5 julio, 2017. Por

Okja

Del abucheo en Cannes a ser la película-insignia de la nueva era de Netflix
Okja

Dicen que cuando el pasado mes de mayo el logotipo de Netflix se proyectó por primera vez sobre una de las pantallas del Festival de Cannes el público, muy entendido y cinéfilo, prorrumpió en un profundo abucheo. Porque parece que intentar producir películas de calidad con el afán de que las vea el mayor número de personas posible no se estila en los círculos biempensantes del cine.

Después de la pataleta en Cannes, Okja de Bong Joon-ho se estrenó mundialmente en Netflix el pasado 28 de junio, sin pasar por las salas de cine. Y las opiniones sobre ella son para todos los gustos.

Mucho más que un telefilm

Para empezar no es fácil hablar de la cinta firmada por el coreano Bong, en tanto en cuanto está claro que la película en sí es muchas cosas a la vez. De un lado, es un punto de encuentro entre el cine familiar occidental y la ficción oriental. Momentos que recuerdan indudablemente a Pequeña Miss Sunshine (2006, Jonathan Dayton y Valerie Faris) y a Babe, El Cerdito Valiente (1995, Chris Noonan) chocan con la histriónica sensibilidad del cine de acción coreano que, en la misma filmografía de Bong (Rompenieves, The Host) se hace exagerado e infantil para el espectador occidental.

De otro, también una peculiar muestra de valor, al rodar en imagen real una historia que, especialmente en su primera mitad, habría pertenecido al mundo del cine de animación. De hecho las referencias a Mi Vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988) abundan sin rubor a lo largo del metraje. Da la impresión de que, con ella, sus creadores buscan llevar al límite el género de la ensoñación fantástica desde un punto de vista completamente distinto.

También es, como ya hemos mencionado, una declaración de principios. El reconocimiento, de una maldita vez, de que en el mundo en el que vivimos hay muchos espectadores a los que sencillamente ya no les apetece ir al cine. Pongan las películas que pongan, los números en taquilla han subido a lo largo del presente siglo a costa de subir el precio de las entradas, mientras que el número de espectadores no hace más que descender. La industria lleva 15 achacando a este descenso a las descargas ilegales y, aunque algo de razón no les falta, la angustiosa falta de ideas de Hollywood, que el año que no saca la tercera película del Capitán América, relanza la saga de Parque Jurásico, tiene que tener algo que ver.

A ello se suma que la clase media cada vez se gasta más dinero en unas televisiones de ultra alta definición, equipos de sonido envolventes y suscripciones mensuales a servicios de streaming de series y películas. La televisión vive su segunda era dorada, y era cuestión de tiempo el que alguien dejara de ver dicho fenómeno como una tragedia para el cine. Con Okja, Netflix demuestra que invertir 50 millones de dólares en una historia ambiciosa, con un reparto de altísimos vuelos, tocando muchos y muy sensibles temas, y haciendo uso de unos efectos digitales más que dignos ya no es patrimonio exclusivo de las salas de cine.

Animalismo, humor y tragedia

Okja es el nombre de uno de los 12 supercerdos, una especie de mezcla entre hipopótamo bonachón y cerdo gigante, empáticos e inteligentes, creados por Mirando Corporation en 2007 como suministro ecológico y barato de carne. Cada uno de los animales fue entregado durante 10 años a distintos granjeros del planeta, y Okja creció junto a la pequeña Mija en una granja entre las montañas de Corea del Sur. Cuando la multinacional de la alimentación regresa, en 2017, para recuperar su animal, el vínculo entre la niña y éste es demasiado fuerte como para cederlo sin más,  comienza una persecución, primero por las calles de Seúl, y luego por las de Nueva York, para reunirlos de nuevo.

Por el camino, una corporación sin escrúpulos, una criatura adorable e inteligente, una niña que enternece en casi cada escena, unos activistas contra el maltrato animal que son pura parodia, capitalismo, explotación, un par de escenas de acción muy bien resueltas, un canto bucólico a la naturaleza montañosa de Corea del Sur y un buen puñado de situaciones y personajes exagerados pero atractivos. La tragicomedia está servida.

Como la sinopsis deja entrever, Okja es fácilmente interpretable como un canto animalista. Por supuesto, a los activistas contra el maltrato animal les parece excesivamente blanda y velada a la hora de mostrar la realidad de los mataderos y el trato hacia los animales de granja; y, para quien todavía es capaz de disfrutar de un filete de ternera, puede resultar excesivamente gráfica y culpabilizadora. Ello explica lo polarizadas que están siendo las opiniones sobre ella.

Pero Okja no solamente ridiculiza a la industria cárnica: las asociaciones animalistas se llevan también una buena mano de mofas y chistes, todos bien fundados e identificables (si te suena la cara del hipnótico líder del frente animalista, es Paul Dano, el hermano mudo en Pequeña Miss Sunshine). Los pocos chistes que nos encontramos sobre conciencia de clase, compromiso laboral y explotación de la mano de obra tampoco están mal traídos.

Por si todo esto fuera poco, aún hay que destacar a Tilda Swinton y Jake Gyllenhaal dos actores que, sin haber sido nunca mediocres, en Okja están en estado de gracia. Swinton nos tiene más acostumbrados a los personajes camaleónicos, algo histriónicos y pasados de rosca. Pero Gyllenhaal se hace cargo de un registro muy alejado del que emplea normalmente, estirando su cuerpo y su voz, dando vida al televisivo veterinario Johnny Wilcox, uno de esos “amantes de los animales”, que no duda en dañarlos sin piedad. Su interpretación es puro físico, fluida y absolutamente convincente. Me sorprendería que su nombre no figure en las nominaciones a los Oscar.

Finalmente, Okja es una película imprescindible. Por lo enternecedor de su trama, la calidad de su factura, que se deleita en los planos prolongados y elaborados, tan poco abundantes en el Hollywood de nuestros días; y por la solidez de sus interpretaciones. Es cierto que a medida que pasan los minutos la trama se va volviendo más y más excesiva, exagerando la maldad de los villanos, la inocencia de Mija y ahondando en la culpabilización del espectador por… ¿por comer?

Pero quien escribe estas líneas, que de animalista no ha tenido nunca nada, acabó conmovida a pesar de los excesos de la cinta. Es la de Bong Joon-ho una película de calidad que puede disfrutar cualquiera que tenga una cuenta de Netflix y que, muy probablemente, va a seguir dando de qué hablar en las entregas de premios de los próximos meses. Véanla con celulosa cerca.

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