25 abril, 2017. Por

Piedad y terror en Picasso

Los síntomas de la guerra en la obra de Picasso antes del Guernica
Piedad y terror en Picasso

Hay obras de arte que transmiten una fuerte sensación incluso aunque no conozcamos su historia, que contienen en sí mismas una intensidad tal, que remueven algo en nuestro interior. Es el caso de La balsa de la medusa de Gericault, El caminante sobre el mar de nubes de Friedrich y, por supuesto, del Guernica, que de forma universal, por encima del tiempo y de las culturas, se alza como el paradigma de la crueldad y el horror de la guerra: devastación, catástrofe o aniquilamiento son las palabras más usadas por los historiadores del pasado siglo para definir la modernidad; esa modernidad que prometía una idea de progreso que debía marcar el siglo XX había sido hecha añicos por la brutalidad de la I Guerra Mundial y el ascenso de los fascismos, y esto abrió paso al dadaísmo de los intelectuales refugiados en Zúrich, al surrealismo, al expresionismo más desolador… y por supuesto hizo mella en Picasso, que ya en los años veinte demostró que su desgarro interior no era menor que el de sus coetáneos.

Es precisamente sobre este devastador efecto del horror en Picasso, y los síntomas de la guerra que habitan su obra desde mucho antes, y por supuesto después del Guernica, sobre lo que gira la exposición del Reina Sofía: Piedad y terror en Picasso. El camino al Guernica, que podrá visitarse hasta el 4 de septiembre con motivo de su 80 aniversario.

Ocurrió en España pero podría ser cualquier rincón del mundo sometido a los ejércitos. La reducción a cenizas de este pueblo vasco en 1937 es considerada uno de los primeros ejemplos de una implacable maquinaria destructiva, frente a la que Picasso reacciona pintando el icono moderno que todavía hoy ondea en las calles de Alepo, Cisjordania o Bagdad, episodios recientes de otras muertes desde el aire.

Es esta una muestra que se basa en textos pero que a su vez reúne piezas muy raras y difíciles de volver a ver y dibujos prácticamente desconocidos: 180 obras que resultan fundamentales para comprender el discurso de la exposición y la composición del mural tal y cómo lo hizo, partiendo de una profunda transformación interior que tiene lugar a finales de los años veinte y que se plasma claramente en una obra que hiela la sangre y que está sujeta a infinitas interpretaciones: mujeres quemándose y huyendo, el toro como símbolo fascista y la humanidad impotente ante lo que contempla. De hecho, se cuenta que en el pabellón de París, la gente desfilaba ante el Guernica en silencio, como si se dieran cuenta de que era una premonición de lo que después haría a Europa la II Guerra Mundial.

“Picasso reacciona pintando el icono moderno que todavía hoy ondea en las calles de Alepo, Cisjordania o Bagdad”

Pero, ¿qué implica psicológica y estéticamente dar forma pública al terror? El encargo de Juan Nigrín del cuadro para la Exposición Universal de París, con toda su carga ideológica, documental y psicológica, suponía una profunda ruptura en la autonomía del arte de la modernidad. Este hecho fue ya destacado por Vernon Clark en 1941 al escribir: “Nos vemos obligados a realizar algo más que un juicio estético. Y ahí comienzan las grandes dificultades”. Y para Picasso no iba a ser menos ahora que acababa de ser nombrado director del Museo del Prado. Como responsable tenía dos metas: salvar el patrimonio artístico de la destrucción y recaudar fondos para la defensa del Gobierno de la República. Ahora tenía una más: mostrar al mundo las circunstancias dramáticas de la guerra que apenas comenzaba.

Quizá por eso el tratamiento épico y compasivo de la violencia que vemos en Guernica va más allá de la fascinación por ese tema que había caracterizado gran parte de su obra de finales de los años veinte y principios de los treinta. Esos experimentos pictóricos e iconográficos relacionados con la violencia, lo pesadillesco y lo monstruoso culminan en una elocuente denuncia a la atrocidad indiscriminada, a las nuevas realidades bélicas.

Para hacernos una idea de la importancia de este proceso para Picasso podemos remontarnos a su insistencia en que Dora Maar registrara fotográficamente toda la evolución de la obra. Tenía muy claro que la pintura no está para decorar apartamentos, que el arte es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo. “En la pintura mural en la que estoy trabajando, y que titularé Guernica, y en todas mis últimas obras expreso claramente mi repulsión hacia la casta militar, que ha sumido a España en un océano de dolor y muerte”, dijo.

Y es que la guerra de España fue una batalla contra el pueblo, contra la libertad; este trabajo no es otra cosa que un grito de denuncia a la guerra y a los ataques de los enemigos de la República establecida legalmente tras las elecciones de 1931, el grito de un pueblo que lucha por su libertad, su dignidad y sus derechos. Cuentan los libros de historia que el último presidente de la República lo tuvo claro: “Si tenemos a Picasso en cuerpo y alma, el impacto será mayor que una batalla ganada en el frente a los fascistas”. Y tenía razón.

Piedad y terror en Picasso