7 febrero, 2018. Por

Philip K. Dick’s Electric Dreams

La serie que adapta diez relatos de Philip K. Dick ya se puede ver en España
Philip K. Dick’s Electric Dreams

Es difícil concebir algunos capítulos de Black Mirror, como The Entire History of You, Be Right Back o, incluso, The Waldo Moment sin tener en cuenta la influencia de Philip K. Dick. Nacido en Chicago en 1928, se le considera uno de los mayores exponentes de la ciencia-ficción del siglo XX. Tanto es así que cuando la cadena británica Channel 4 dejó de producir la serie de Charlie Brooker (recordemos que las últimas dos temporadas de Black Mirror han sido producidas por Netflix), se embarcó en un producto similar: Philip K. Dick’s Electric Dreams. Diez episodios autoconclusivos en la que distintos guionistas, directores y elencos reinterpretan sendos relatos cortos de Philip K. Dick. Aunque fue emitida en el Reino Unido el pasado otoño, llega ahora, completa, a España de la mano de Amazon Prime Video, que también se está encargando de su distribución en los Estados Unidos.

Philip K. Dick y la industria del entretenimiento: una historia de amor

Casi desde su muerte en 1982, la obra de Philip K. Dick ha sido una mina para los productores de Hollywood. Desde la omnipresente Blade Runner (Ridley Scott, 1982) hasta la innovadora A Scanner Darkly (Richard Linklater, 2006), pasando por Minority Report (Steven Spielberg, 2002) o Desafío Total (Paul Verhoeven, 1990), todos son ejemplos de películas memorables basadas en obras suyas, ya sean novelas o relatos. Por no mencionar que es posible que muchos (ya) clásicos de la ciencia-ficción, como The Matrix (The Wachowskis, 1999), eXistenZ (David Cronenberg, 1999) o 12 Monos (Terry Gilliam, 1995) no fueran exactamente como las conocemos hoy de no ser por la influencia de Philip K. Dick.

La industria del videojuego también se aprovechó, allá por los 90, de su genialidad a la hora de crear mundos futuristas y distópicos. Blade Runner tuvo una especie de secuela en forma de videojuego desarrollado por Westwood Studios en 1997. En él los jugadores podían disfrutar de una aventura paralela a la de la película que a veces intersectaba con ésta. Otra de las novelas más populares (y más esquivas de cara a una adaptación cinematográfica) de Philip K. Dick, Ubik (1969), también se convirtió en juego de PC de la mano de Cryo Interactive en 1998. Ambos juegos gozaron de cierta popularidad en su época.

“Es posible que muchos (ya) clásicos de la ciencia-ficción, como The Matrix (The Wachowskis, 1999), eXistenZ (David Cronenberg, 1999) o 12 Monos (Terry Gilliam, 1995) no fueran exactamente como las conocemos hoy de no ser por la influencia de Philip K. Dick

Y, con la ficción televisiva en pleno auge, era cuestión de tiempo que le llegara su hora a las historias de Philip K. Dick. La primera en intentarlo en la pequeña pantalla fue El Hombre En El Castillo (1962), que cuenta con dos temporadas producidas por la BBC y Amazon Prime, en la que adapta el distópico relato de unos Estados Unidos que, en 1962, viven bajo el yugo de Japón y Alemania después su victoria en la II Guerra Mundial. La novela le valió a Philip K. Dick un Premio Hugo y la serie estrenará su tercera temporada este año. Minority Report también contó con una adaptación televisiva hace un par de años de la mano de FOX que hacía las veces de secuela de la película de Steven Spielberg, aunque ni crítica ni público parecieron demasiado interesados en ella.

Miedo y asco en futuros misóginos

Pero, ¿por qué funcionan tan bien las historias de Philip K. Dick fuera de los libros? El talento con el que era capaz de crear nuevos, inquietantes e imaginativos futuros está fuera de toda duda. La ambientación de muchas de sus historias es extraordinaria y su capacidad para capitalizar los terrores del hombre de mediados del siglo XX, indiscutible. Su producción de desarrolló desde el arranque de los años 50 hasta su muerte, en 1982. Es decir, escribió toda su obra durante la llamada Guerra Fría, con la resaca de la II Guerra Mundial todavía fresca y el consumismo desmedido en pleno auge en los Estados Unidos de los años 50.

En algunos de los episodios, como The Commuter, se abandona la estética futurista para profundizar en cierto costumbrismo cincuentero.

Y, aunque en ella supo reflejar los miedos de su época a la perfección, sus inquietudes son, aún hoy, extrañamente universales. La guerra nuclear, el consumo desmadrado, las adicciones y, muy en especial, las drogas (que consumía habitualmente), inteligencias artificiales conscientes, diversas formas de telepatía y precognición o la persecución sistemática a ideologías o minorías específicas son temas centrales en su obra. Y lo siguen siendo en la ciencia-ficción de nuestros días.

