8 marzo, 2018. Por

Palabra de Lorca

Lorca sin pelos en la lengua: las mejores declaraciones de más de 130 entrevistas que le hicieron al poeta
Palabra de Lorca

Algunos libros son capaces de viajar en el tiempo. O, mejor dicho, de entregarnos en bandeja una cápsula de tiempo para que podamos contemplarla en el presente. Eso es Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas, que ha publicado Malpaso. Si una entrevista es una foto de un instante en la vida del entrevistado, estamos ante una suerte de carrete revelado con 80 años de retraso.

Nada menos que 600 páginas que contienen 133 entrevistas al autor de Romancero gitano (1928). Encuentros celebrados entre los años 1922 y 1936 y recopilados por primera vez en un solo libro, muchos de ellas desconocidos o, directamente, dados por perdidos, hasta para los grandes estudiosos del genio granadino. Entrevistas publicadas originalmente en castellano, catalán, inglés, italiano o francés e incluyendo algunos textos publicados tras su muerte en la madrugada del 18 de agosto de 1936.

El poeta malagueño y experto en Lorca, Rafael Inglada, ha sido el encargado de la concienzuda tarea de búsqueda y recopilación, con la colaboración del periodista Víctor Fernández. Un compendio en el que están incorporados sus sucesivos viajes a Nueva York, Buenos Aires o Montevideo, o sus constantes traslados junto a los integrantes de la compañía universitaria La Barraca. En la que no faltan, tampoco, numerosas opiniones sobre sus contemporáneos, de escritores a músicos o pintores.

El hispanista Christopher Maurer recuerda en el prólogo del detallado libro que la popularidad de Lorca como poeta y dramaturgo a lo largo de los años 20 y 30 del siglo XX va paralela con el desarrollo y la madurez de la entrevista como género en el mundo hispánico, algo que sin duda se pone de manifiesto recorriendo las páginas.

Lorca con Margarita Xirgu / Imagen cortesía del Centro de Estudios Lorquianos. Museo Casa Natal Federico García Lorca

Lorca era reacio a las entrevistas, pero al mismo tiempo sentía atracción por ellas. Consciente de que sus palabras siempre podían ser tergiversadas, tomaba precauciones e incluso advertía a los periodistas de que no estaba dispuesto a profundizar en muchos temas. Pero la realidad, o el calor de la conversación, contradecían esos términos. Por eso tenía palabras para Azorín, por ejemplo: “No me hablen ustedes… Merecería la horca por voluble. Como cantor de Castilla es pobre, muy pobre. Viniendo ayer por tierra de Campos me convencí de que toda la prosa de Azorín no encierra un puñado de esa tierra única. ¡Qué gran diferencia entre la Castilla de Azorín y la de Machado y Unamuno!”. O para Manuel de Falla, mucho más elogiosas: “un santo… Un místico… Yo no venero a nadie como Falla… Allá en su Carmen de Granada vive trabajando constantemente, con una sed de perfección que admira y aterra al mismo tiempo… desafioso del dinero y de la gloria”. Sus elogios, como los que profesa a Dalí, ganan por gran diferencia a sus reproches.

No debe restarse el mérito de esa contradicción a los entrevistadores, en muchas ocasiones ilustres como Giménez Caballero, Francisco Ayala, Indro Montanelli, González-Ruano o Mathilde Pomès. En un suplemento del periódico mexicano Excelsior, referido a sí mismo, le confesó a Cipriano Rivas Cherif en 1935:

“Yo no soy gitano, soy andaluz, castellano colonizador de Andalucía. Y no he conocido mujer (…) No te has privado tú de la otra mitad? Lo que pasa es que si es verdad lo que me dices es que eres tan anormal como yo. Que lo soy, en efecto. Porque sólo hombres he conocido; y sabes que el invertido, el marica, me da risa, me divierte con su prurito mujeril de lavar, planchar, coser, de pintarse, de vestirse de faldas, de hablar con gestos y ademanes afeminados. Pero no me gusta. Y la normalidad no es ni lo tuyo ni lo mío. Lo normal es el amor sin límites. Porque el amor es más y mejor que la moral de un dogma, la moral católica; no hay quien se resista a la sola postura de tener hijos. En lo mío no hay tergiversación (…) Pero se necesitaría una verdadera revolución. Una nueva moral, una moral de libertad entera. Ésa que pedía Walt Whitman”.

Reparto de una de las representaciones de ‘La casa de Bernarda Alba’ / Imagen cortesía de la Biblioteca Nacional

Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas es útil, también, para conocer de primera mano las opiniones de Lorca sobre Cataluña, a la que, en 1934, desde Uruguay, aseguraba no sentirse próximo. “Esto es mi patria. Oye: me siento compatriota. Estoy en mi patria. Para mí, esto, no es viajar. Te juro que en Cataluña siento más la lejanía de mi solar que aquí. No; puede ser que ustedes me consideren extranjero. Pero no puedo, no siento mi calidad de viajero recién llegado a esta tierra que ya es mía”. Contradictorio, ilusionado con el futuro y con la II República, Lorca brinda un retrato de mil caras que hay que encajar entre sí, al que contribuyen las observaciones directas de los entrevistadores sobre un hombre que a veces ofrecía un perfil infantil para instantes después representar la perfecta estampa varonil.

“La poesía es algo que anda por las calles. Que se mueve, que pasa a nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio, y la poesía es el misterio donde tienen lugar las cosas. Se pasa junto a un hombre, se mira a una mujer, se adivina la marcha oblicua de un perro, y en cada uno de estos objetos humanos está la poesía”.

Lorca al desnudo o, mejor dicho, vestido las voces que él elegía para cada ocasión, siempre con palabras imprevisibles. Además de las entrevistas realizadas por conocidos periodistas y escritores, Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas compila textos anónimos de mucho interés, como ese en el que el autor de La casa Bernarda Alba (1936) asegura que el cine no perjudica, ni nunca lo hará, al teatro.

También conviven alguna caricatura con muchas imágenes, como la elegida para la portada del libro, en la que el poeta y dramaturgo recibe en batín a Felipe Morales en 1936. Una obra mayúscula, vastísima y de un valor incalculable sobre un hombre al que los entrevistadores terminaban por dar la palabra y dejar hablar, a la espera de una luz que siempre terminaba por aparecer.

Portada del libro

Palabra de Lorca