10 abril, 2018. Por

Pity Álvarez

De icono del rock barrial a artista deslegitimado: el ascenso personal y musical del ‘Pete Doherty argentino’
Pity Álvarez

Hubo un tiempo que, en ese halo de artista derrotado por las drogas y los excesos, e incluso de la imagen que proyectaba ese personaje creado por la opinión pública que había convertido a Pity Álvarez en el último artista maldito del rock argentino, que generaba cierto encanto, cierto aire de genio, de antihéroe con capacidad para firmar algunas de las mejores y más singulares canciones de su generación, aun sabiendo que vivía al filo de la navaja.

Pero ya no. Sobre todo, después de liar la que lió en el que iba a ser el esperado regreso de su banda madre, Viejas Locas, a escenarios: ocho horas de espera y el caos total entre un público que acabó abucheándolo, tirando objetos al escenario y prendiendo fuego la torre de sonido. Como una especie de Festimad 2005 (¿recordáis aquella batalla campal en el sur de Madrid, nubes de polvo, conciertos por el aire y conciertos a la madrugada incluidos?) pero en la provincia argentina de Tucumán en 2018. El Pete Doherty del rock argentino lleva al menos una década generando ese cínico y negro debate del “a ver cuánto dura”, a la vez que sigue generando chascarrillos y parodias.

Pero si lleva tiempo tocando techo entre quienes han caricaturizado al artista y su obra, ahora parece haber perdido incluso el crédito de su público más fanático, que tras darle la ¿última? oportunidad, ya no está dispuesto a darle más cheques en blanco.

Para poneros en situación: Cristian Gabriel Álvarez Congui nació en la provincia de Buenos Aires hace 45 años, cuatro años antes de que el Proceso Militar acabara con miles de vidas y pusiera en marcha siete años de represión, silenciamiento, exilios y hasta una improvisada guerra contra Inglaterra. Sin embargo, fue en el primer tramo de los años ’90, ya como veinteañero amante de The Rolling Stones y punible relevador de los Ratones Paranoicos como icono de la ‘cultura rolinga’ argentina (fans de los Rolling Stones, vestimenta vaquera, zapatillas Topper gastadas –las Converse argentas- y flequillo cortado al ras), que el personaje de ídolo destroyer comenzó a florecer en el rock and roll de su país.

Fue un triunfo relativamente veloz el de Álvarez: tras un proceso especialmente dilatado hasta que viera la luz el homónimo debut de Viejas Locas en 1995. Se daba el primer paso para que esa particular manera de tratar el rock and roll de barrio, incluso dejando himnos cierta crítica contra el poder establecido y la burguesía social (Lo artesanal) y otros a favor del reviente y la vida al filo (Intoxicado o Tirado y enrollado).

Con el segundo y el tercer disco, ya con rotación incluso en radio fórmulas, MTV y circuito mainstream justo en un momento en el que se intuía un cambio generacional en el rock argentino: el rock barrial de Los Piojos y La Renga buscaban un tercer compañero, y ahí estaba Pity Álvarez y sus Viejas Locas.

Pero Viejas Locas murió cuando Pity quiso. Con la muerte del grupo en el año 2000 no acabó el culto a Pity Álvarez: formó Intoxicados con otros músicos del circuito, pero el proyecto se personalizó aún más en su figura, cobrando una relevancia de artista solista, prácticamente; además de encender los rumores de que su adicción a las drogas (sobre todo a la pasta base: algo así como la morralla de la morralla de la cocaína) comenzaba a ser la que definía sus movimientos y su imagen, con las facciones absolutamente desfiguradas, pesando en la opinión pública más si era capaz de sobrevivir que de escribir una canción.

Daba la sensación de que estábamos viviendo (con él de protagonista) como una especie de reality show, de Truman Show (¿The Pity’s Show?) por capítulos en el que la obra de Pity Álvarez, fundamental para redefinir las líneas del rock barrial argentino de los últimos años, acabaran siendo un complemento más de la caricatura creada.