“En su literatura las mujeres, por lo general, son secretarias o esposas con escasísimo papel, supeditadas a las órdenes y deseos de los protagonistas masculinos”

Pero, si bien sus temas son actuales, basta con hacerse con una recopilación de relatos de Philip K. Dick (en España la Editorial Minotauro distribuye cinco volúmenes que recopilan sus Cuentos Completos) o echarle una ojeada a obras tan aparentemente influyentes como ¿Sueñan los Androides Con Ovejas Eléctricas? (1968) para entender que hay algo desfasado, que no funciona en ellas. Porque si creatividad y la profundidad de los conflictos de Dick es incuestionable, sus habilidades narrativas o en la construcción de personajes son, cuanto menos, debatibles. Sus maravillosos mundos futuristas están plagados de personas que actúan de manera ilógica o que mantienen diálogos del todo absurdos.

Mujeres hablando con mujeres: lo nunca visto en la ciencia-ficción

La situación se vuelve angustiosa cuando hay mujeres implicadas. Porque si hay un hilo común que conecta toda la bibliografía de Philip K. Dick es la falta de acierto a la hora de tratar a sus personajes femeninos. Hay alguna excepción honrosa, como la enigmática Pat Conley de Ubik pero en su literatura las mujeres, por lo general, son secretarias o esposas con escasísimo papel, supeditadas a las órdenes y deseos de los protagonistas masculinos. Y cuando gran parte del peso de la trama recae sobre un personaje femenino, como es el caso de El Hombre En El Castillo, uno se llega a preguntar si Philip K. Dick llegó a cruzar más de tres frases con alguna mujer en su vida.

La importancia de saber adaptar

La buena noticia es que donde Philip K. Dick falló muchas veces, Hollywood ha sabido compensarlo. Es posible que Joe Chip sea el único protagonista verdaderamente carismático de las novelas de Philip K. Dick, pero no cabe duda que el cine ha conseguido hacer de un soso como Rick Deckard una especie de icono. O que, a pesar de la acusada sensación de irrealidad de toda la película, los diálogos de A Scanner Darkly sonaban frescos y ágiles. Y no olvidemos que Minority Report fue una de las últimas ocasiones en las que Spielberg consiguió armar un relato de acción e intriga que no pareciera compuesto a base de soporíferos hachazos.

Pero, siendo todas estas adaptaciones muy disfrutables, creo sinceramente que ninguna contiene las dosis de calidad e inteligencia de las que hace gala Philip K. Dick’s Electric Dreams. Tal vez, por un lado, porque entienden que el genio de Philip K. Dick está mejor representado en sus relatos cortos que en sus novelas. O, por otro, porque no tienen reparos a la hora de verdaderamente adaptar las ideas del autor a las necesidades de los consumidores de ciencia-ficción de nuestros días.

“De las diez historias originales, nueve estaban protagonizadas por varones”

No lo vamos a negar: Electric Dreams se disfruta más si se ha leído algo de Philip K. Dick con anterioridad. Más aún, si se conocen los relatos originales en los que se basan (se puede adquirir esta recopilación con los diez relatos que se han adaptado para la serie, así como prólogos de sus guionistas, pero está en inglés). Porque de este modo se apreciará la ingente labor que han desempeñado los guionistas a la hora de intentar mantener el espíritu de los cuentos originales, así como las inquietudes que movieron a Philip K. Dick a escribirlos pero, a su vez, a salvar los escollos de su literatura. Pero incluso los más profanos en el género podrán dejarse emocionar por la serie sin dificultad (esto último lo he comprobado personalmente).

Hasta en seis de los diez relatos se ha cambiado el género de alguno o de todos los protagonistas para hacer las narraciones más diversas. Porque de las diez historias originales, nueve estaban protagonizadas por varones. Por supuesto, las cuestiones directamente relacionadas con la Guerra Fría o las amenazas nucleares han sido, por lo general, reconvertidas al terrorismo y al control tecnológico. También algunos de las historias han pasado a desarrollarse en el Reino Unido, aunque hay cierto interés por mostrar Chicago, la ciudad natal de Philip K. Dick, en no pocas ocasiones.

Más allá de la mera introducción de mujeres, se aprecia un claro afán por generar personajes diversos: los protagonistas de Kill All Others son obesos, sin que ello tenga que ver con el relato; las parejas de Human Is y The Commuter están lejos de ser de jovenzuelos (en los relatos lo son) y los protagonistas de Real Life son una mujer lesbiana y un hombre negro (un solo varón blanco, en el original). Todo ello permite añadir matices a unas historias que ya son, de por sí, interesantes, y construir personajes más carismáticos, puesto que pueden conectar con más espectadores. Lástima que nada de esto no se le hubiera ocurrido al equipo de Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017).

