20 diciembre, 2018. Por

Pipo Romero

Hablamos con el guitarrista que revoluciona la guitarra americana con la mirada de la música española
Pipo Romero

Armado con una guitarra y con una educación sentimental y musical que lo lleva de ida y vuelta por la sonoridad de su Cádiz natal, pero también por la profundidad de la guitarra americana y ciertos tics y matices de la música folclórica del centro y el sur de América, el gaditano Pipo Romero está sentando un nuevo precedente en lo que a sonido de la guitarra acústica se refiere.

Sin decir ni mú con la boca, pero mucho con sus manos, su debut en solitario (Folklórico) lo erigió como el líder de un nuevo movimiento o subgénero, el spanish acoustic fingerstyle, que ha convertido su sonido en universal, y abriendo un nuevo campo de entendimiento para el sonido de la guitarra acústica. Así lo demuestra en Ideario, un álbum más personal, con el que afina aun más si cabe el tiro, y gancho que utilizamos para sentarnos a hablar en profundidad con él.

“Siento que he dado con algo que nadie había dado: es algo muy personal que mezcla cosas de la música moderna, el flamenco, el folclore y la copla que mamé por mi tierra, estudié música de muchos países… es una mezcla difícil de encontrar”

Supongo que hacer Folklórico supuso un riesgo mayor, sobre todo por el salto al vacío, de presentar en sociedad un registro arriesgado. ¿Te sentías más protegido de cara a armar este Ideario?

Si bien el trago de “presentarme” lo hice con Folklórico, siento que Ideario es bastante más personal: sale más de mis adentros. Y, de hecho, el título del disco, Ideario, buscaba plasmar eso: el conjunto de mis ideas, sentimientos, sensibilidad y movidas que tengo en mi cabeza. Pero cierto es que estoy muchísimo más resguardado que antes: el primer disco salí sin equipo y ahora tengo otra estructura y respaldo de una multinacional. Con mi mánager hicimos unas sesiones de branding para planificar y organizarme: al principio en mi carrera era más impulsivo, sin pararme a plantear objetivos, y ahora no solo me apetecía trabajar de otra manera, sino que, por suerte, podía trabajar de otra manera.

¿Ahora tienes como “misiones” donde llegar?

Sí, pero aún no sé: no hay un país claro adonde ir. Me han conocido en muchos países del mundo a muy pequeña escala, entonces el radio es muy amplio, pero poco definido, hay que intentar concretar más.

¿Había alguna intención de distanciarte de algo de tu disco anterior; o de continuar un paisaje iniciado allí? ¿Dirías que has encontrado tu marca?

A la hora de componer me gusta dejarme fluir y ver qué sale. Pero sí que hay una cosa que he intentado forzar, o que busqué más premeditadamente: hay un par de temas que los he cargado mucho más en instrumentación, porque en toda la experiencia del primer disco las palabras y conceptos que la gente que había escuchado el repertorio más repetía era la idea de “banda sonora”. Y sí que hay un par de temas que los llevé más hacia ese terreno, al de una canción un poco más visual.

Sí que es cierto que hay canciones muy paisajísticas. No sé si, al menos en esas canciones a las que haces referencia, las has compuesto con cierta narrativa, como si fueran cortometrajes, como si te estuvieras imaginando una película.

Es mi estilo, sí, pero no lo busco: mi personalidad es así, y la gente suele coincidir en que la idea de “paisaje” resuena mucho en mis canciones. Como que “ven cosas” a través de mis temas. No es que escribo un guion para llevar la canción a ningún tipo de narración, pero sí que en Ideario quería incorporar matices, hacerlas más grandes.

“Estar tantos años tocando pop me hizo ‘desaprender’: tocaba mejor con 16 que con 26 años”

Defines tu estilo como “spanish acoustic fingerstyle”. ¿Eres el único haciendo esto? ¿Has dado con algo que nadie había dado o compartes cosas con otras escenas o circuitos?

