27 octubre, 2017. Por

Nuestra Vida en la Borgoña

Apacible relato sobre vino, madurez y amor fraternal
Nuestra Vida en la Borgoña

El del vino es, como tantos otros, uno de esos mundos cuya inmensidad solamente conocen quienes lo trabajan y viven de él. Así, las necesidades, tristezas y alegrías de una explotación vitivinícola, más aún en Francia, pueden parecerle extraterrestres al común de los mortales, que solamente quiere llevarse una copa de vino a los labios de cuando en cuando. No obstante, Cédric Klapisch consigue hacer que dicho devenir se convierta en uno de los principales atractivos de su última cinta, Nuestra Vida en la Borgoña. Un retrato costumbrista y sencillo sobre la forma en la que las nuevas generaciones afrontan los trabajos que sacaron adelante de sus padres y abuelos.

Cuando su padre fallece, Jean regresa, diez años después, a la finca familiar. Allí le esperan sus dos hermanos pequeños, Juliette y Jérémy. Atrás ha dejado una familia y una plantación completamente diferente en Australia. El retorno al hogar obliga a Jean a enfrentarse al pasado del que huyó casi despavoridamente cuando era poco más que un chaval. Y, con ello, al recuerdo de un padre humanamente injusto, el ritmo reposado y peculiar con el que se gestiona el vino en Francia, y al cariño de sus hermanos, que parecen necesitarlo tanto como él a ellos.

Nuestra Vida en la Borgoña puede verse como una película algo ñoña y excesivamente plana en algunos aspectos. Pero, con sus defectos y sin pretensiones excesivas, consigue funcionar de manera amable, enterneciendo sin complicar demasiado. El acceso a la madurez no es un tema novedoso en el cine de Klapisch, a quienes muchos recuerdan por Una Casa de Locos (2002) y su secuela, Las Muñecas Rusas (2005), sobre unos alocados estudiantes de Erasmus en Barcelona. Pero, en esta ocasión, el retrato del proceso es mucho más comedido y astuto.

“Se agradece el deleite en los paisajes de las viñas y en sus cambios con las estaciones”

Entre los factores positivos, el energético retrato del paso de un año en una plantación vitivinícola de tamaño medio. Con diversas explicaciones acerca de los aromas y las características del vino, enriquecedoras para quienes saben algo de este mundo, y llamativas para quien nunca haya estudiado el asunto, así como de los entresijos de la labor agrícola. Se agradece el deleite en los paisajes de las viñas y en sus cambios con las estaciones. Son aspectos que, tal vez, marquen la diferencia para los amantes del vino que, posiblemente, disfruten del film más ampliamente.

Los conflictos de la película son tan cotidianos que pueden parecer simples. Las incertidumbres en torno al matrimonio de Jean; el joven Jérémy, con escaso talento para el vino y acomplejado por su estirado suegro; las inseguridades, a pesar de ser la más talentosa de los tres, de Juliette, la heredera natural del negocio; y los problemas económicos que implica la recepción de la herencia paterna. Afortunadamente, son todos aspectos que se abordan con un dramatismo muy moderado y a los que a lo largo de la cinta se les van buscando soluciones sencillas. No especialmente realistas o inteligentes, pero sí conciliadoras.

Sin duda, otro de los puntos a favor de Nuestra Vida en Borgoña es la ternura con la que se aborda la relación entre los tres hermanos. Las interpretaciones de Pio Marmaï, Ana Girardot y François Civil son cálidas, versátiles y sinceras, alejadas de emociones exageradas o de arrebatos ilógicos. Con su exploración de los primeros pasos de sus personajes en el mundo de los adultos, así como la clara química que se desarrolla entre ellos, son los artífices de que Nuestra Vida en la Borgoña sea verdaderamente convincente.

“Los tres personajes no se han trabajado con el mismo interés, y ello lastra ligeramente la película”

Es aún más destacable el trabajo de los intérpretes si se tiene en cuenta lo desigual del desarrollo de los tres personajes protagonistas. Jean es el centro de la historia y su pasado, presente y futuro están claramente discutidos y justificados. Juliette evoluciona y crece, sobre todo, en presencia de los hermanos. Pero, más allá del jornalero que le pone ojitos cada vendimia, no hay explicaciones claras que justifiquen el porqué de dicha evolución o las demás consecuencias que pueda tener su proceso de crecimiento personal.

Y Jérémy está bastante venido a menos, definido mucho más por las relaciones con su familia política y por lo que le falta que por cualquier característica destacable. Es obvio que los tres personajes no se han trabajado con el mismo interés, y ello lastra ligeramente la película. Aún así, a pesar de hacerse algo larga en su último tercio, Nuestra Vida en la Borgoña consigue dejar un sabor de boca agradable, así como unas ganas inmensas de tomar una buena copa de vino al salir de la sala de cine. Una buena historia para quien quiera sonreír algunas veces sin tener que hipotecarse emocionalmente para ello.

Nuestra Vida en la Borgoña