2 junio, 2017. Por

Norman

O cuando Richard Gere dejó de ser un seductor para buscar ser icono del cine político e indie
Norman

Si este verano tenías pensado apuntarte a un curso intensivo sobre cómo funciona el poder -político, empresarial, religioso, qué más da, se trata de lo mismo en todos los casos- mejor ahórrate ese dinero e inverte tan solo la decena de euros que te costará acudir a un cine para ver Norman: el hombre que lo conseguía todo protagonizada por un Richard Gere alejado del papel de seductor y convertido en persona mayor gracias a una boina.

Su personaje, Norman Oppenheimer, se presenta, sin haber hecho aún méritos para ello, como un asesor neoyorquino que se considera un excelente nadador ante los transatlánticos que habitan el poder. «Lo importante es mantener la cabeza fuera del agua», nos explica. Y así lo demuestra durante las primeras escenas, que tienen como punto clave el momento en el que conoce a un político de alto rango del gobierno de Israel interpretado por el actor israelí Lior Ashkenazi, habitual de las películas de su compatriota Joseph Cedar, quien se aventura por primera vez en un film producido fuera de su país de origen.

El político y Norman tardan poco en hacerse amigos cuando el último, que lleva un buen rato siguiéndole, le regala unos zapatos de una de las tiendas más caras de Nueva York después de que el político diga que no se puede comprar un traje allí porque un dirigente nunca puede ir vestido con ropa más cara de lo que le costaría un coche de gama baja a un ciudadano de su país. Aunque lo parezca, el guionista no es Pablo Iglesias.

Pero a estas alturas de la historia Norman ya ha flirteado con otros personajes pertenecientes a los diferentes ámbitos del poder gracias a venderles promesas imprevisibles -todos conocemos a alguien, un peón más del mundo occidental que hemos labrado entre todos, que en su vida se mueve a base de contactos, cara dura, favores y falsedad-. Poco a poco creará una red de influencias que se multiplicará en el momento que su amigo se convierta en el primer ministro israelí y en un evento lo presente como alguien de su plena confianza ante un montón de personas con altos cargos. Norman habrá apostado a caballo ganador y ese día sonreirá. Objetivo cumplido. Aunque esto comportará que él mismo pierda el control de lo que ha creado a consecuencia de la magnitud que acabarán cogiendo los acontecimientos que sucederán a continuación.

El guion de Cedar, dividido en cuatro actos, hace digerible el complicado entramado de relaciones y sucesos que nos quiere contar. Lo consigue gracias al excelente uso de las elipsis, a no decir más de una vez lo mismo y a explicar sobre el poder lo que pretende sin complicarse la vida con demasiados tecnicismos. También hay que aplaudir las dobles escenas de la parte final de la película que aligeran su desenlace.

Lo que le falla a la película es la profundidad de los personajes. Sin llegar a ser planos, están faltos de carisma. Ni el mismísimo Richard Gere acaba de meternos en los dilemas mentales que sufre su personaje solitario. Parece que Cedar haya priorizado hacernos un máster sobre el poder que contarnos una historia concreta. Esta misma historia sonaría igual con otros personajes; no echaríamos en falta a ninguno. Por eso te acabas diciendo: “de acuerdo, todos estos tipos tienen voracidad por conseguir el poder. ¿Pero qué más?”. Y no hay nada más. Hasta la amistad entre el político y Norman cuesta cogerla por algún sitio. ¿De verdad dos desconocidos se hacen amigos tan rápidamente por un regalo tan superficial, por muy caro que sea, y un par de intentos de ofrecerle contactos?

«Ninguna novela me produce gran entusiasmo, hechizo, plenitud, si no hace las veces, siquiera en una dosis mínima, de estimulante erótico», escribió el decadente Mario Vargas Llosa. En esta película no es que en ningún momento haya ni un solo intento de flirteo -recordemos que durante nuestra vida nos han contado hasta la saciedad que el poder es un mundo de amantes y puteros-, sino que tampoco sabemos nada de las vidas personales de los personajes, de sus manías, de sus miedos, de sus traumas, de sus aficiones. Tan solo se nos explica que Norman es tan alérgico a los frutos secos que si los ingiere podría morir ahogado en quince minutos.

Norman