10 noviembre, 2017. Por

Oro

Cuando ‘Juego de tronos’ se encontró con ‘El secreto de Puente Viejo’
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Seamos claros: llega en buen momento una película que trata sobre cómo los españoles nos dedicamos a matarnos, a pasar por encima de nuestras cabezas pisoteándonos, a aniquilar al adversario con armas y no con la palabra. Vendida de esta manera, Oro, la nueva alianza literario-cinematográfica entre Arturo Pérez-Reverte y Agustín Díaz Yanes a más de diez años de Alatriste, podía trazar un puente perfecto entre la España colonizadora de quinientos años atrás y la España en llamas diplomáticas de 2017. Pero no nos encontramos con eso.

Lo que nos encontramos en Oro es con un film que se debate entre una suerte de western con las maneras de un videojuego en primera persona cuyas únicas tramas narrativas conectan con otras dos cosas: con una facción devaluada de Juego de tronos y con el romanticismo de usar y tirar de series como El secreto de Puente Viejo.

A pesar de que Díaz Yanes lleva buena parte de la promoción queriéndole dar en las entrevistas la dimensión y la intensidad de un ejercicio de cine bélico (“Las Indias son nuestro Vietnam” ha sido el mantra-titular más repetido), lo cierto es que Oro es una película de aventuras con un tiro en cada pierna, en búsqueda de un Santo Grial (el oro de Las Indias), y quedándose a medias de todo: del retrato del “todos contra todos” en el que caen los protagonistas de la historia; del desarrollo romántico de bajísima intensidad; del retrato de carácter histórico que sí consigue Reverte en la novela; e incluso falla también en el enfoque del juego de estrategia que acaba gobernando el metraje.

“La película conecta tanto con una facción devaluada de Juego de tronos y con el romanticismo de usar y tirar de series como El secreto de Puente Viejo

 

La película acaba haciéndose cansina, el ritmo vadea entre la pesadez y la repetición: en ese juego de muerte y de batalla jerárquica, en cada escena se pone contra las cuerdas a algún personaje, sabiendo que será así hasta la gran batalla final. Al final, Oro acaba convirtiendo una historia con muchas aristas y posibilidades en un film de sobremesa, que apenas se sustenta en algunos momentos gracias al personaje de ese médium deslavazado entre la mantis, la mujer fatal y la heroína por sorpresa en la que convierte Bárbara Lennie a su personaje; o en alguna de las tensas batallas dialécticas entre Raúl Arévalo y Óscar Jaenada.

El resto del paisaje lo pueblan muchas caras conocidas del cine español metiéndose en la piel de unos personajes con tan poca profundidad como capacidad de trazar un puente sobre la idiosincrasia española del Siglo XVI y la del Siglo XXI tiene la película.

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