En la era de Intoxicados firmó los que posiblemente marcasen la línea más versátil musicalmente de un Álvarez que parecía ser un genio de la canción: tanto cuando reinterpretaba el rap de barrio cuando nadie se animaba a ello (Una vela o Te la vamos a dar) como cuando firmaba algunas de las mejores canciones calamarescas que Andrés Calamaro no componía en aquellos años (No tengo ganas, Nunca quise, Está saliendo el sol, Se fue al cielo, Fuego…), cuando se acercaba al reggae (Niña de Tilcara o Reggae para los amigos) o cuando seguía extendiendo una imagen de artista desprejuiciado, con referencias en sus letras a lo más tóxico y escatológico de la raza humana (Un tema de mierda, ¿Quieren rock?, Un gran camping, Necesito), pero también a lo más surrealista y filosófico de la cultura de barrio o la televisión basura.

Incluso firmó canciones especialmente románticas (Fuiste lo mejor, Nunca quise) y otras de una reflexión y una profundidad casi inéditas en el circuito rockero barrial argentino (El rey, Don Electrón, Felicidad, depresión, Como ganado o De la guitarra), poniendo en común el estado depresivo y en lucha constante consigo mismo que lleva años persiguiéndolo.

Pero importó poco. Su llama creativa tocó techo en 2005. Se puede decir que los tres primeros discos de Viejas Locas y los tres primeros de Intoxicados forman una línea ascendente en su obra (quizá el único pseudo-tropiezo es ¡¡Buen día!!, el debut algo irregular de Intoxicados, con un tratamiento algo cutre del sonido).

Pero los discos publicados en 2008 con Intoxicados (El exilio de las especies) y el álbum de regreso de Viejas Locas en ese efímero regreso en 2011 (Contra la pared) dejaban algo bastante claro: la era del Pity creador había cedido definitivamente. Pity Álvarez no solo había tocado techo creativo, sino que todo hacía prever que el ritmo de sus excesos acabaría más pronto que tarde con él.

De momento, no fue así; pero sus idas y venidas para desintoxicarse, sus viajes por la Argentina profunda para limpiarse de sus adicciones y sus constantes intentonas por regresar a la música han tenido un aparente último capítulo este fin de semana. Y es que si bien Viejas Locas continuaba en activo como una especie de banda de versiones de sí mismos, integrada por el bajista Fabián “Fachi” Crea y el batería Abel Meyer, el anuncio de que la banda ofrecería un concierto de regreso en la provincia de Tucumán, en el norte argentino, hacían creer una posible redención de la banda.

Sin embargo, el cantante apareció por el escenario a las seis de la mañana, siete horas después de lo programado. Unas horas antes, a eso de la 1.30h. de la madrugada, se había mostrado a través de las pantallas un mensaje del propio Álvarez, que aseguraba que había tenido “un gravísimo problema” y que se encontraba en Buenos Aires, tomando un avión privado para poder estar allí en una hora.

Sin embargo, el cantante llegó a las cinco de la mañana, se encerró en su camerino y apenas salió una hora más tarde al escenario, ante los insultos del público que quedaba por allí, que arrasó con todo y le lanzó botellas y objetos contundentes. Una hora antes comenzaron golpeando la torre de control; y cuando la organización decidió llevarse el equipo de sonido, el público comenzó a prender fuego la torre de sonido y robarse los instrumentos y equipo que quedaba por allí.

“Tanto la banda, como todos los técnicos, la seguridad, como toda la gente que estaba trabajando en el concierto estábamos esperando que llegue, y nunca llegaba. Suele llegar tarde desde siempre, pero nunca ocho horas como pasó hoy. Cuando llegó, no salió al escenario, nada: se encerró”, dicen desde la organización, a quienes se los acusa de haber programado un concierto de un Pity Álvarez que no se encuentra ni física ni mentalmente preparado para dar un concierto.

Quién sabe si uno de los últimos y más singulares iconos que dio el rock de masas de Argentina vuelva a hacerlo algún día.

Pity Álvarez