12 enero, 2018. Por

Phoebe Bridgers

Su ‘Stranger In The Alps’ es uno de los discos más tristes y bellos de la temporada
Phoebe Bridgers

Con menos de 25 años la californiana Phoebe Bridgers ha lanzado uno de los debuts más memorables de 2017: Stranger In The Alps. Su sencilla fórmula de cantautora indie, que va recogiendo pinceladas de exponentes clásicos de tradición acústica estadounidense como Leonard Cohen o Elliot Smith, con instrumentación sencilla y voz dulce, cautivó a Ryan Adams, en cuyo estudio le invitó a grabar Killer (2015), su primer EP. Pero esta fórmula, manida a veces, brilla de manera inesperada gracias a habilidad con la que Bridgers maneja una emoción tan sobreexplotada como la melancolía.

Arrancando con un Smoke Signals que alterna referencias a la muerte de Bowie, la de Lemmy o a letras de los Smiths con escenas de alguna dolorosa relación, Phoebe Bridgers nos introduce en un mundo lleno de sutilezas, silencios, guitarras acústicas, pedal steel y delicados arreglos de teclado que parece capaz de hacer que el tiempo pase un poquitín más lento. Le sigue el Motion Sickness que suena en algunas radios: la única canción de Stranger In The Alps que coge algo de velocidad y que se queda al borde de ser una balada pop de no ser, de nuevo, por su angustiosa letra: “You’re throwing rocks around your room / And while you’re bleeding on your back in the glass”.

Phoebe Bridgers nos introduce en un mundo lleno de sutilezas, silencios, guitarras acústicas, pedal steel y delicados arreglos de teclado que parece capaz de hacer que el tiempo pase un poquitín más lento.

Lo mejor del disco sucede a partir de su tercer corte, Funeral. Una letra sobre jóvenes muertos y ansiedad que tiene la bella cualidad de llenarle a uno de pena, pero sin asfixiarle con ella: “Jesus Christ, I’m so blue all the time / And that’s just how I feel / Always have and I always will”. Entre éste y el séptimo tema la intensidad de las emociones brilla y la belleza con la que se exponen, sorprende.

Porque es aquí donde reside la clave de Stranger In The Alps: en su capacidad para transmitir una melancolía intensa y palpable, pero presentándola con una belleza que supera al rechazo que la tristeza nos pueda producir. Es un arte en el que Bon Iver ganó maestría en su primer disco. Pero Phoebe Bridgers consigue un efecto parecido con pasajes tan conmovedores como el estribillo de Georgia o los últimos compases de Scott Street, y lo hace con una instrumentación bastante más sencilla.

La pequeña colección de canciones tristes de Phoebe Bridgers puede volverse hasta adictiva. Lo que es, a buen seguro, es prometedora.

Por momentos Phoebe Bridgers, como en el emocionante final de Georgia o en Chelsea, recuerda a algunas de aquellas cantautoras de los 90 que, como Sarah McLachlan o Sophie B. Hawkings, que fueron fagocitadas por el pop, convirtiendo sus canciones en un sonido monocromático y repetitivo. Bridgers parece heredar algunos detalles melódicos de estas autoras, pero consigue no dejarse llevar por la tentación de un sonido facilón o de una producción recargada.

Stranger In The Alps se cierra con una interpretación íntima y delicada del You Missed My Heart de Mark Kozelek y Jimmy LaValle. Atemperada y larga, dando tiempo al oyente para saborear cada estrofa y dejándole con el corazón en un puño. Pero, por otro lado, invadido por una especie de paz reconfortante. Así, la pequeña colección de canciones tristes de Phoebe Bridgers puede volverse hasta adictiva. Lo que es, a buen seguro, es prometedora.

Phoebe Bridgers