24 mayo, 2018. Por

Parentesco

Un complejo mapa emocional sobre la esclavitud y las relaciones de poder
Parentesco

Dana, la protagonista de Parentesco, es una joven de raza negra que empieza a vislumbrar la posibilidad de ganarse la vida escribiendo mientras sobrevive desempeñando precarios trabajos temporales. Es fácil, y emocionante, intuir las pinceladas biográficas que salpican las primeras páginas de la novela de Octavia E. Butler, que también tuvo que compaginar la escritura con distintos trabajos hasta que en 1979 el inesperado éxito de ventas de Kindred —título original de la novela— le permitió dedicarse definitivamente a escribir. A la postre, se convertiría en la más célebre de sus obras, que siempre se han enmarcado en los parámetros de la ciencia-ficción. En nuestro país, hasta que Capitán Swing no se ha arriesgado a traducirla y editarla, tan solo podíamos acercarnos a Butler a través de las tres primeras entregas de la serie de Xenogénesis, escritas a finales de los 80 y editadas por Ultramar.

Parentesco arranca cuando esa escritora en ciernes a la que ya hemos mencionado sufre una extraña conmoción que le hace perder de vista la realidad para encontrarse, en cosa de un instante, en una plantación de esclavos en algún lugar de Maryland, en el sur profundo estadounidense, en 1815. Allí le salvará la vida a Rufus Weylin, el hijo del dueño de la plantación, un niño blanco de cuya supervivencia depende también la de Dana, puesto que es el padre de su tatarabuela (que todavía no ha sido engendrada).

“La autora acompaña a la protagonista en su tarea ingrata y apunta que, aunque la esclavitud terminó siendo abolida, subsisten los estigmas; subsistían en EEUU en la década de los 70, cuando tener una pareja cuyo color de piel fuera distinto al tuyo seguía siendo harto problemático para muchos, y subsisten en la actualidad, donde llamar a algunas cosas por su nombre sigue siendo demasiado a menudo algo por lo que pelear”

En una conversación que mantiene con Kevin, su compañero, que se verá también arrastrado hacia el pasado, Dana le habla de la indescriptible sensación de verse atrapada en una época que no es la suya y tener que pretender que su presencia allí es más o menos normal. La joven llega a la conclusión de que nunca podrá dejar de ser del todo una especie de actriz, por más que las heridas que sufra en sus propias carnes sean dolorosamente reales.

Explicitando ese lugar incómodo que ocupan sus protagonistas, colgados entre dos tiempos históricos sin saber por qué, en cierto modo Butler también nos guiña el ojo a nosotros, que aceptamos el pacto de la ficción para hacernos una idea aproximada de lo que pudo ser la esclavitud negra en el sur estadounidense desde la comodidad de nuestra butaca. Y esa desnudez del dispositivo, que no precisa de justificaciones ni abusa de datos históricos o descripciones minuciosas, hace más subyugante todavía la lectura de este libro de estilo directo y abundantes conversaciones. Es sobre todo a través de las formas de hablarse y de tratarse entre unos y otros que la autora traza un complejo mapa de emociones humanas y de relaciones de poder.

Portada del libro

El inicio de la novela nos puede inducir erróneamente a pensar que vamos a asistir a uno de esos edificantes relatos de amistad entre niño y adulto. Nada más lejos de la cruda realidad: en su segundo viaje en el tiempo, Dana constatará que Rufus, ese chico ya no tan joven que la reclama junto a él cada vez que corre peligro, es un violador. Y que Hagar, su tatarabuela, no será fruto precisamente de una historia de amor. Es en esa espinosa contradicción que Dana tendrá que mantenerse a flote mientras siga en la plantación, manteniéndose con vida y tratando de cuestionar hasta donde le es posible el sistema de valores que sustentaba la esclavitud.

Butler también nos guiña el ojo a nosotros, que aceptamos el pacto de la ficción para hacernos una idea aproximada de lo que pudo ser la esclavitud negra en el sur estadounidense desde la comodidad de nuestra butaca”

Evitando ser condescendiente con ninguno de sus personajes, y sin recrearse en las violencias que narra, Butler acompaña a la protagonista en su tarea ingrata y apunta que, aunque la esclavitud terminó siendo abolida, subsisten los estigmas. Subsistían en EEUU en la década de los 70, cuando tener una pareja cuyo color de piel fuera distinto al tuyo seguía siendo harto problemático para muchos, por ejemplo, y subsisten en la actualidad, donde llamar a algunas cosas por su nombre sigue siendo demasiado a menudo algo por lo que pelear.

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