Yo siento que he dado con algo que nadie había dado: es algo muy personal que mezcla cosas de la música moderna, el flamenco, el folclore y la copla que mamé por mi tierra, estudié música de muchos países… es una mezcla difícil de encontrar. La etiqueta nunca me ha terminado de gustar porque no me gustan las etiquetas en general; pero esta, al menos, es más descriptiva que exigente: el fingerstyle es una manera de tocar la guitarra, y luego “español” porque soy de aquí y “acústico” porque es la guitarra que toco.

Me da la sensación de que hay un circuito muy underground (Xisco Rojo, Negro, Isasa, etc.), pero que tú no formas parte de él: no se te puede identificar con la “nueva guitarra flamenca” ni tampoco con el primitivismo o el weird blues. ¿Te sientes sin hermanos musicales?

Me siento solísimo.

¿Y te gusta eso?

Es un arma de doble filo, porque para empezar es muy complicado no pertenecer a ningún círculo. Al menos para entrar en promotoras de música clásica o de flamenco, formar parte de alguno de esos nichos me facilitaría un poco las cosas; pero no es el caso. Pero, por otra parte, creo que es lo que puede hacer que me vayan especialmente bien las cosas: no tengo espejo donde mirarme ni hermanitos con los que hablar.

“Como no hay espacio para un proyecto como el mío, vamos a inventárnoslo”

Al Di Meola, Pat Metheny o Vicente Amigo pueden ser nombres a los que acercar tu registro. ¿Dirías que entran dentro de un arco cercano al de tu propuesta? ¿Te gusta que pongan tu nombre en esa órbita?

Me encanta porque los he estudiado mucho. En mi época de estudiar jazz estudié mucho a Pat Metheny; en mi época de composición flamenca, además de Paco de Lucía (que siempre hay que decir su nombre, no vaya a ser), mi favorito desde el punto de vista compositivo es Vicente Amigo: hace cosas muy bonitas y con un universo muy singular. Cuando me mencionan a esos nombres digo: “vale, te has enterado bien, porque tengo cosas de ellos, no lo puedo negar”.

Dijiste que lo que más te influyó en tu carrera fueron los “micro conciertos de lujo” de tu padre tocando obras de Bach o Chopin. ¿Qué recuerdo guardas de aquello? ¿Qué parte de eso dirías que se ve en tu obra?

Tengo un punto de vista clásico: si te metes en los movimientos técnicos, ves que voy tocando tres líneas (no hay mentira en mi forma de grabar: son tres líneas una encima de la otra grabada a la vez), y en conceptos armónicos y en líneas de bajos tengo mucho de la música clásica, que es lo primero que he escuchado en mi vida, y que lo llevo dentro de mí de una manera inconsciente, aunque ya sea consciente de ello.

Haces hincapié en que en tu manera “no hay mentira”. ¿Ves mucha mentira en otros artistas?

No es “mentira”, ni siquiera “trampa”. Lo que pasa es que hay gente que se cree que por escuchar un buzuki o una mandolina con un montón de instrumentos de cuerda los está haciendo una persona, y hay veces que es todo lo contrario. O cuando escuchan un disco mío y se piensan que son solo guitarras, y no le dan el valor de, una vez compuesto el tema, el año de estudio que pasas hasta poder tocar tu propia obra bien.

“Los guitarristas flamencos son los que mejor me están aceptando, y no entiendo por qué, porque realmente lo que estoy intentando revolucionar es la guitarra acústica, y no la flamenca”

Has tenido la bendición del músico y del lutier Don Ross y Michael Greenfield, correspondientemente; y has recibido muy buenas críticas fuera. ¿Crees que se valora tu obra con mayor perspectiva fuera que dentro de España? ¿Existe una vocación internacionalista en tu proyecto?

Te diría en principio que sí; pero también te digo una cosa: los guitarristas flamencos son los que mejor me están aceptando, y no entiendo por qué, porque realmente lo que estoy intentando revolucionar es la guitarra acústica, y no la flamenca. Y lo hago utilizando técnicas de guitarristas de Estados Unidos, pero con sonoridades de España. Por eso yo esperaba que tuviese más pegada en Estados Unidos, pero aún es pronto para ver la respuesta: no es un proyecto de impactar rápido, es un trabajo de largo camino, y hay que trabajar mucho y tener mucha paciencia.

