8 febrero, 2018. Por

Perelmanía

La obra del ídolo de Woody Allen y ex-aliado de los Hermanos Marx, al descubierto
Perelmanía

Cierta tarde de 1978, en el Elaine’s, el que por aquel entonces era el restaurante de moda entre la intelectualidad neoyorquina, un camarero se acercó a la mesa donde se hallaba Woody Allen, que acababa de disfrutar de un enorme éxito con su última película, Annie Hall. Le entregó una nota de un caballero setentón de distinguido aspecto, invitándolo a unírsele para una copa. Ese caballero era S. J. Perelman (1904-1979), el escritor humorístico más famoso del país desde hacía varias décadas, por el que Allen sentía un inmenso respeto y al que consideraba, en su fuero íntimo, uno de sus maestros. Abrumado, Woody pensó que trataban de gastarle una broma y no acudió, entre disculpas, hasta que Perelman insistió.

Muchos años después, el gran director y guionista salda su deuda con Perelman con el entusiasta prólogo de esta antología, que reúne cuarenta y dos relatos, de los casi trescientos que publicó en la legendaria revista norteamericana The New Yorker entre 1930 y el año de su muerte. “Empecé a leerlo siendo adolescente y jamás me ha defraudado. De entre todos los autores cómicos con los que he trabajado o hablado a lo largo de los años, Perelman siempre ha sido el más icónico y reverenciado, el más genial e imitado, y el más desalentador para todo aspirante a estilista de prosa cómica”, dice Woody. Además, su vasta obra incluye ocho obras de teatro y once guiones cinematográficos, incluyendo la adaptación de La vuelta al mundo en ochenta días de 1956, por la ganó un Oscar.

Portada del libro que publica la editorial Contra

Hay unos cuantos hitos que se suelen incluir al referirse a la figura de Perelman, entre los que cabe destacar su colaboración con los Hermanos Marx, para los que escribió el guión de dos de sus películas, Pistoleros de agua dulce (1931) y Plumas de caballo (1932). Groucho había elogiado el primer libro de relatos del joven autor, con su inimitable estilo (“desde el momento en que cogí tu libro hasta que lo dejé, me estuve muriendo de risa. Algún día tendré que leerlo”, dijo); y estaba interesado en trabajar con él.

Aunque eso le abrió las puertas de Hollywood y, ante todo, las del éxito (el país se hallaba bajo la depresión y, según Perelman, su esposa y él subsistían a base de atún y macarrones), la relación entre ellos fue difícil. Perelman comentaría mucho después: “Hice dos películas para los Hermanos Marx, que en cierto modo es lo más admirable que he hecho en mi vida, porque todo aquel que ha trabajado alguna vez en una película de los Marx te dirá que prefiere ser encadenado al remo de una galera y flagelado a intervalos de diez minutos hasta chorrear sangre que volver a trabajar con esos hijos de puta”. También habría que citar su amistad con la gran Dorothy Parker y Nathanael West, el autor de dos de las novelas más vitriólicas jamás escritas, El día de la langosta y Miss Lonelyheart, que se convirtió en su cuñado, al casarse con Laura, la hermana de West, y que sólo se rompió por la temprana muerte de este último.

«Perelman solía afirmar que no hay nada más aburrido que el sinsentido por el sinsentido, y por lo tanto buscaba una base real desde las que mostrar lo irracional de este mundo»

Los relatos incluidos en esta antología muestran la variedad de intereses de Perelman, que solía leer la prensa en busca de noticias extrañas o extravagantes que estimularan su imaginación. Solía afirmar que no hay nada más aburrido que el sinsentido por el sinsentido, y por lo tanto buscaba una base real desde las que mostrar lo irracional de este mundo. Su dominio del idioma inglés, que ha sido comparado con el de Joyce o Nabokov, le permitía un sinfín de piruetas verbales y parodias que satirizaban el género pulp (De repente una pistola), las técnicas de las empresas de publicidad (Mañana pintan nubes), las locuras de Hollywood (Subiendo la calle y bajando la escalera) o los reportajes sobre las revistas populares (El sexo y el joven soltero).

Aunque el humor es más perecedero que otras formas de arte, este libro está lleno de destellos del genio de un hombre al que nada menos que Woody Allen ha llamado el más grande escritor de prosa cómica.

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