18 junio, 2018. Por

Placeres íntimos

Cómo convertir al espectador en un voyeur perverso
Placeres íntimos

Lo de las parejas despellejándose sobre el escenario es un jugoso subgénero que resulta casi siempre entretenidísimo (sobre todo para el espectador más retorcidito). Grandes ejemplos nos ha dado la dramaturgia universal (La danza de la muerte de Strindberg o el ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Albee son sólo alguno de los conocidísimos títulos). Ahora tenemos otro estupendo ejemplo sobre las tablas del Teatro Fernán Gómez: los Placeres íntimos del también sueco Lars Norén.

Prestigioso y maquiavélico dramaturgo, tremendamente conocido en su país por su mala leche y oscuridad (por lo visto tienen un adjetivo para las situaciones raritas e incómodas, en plan “es muy Norén” igual que aquí decimos “es muy Almodóvar” para otros casos), este autor de quien ya pudimos ver hace no mucho sus Demonios de la mano de Julián Fuentes Reta (otra historia de parejas que se masacran) pone aquí ante los ojos del espectador a dos hermanos que no se llevan muy bien y a sus parejas (con las que se llevan peor todavía) que, después de pasar el día en el crematorio para incinerar a su madre, acaban de reunión nocturna en casa del hermano menor dado que todos se quedarán a dormir allí. La noche, como imaginaréis, será fina, ya que ninguno tiene problemas para sacar la mierda, ponerla sobre la mesa y encender en ventilador.

“La inmensa mala hostia de Norén y su grotesca concepción de la pareja queda perfectamente reflejada y se ofrece sin tapujos para deleitar al espectador con las partes más podridas del ser humano”

José Martret (uno de los artífices de La casa de la portera y director de aquel laureado MBIG) dirige con elegancia y firmeza el texto, que se ha condensado (de sus, por lo visto, cinco horas originales de duración a unos muy llevaderos 100 minutos) para destilar la mala baba e inyectarla en su dosis perfecta. Si bien es cierto que las escenas grupales funcionan mejor que las de a dos (es una auténtica gozada poder disfrutar de todos en escena, ya que cada uno de los intérpretes regala detalles complementarios y geniales para un conjunto espléndido), el espectáculo avanza a la perfección mientras sus protagonistas se apuñalan con las palabras hasta crear situaciones francamente incómodas. Pero ante las que el espectador no puede evitar seguir enganchado cual voyeur perverso.

Cristina Alcázar y Francisco Boira vuelven a trabajar juntos después de la intensísima Palabras encadenadas y, como si de una segunda parte se tratara, siguen maltratándose que da gusto. Se nota que les va la marcha y que disfrutan de lo lindo en un registro (con abundantes toques de elegancia y sadomasoquismo) que les viene como anillo al dedo. Por su parte, la pareja formada por Toni Acosta y Javi Coll (el hermano mayor) se erige como perfecto como contrapunto cómico (negro, siempre negrísimo) y se lucen al máximo en este registro (la composición de Acosta como esa alcohólica ida y algo loquita es absolutamente maravillosa), levantando carcajadas (de esas algo culpables) entre el público.

“Si bien es cierto que las escenas grupales funcionan mejor que las de a dos, el espectáculo avanza a la perfección mientras sus protagonistas se apuñalan con las palabras hasta crear situaciones francamente incómodas”

A ver, las situaciones son jodidas y bestias (Norén no se anda con paños calientes y se oían algunos grititos de susto entre el respetable público en un momento de cunnilingus escénico), la atmósfera de la obra (a pesar de las risas) es oscura y densita y puede acabar resultando algo intensa para alguno. Pero la inmensa mala hostia de Norén y su grotesca concepción de la pareja queda perfectamente reflejada y se ofrece sin tapujos para deleitar al espectador con las partes más podridas del ser humano. Como dicen en la función: “Ahora lo que toca es disfrutar de los placeres íntimos en los entornos tradicionales”.

Placeres íntimos