Hay guiños a la música celta, una indudable querencia flamenca, tics del jazz, maneras clásicas, e incluso del tango. ¿Cuánto mundo puede caber en una guitarra acústica? ¿Hay límites?

Es que cuánto mundo puede caber dentro de uno, en realidad. La guitarra acústica es una extensión de la inquietud y las sensibilidades que tengo. Yo estudié mucho a Ástor Piazzolla, folclore mexicano, peruano… he mirado mucho a Centroamérica y Sudamérica.

¿No tienes miedo que por tocar tantos palos de músicas del mundo se te etiquete como un artista de fusión o de world music?

La verdad es que me da igual: lo que quiero es hacer sentir cosas a la gente, y darle orden a mi universo creativo. Y me da igual el estilo que la gente quiere considerar que hago.

“Para entrar en promotoras de música clásica o de flamenco, formar parte de alguno de esos nichos me facilitaría un poco las cosas; pero no es el caso”

¿Hasta qué punto se respira la manera de vivir gaditana? Sobre todo, esa mirada desde el Puerto de Barbate, donde antes llegaban personas de diferentes puntos del mundo y era un poco un crisol de sonidos y culturas.

Yo tengo la suerte de recibir la idiosincrasia que flota por la ciudad en la que he nacido; y ahí claro que cabe el intercambio cultural tan grande que hubo en los siglos XVIII, XIX y XX. Comprendo históricamente la influencia que tiene mi ciudad, pero es que cultural y socialmente se respira una manera de vivir en Cádiz que es única, y que me gusta que se manifieste en mi obra, también.

Durante años has trabajado con artistas de pop comercial como El Canto del Loco, Nena Daconte, El Sueño de Morfeo o Lagarto Amarillo. Parecen registros radicalmente diferentes al que manejas ahora. ¿Dirías que hay puntos en común? ¿O son etapas completamente diferentes y no hay manera de unirlas?

Son etapas completamente diferentes. El pop va muchísimo más rápido, y no cae tanto en la investigación. En los proyectos que he trabajado no ha habido tiempo para sacarle la punta de la punta, y colar algunos matices de lo que hago en sus propuestas. Quizá con quien más conseguí acercarme es con Lagarto Amarillo, porque me metí más en la producción y el proceso, y sí que tuve tiempo de trabajar a otro nivel: trabajé con Pablo Mora mano a mano durante tres meses a preproducirlo en la sierra, y conseguimos otro nivel de entendimiento.

¿En qué momento decidiste distanciarte de ese tipo de trabajos, ligados muy con los engranajes del pop?

Cuando me estaba empezando a entrar la crisis de los 30. Empecé a pensar qué iba a sentir cuando fuera mayor, si quería ser un artista que en mi vida solo había hecho trabajos con artistas de pop de manera autónoma: trabajos para otras personas, con la mirada puesta en los demás, emitiendo mis facturas y desatendiéndome un poco de responsabilidades. Tenía la necesidad de desarrollar mis marcas, y ver obras y cosas compuestas, y ofrecerle algo mío a la gente.

“La gente suele coincidir en que la idea de “paisaje” resuena mucho en mis canciones: “ven cosas” a través de mis temas”

¿Tenías miedo a que se te deslegitime como músico por formar parte de proyectos que suelen verse como prefabricados por parte de la opinión pública?

Yo tocaba mejor con 16 años que con 26, porque te metes en giras de muchos conciertos tocando música que es muy efectiva, pero también muy sencilla…

Y sentías que desaprendías.

Sí, un poco. Necesitaba ponerme de nuevo a forzar, a recuperar cosas que formaban parte de mí y que estaba dejando en un segundo plano.

Habiendo estado tan relacionado con las tripas de la industria, ¿dirías que hay espacio comercial para un producto como el tuyo?

Como no lo hay estamos intentando inventárnoslo. Es un proyecto nuevo, con una etiqueta complicada, y no tiene un lugar determinado. Pero como la encontremos, nos va a ir muy bien. A todo el mundo que me da la oportunidad le encanta.

Pipo Romero