18 mayo, 2012. Por

Damon Albarn

Dr. Dee
Damon Albarn se cansa del pop y lo intenta reinventar a través de una ópera homenaje al Dr. Dee
Damon Albarn

Damon Albarn es uno de esos seres bucólicos que, incluso en sus momentos creativos más bajos, logra sacarse de la manga experimentos excelsos. Que el que fuera líder e imagen en las SuperPop británicas de los ’90 se desquite componiendo, interpretando y performatizando (¿lo cuálo?) una ópera contemporánea para mentes versátiles y sin mayores gorgoritos que la propia voz armónica del pop de los últimos veinte años devenido en materia ahora divina es un curro de la hostia. Ya se le venían viendo (el cartón y) y el plumero al rubiecito londinense en el último movimiento discográfico de Gorillaz, Plastic Beach. Y, si bien todos los álbumes de Gorillaz parecían tener cierto reflujo conceptual, aquella futurista y cibernética playa plástica parecía amortiguar el fanatismo de Albarn por conectar idea y entrega y materializar en género y número una abstracción que va más allá de lo musical y que invade lo escénico no tanto desde el gesto bochornoso de la banda de pop ni del disfraz hortera a lo Kiss, sino desde el fondo de esa forma. Lo que en realidad querían ser The Beatles y no les dejaron. A lo que debería dedicarse todo músico moderno con las ideas ya caducas en el territorio en el que ya completó su era más gloriosa (Albarn lo asumió después de aquel fallido Think Tank con Blur, y por eso formalizó en Gorillaz y The Good, The Bad, The Queen aquellas lisergias más proto-operísticas). Teléfono para más de uno.

Dr. Dee (no confundir con Dr. Dre, negratas y rappers) es una especie de ópera abierta a géneros, épocas y estilos que intenta emular (algo fallidamente ahí) las míticas piezas clásicas adaptadas a entramados modernos, pero también a ciertos guiños en clave de banda sonora de películas como Sonrisas y lágrimas, Braveheart, alguna película de Disney de principios de los ’90 (Aladdín, Pocahontas, La Bella y la Bestia) o alguna cinta romanticona y épica ambientada en la Irlanda de 1874; a cierto reflujo al celtismo hippie de la década de los ’60; a bandas de barroco moderno como Cat’s Eyes, Active Child o Antony & the Johnsons; u obras de pop operístico conceptuales (y, en algunos casos, escénico) como el Tommy de The Who, el Innuendo de Queen o, si me dejáis, el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick. No se trata de ningún ejercicio de barbarie impostada ni de tratar de poner a retozarse en una lucha de lodo a Montserrat Caballé, Marina Abramovic y Richard Ashcroft a buscar la última papelina que queda de la generación del ponche y el ácido lisérgico de Irvine Welsh. Es, más que nada, y sobre todo, un trabajo a cuatro manos y dos cerebros por crear una ópera inglesa (dixit) a pachas entre Albarn y Rufus Norris y que, primero el Festival Internacional de Manchester y luego Parlophone aprovecharon para apuntarse el tanto y pasar por caja, claro. ¿La temática? Una suerte de homenaje a la figura de John Dee, una suerte de erudito en campos como las matemáticas, la astronomía, la navegación o el espiritualismo: algo así como un Leonardo Da Vinci marginal debido al perpetuo yugo de nacer “después de”.

Y por allí desfilan guiños a puestas en escena de un espiritualismo que conecta tanto la raíz de las piezas pop más atmosférico y ambient de Blur (O Spirit, Animate Us o 9 Point Star) como con arranques de un folk naturalista enraizado con la música de Bon Iver o Joanna Newsom (The Moon Exalted o The Dancing King), los caos instrumentales de cénit barroco (The Golden Down o Preparation), conexiones con óperas neoclásicas que pretenden mantener distancia con la raíz más pureta de la ópera de exposición y Teatro Real y las acercan más a las persecuciones infantiles del cine de animación o de las eyaculaciones matinales de película mumblecore (Coronation, A Prayer, Temptation Comes in the Afternoon o Watching the Fire that Waltzed Away) y hasta canciones de pop acústico de toda la vida revestidas de banda sonora híper gestual (The Marvelous Dream o Cathedrals) y hasta reflujos de un drama vocal y armónico que embellece y brutaliza (Tree of Beauty), a la vez, un todo extraordinario que, si bien no engalana ni enamora como sí ha hecho Albarn en sus proyectos más “de grupo”, sí que genera reacción positiva ante el avance y evolución de un músico que no se queda quieto y que avance perpetuamente hacia la reinvención del pop en sus perspectivas sonológicas más amplias.

*Escucha el disco en Spotify haciendo click aquí.

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