11 enero, 2018. Por

Orden salvaje

El arte de cotillear y del exhibicionismo, en formato ‘algo pequeñito’
Orden salvaje

Como advierte la sensata enfermera Stella en La ventana indiscreta, nos hemos convertido en una raza de mirones. Desde Blow up o Noche de miedo a Facebook, ese mirón que llevamos dentro ha evolucionado hasta formas muy sofisticadas. El hábito de cotillear ha existido siempre, pero se ha ido adaptando a los tiempos y a las nuevas tecnologías. Si hace no muchos años los chismorreos no salían de los pequeños círculos familiares o de los pueblos, el fenómeno se magnificó con la televisión e Internet. Desde Gran Hermano, queremos saber todo de todos y todos nos hemos convertido en un gran ojo acechante. Las ventanas ya no dan a la mar ni a la calle sino a otras vidas, en directo, en primer plano.

Ahora, Laura Millán nos propone una vuelta al vouyerismo más primitivo, el de espiar el interior de las casas a través de su proyecto Miniencuadro. Y es que una calle animada tiene siempre usuarios y simples mirones. Gente tras las ventanas es la que reporta vídeos de cualquier incidente sucedido en la calle. Pero este mironear es de doble sentido. Quién no ha pensado paseando por las calles de cualquier ciudad: ¿Quién vive ahí? ¿Qué estarán cocinando?

“Desde Gran Hermano, queremos saber todo de todos y todos nos hemos convertido en un gran ojo acechante. Las ventanas ya no dan a la mar ni a la calle sino a otras vidas, en directo, en primer plano”

La artista nos propone un recorrido por diferentes viviendas realizadas en miniatura que muestran escenas cotidianas. La exposición puede verse en el hall del madrileño Hotel 7 islas hasta el próximo 19 de marzo. Lo cómico, lo trágico y lo surrealista de eso que llamamos intimidad se funden en 22 piezas fabricadas con materiales caseros y fáciles de encontrar: cartulinas, papeles, cartones, alambres, cepillos de dientes, césped artificial, cartoncillo, lija, madera, clavos, acetato, o guirnaldas navideñas.

Millán nos da la oportunidad de merodear por cuatro barrios diferentes: las infraviviendas, grandes edificios, casas bajas y hasta casas a las que, igual que cuando Alicia come del trozo de seta que la convierte en gigante, les salen piernas debajo de los cimientos o brazos por ventanas y puertas y un ojo gigante asoma por la ventana. Además de esas pequeñas viviendas o un edificio que sale por patas con unas piernas que le asoman por debajo de los cimientos, también encontraremos la recreación de un edificio al completo en los espacios rectangulares de un gran cajón tipográfico de madera: una reflexión sobre esa curiosidad innata hacia nuestros vecinos, la avidez con la que nos entrometemos en la vida de los otros, el exhibicionismo o la soledad del mundo urbano.

La miniatura, además, es algo que a muchos nos fascina, provoca cierta ternura, como el entrañable protagonista de El increíble hombre menguante o las tiendas para ratones que el colectivo de arte callejero Anonymouse plantó hace un par de años por calles de Suecia. Y, además, da juego para crear situaciones magrittianas jugando con la diferencia de tamaños.

De hecho, lo más interesante de este proyecto es que no solo trabaja con materiales sino también con situaciones ubicadas dentro de escenografías tan irrealmente reales que al espectador le sugieren siempre algo, que convierten, a lo Sophie Calle, el voyeurismo en arte. Un mundo onírico inspirado en maquetas arquitectónicas y todo hecho a mano. Un gran plan si a uno le apetece volverse pequeñito y perderse en escenas cotidianas y oníricas que parecen congeladas en el tiempo.

Cartel de la exposición que se puede ver en Madrid

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