedades distintas.

Estos nuevos sistemas conviven en perfecta armonía con el café más tradicional, de hecho la mayoría de los conversos al sistema de cápsulas siguen utilizando su vieja cafetera italiana. Desde 1890, La Mexicana con el inconfundible color rojo de las fachadas de sus tiendas y el intenso aroma que desprenden, tuesta a mano el grano y ofrece café al peso que muelen en el momento si el cliente lo solicita. Cuenta con 15 establecimientos en Madrid y varios más repartidos por la península, de los cuales, el de la céntrica calle Preciados ostenta el record Guiness a “la tienda que más café vende en el mundo” además de ser la expendiduría de café más antigua de la capital. Su clásico por excelencia es la variedad Colombia aunque en los últimos años han ido incorporando nuevas variedades como Arábica, Costa Rica o Brasil o el exclusivo Tambo que se cultiva en los Andes. Cafés Pozo es otra de las veteranas, desde que en 1932 se abriera su primera tienda en la calle Magdalena de Madrid. Hoy suman 16 y además cuentan con una Escuela del Café en la que se imparten cursos. Entre sus productos, además de lo obvio en diferentes variedades que incluyen mezclas de comercio justo, disponen de infusiones y complementos.

Y para aquellos que quieran ahondar en este seductor mundo de aromas y sabores intensos, aquí van unas recomendaciones literarias. El libro del café (Pirámide) de Ignacio H. de la Mata recoge historias, leyendas y un sinfín de recetas y Aromas de Café (Larousse) ilustrado y con una curiosa presentación que asemeja a un saquito de semillas nos invita a descubrir las diferentes maneras de prepararlo y degustarlo, el proceso de cultivo, las variedades… Por último, una rareza titulada Poética del café de Antoni Martí Monterde que fue finalista del Premio de Ensayo Anagrama 2007 y que explora las relaciones entre la literatura, el café y los lugares en los que se disfruta.

Caliente como el infierno, negro como el diablo, puro como un ángel y dulce como el amor así decía Tayllerand que debía ser el café. Disfruten de su taza.

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Gonzalo 17/06/2010, 00:14
yo prefiero el café con leche dicen que entre los árabes se popularizo el café porque el islamismo prohibió las bebidas alcohólicas

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