Electric Dreams

Detrás de Philip K. Dick’s Electric Dreams están Ronald D. Moore, responsable de Battlestar Galactica y Outlander; Michael Dinner, productor de Kidnapped y Chicago Hope (puedes leer sus reflexiones sobre los diez episodios de Electric Dreams aquí); y el actor Bryan Cranston, por todos conocido a raíz de su Walter White en Breaking Bad, y que se reserva uno de los personajes protagonistas de Human Is. De este modo no es sorprendente que los mundos ficticios estén modelados con un esmero artístico envidiable. The Hood Maker, Autofac y Kill All Others son especialmente acertados a la hora de utilizar su ambientación para capturar la atención del espectador.

The Hood Maker, el episodio con el que empezó a emitirse Electric Dreams en el Reino Unido, es uno de los más ambiciosos política y artísticamente de la serie

Y, con ellos, un elenco que no solamente está lleno de caras conocidas, sino que explota el talento de muy buenos actores: Geraldine Chaplin, Anna Paquin, Steve Buscemi, Janelle Monáe, Juno Temple o el mencionado Bryan Cranston están, sencillamente, sensacionales. Su trabajo hace perfectamente creíbles las complicadas y algo delirantes situaciones a las que enfrentan sus personajes y algunos de ellos alcanzan una intensidad dramática francamente emocionante.  

“Los mundos ficticios están modelados con un esmero artístico envidiable. The Hood Maker, Autofac y Kill All Others son especialmente acertados a la hora de utilizar su ambientación para capturar la atención del espectador”

Es posible que sea este aspecto, el emocional, en el que las versiones adaptadas superen en muchos casos a los relatos originales de Philip K. Dick. En The Hood Maker una futurista huida de una especie de élite telépata en la que la libertad de pensamiento es el tema central se giran las tornas y se convierte en un relato detectivesco con toques noir que toca temas como las minorías, opresión, prostitución y, por qué no, un sutil romance. En Impossible Planet la insulsa estafa a una anciana adquiere hermosos tintes místicos y poéticos. Y en The Commuter se le parte un poco a uno el corazón ante el dilema de un hombre que puede elegir entre una paternidad infeliz o una existencia plena y alegre. Una decisión imposible mucho más certera que la del relato original.

Geraldine Chaplin y Jack Reynor protagonizan dos de las mejores interpretaciones de Electric Dreams en Impossible Planet

En casi todos los episodios los cuentos originales se han retorcido y estirado hasta que de ellos solamente quedan detalles. El Real Life que adapta Ronald D. Moore conserva poco más que dos pinceladas de la trama y el nombre de su protagonista, pero constituye una historia absorbente e inesperada. Y Safe and Sound mantiene el discurso original acerca del choque generacional entre padres e hijos, pero lo hace actualizando de manera radical el lenguaje en el que lo cuenta. Ambos capítulos son grandes ejemplos de la versatilidad de las historias de Philip K. Dick y son, además, dos de los mejores episodios de la serie.

“En casi todos los episodios los cuentos originales se han retorcido y estirado hasta que de ellos solamente quedan detalles”

Tal vez la libertad creativa se va un poco de madre en Crazy Diamond, en el que es casi imposible reconocer el Sales Pitch en el que se basa y en el que los motivos que mueven a sus protagonistas no están expuestos con suficiente claridad. O se queda un poco a medio gas, como en Kill All Others, que intenta establecer paralelismos claros con la América de Trump pero se pierde en un protagonista que actúa de una forma demasiado ilógica. The Father Thing pierde una buena oportunidad para explorar la violencia en el seno del hogar que se entreveía en el cuento original pero, a cambio, consigue agilizar el relato.

Kill All Others nos devuelve a las últimas elecciones estadounidenses sin que nos demos cuenta

El balance final es muy positivo, incluso para quienes no conocen la obra de Philip K. Dick de primera mano o para espectadores ajenos a la ciencia-ficción. Electric Dreams consigue despojar a la obra de Philip K. Dick de la etiqueta “ciencia-ficción dura” y aportar unas cuantas que no tenía. Las comparaciones con Black Mirror son inevitables, pero personalmente pienso que la supera en algunos aspectos: Electric Dreams es más política pero, aunque algunos de sus capítulos tienen finales trágicos, transmite una lectura menos pesimista del futuro. No tiene uno la sensación de tener a su abuela diciéndole todo el rato “apaga el móvil de una vez” o “estos jóvenes nos vais a llevar a la ruina”. Y se agradece.

Philip K. Dick’s Electric Dreams