12 julio, 2018. Por

No quiero perderte nunca

Un drama psicológico de autor y actrices en busca de la propia identidad
No quiero perderte nunca

Cuando la culpa te persigue, esta es capaz de hacer que te pierdas en tu propia casa. Esta idea es la que nos plantea el catalán Alejo Levis en No quiero perderte nunca, un drama de autor que comienza de lo más costumbrista y sin embargo atrapa al espectador en la confusión tras los primeros cinco minutos.

Paula (María Ribera) es una mujer con diversos problemas psicológicos que iremos sintiendo a lo largo de la cinta. Su depresión y su esquizofrenia aflorarán en cuanto su novia Malena (Carla Torres) la deje sola en la casa de campo de su madre. Entonces empezará a buscar su propia identidad a partir de recuerdos y sueños que la harán perderse en el propio hogar materno. Aida Oiset y Montse Ribas cierran un elenco corto y exclusivo de actrices que conectará con el público femenino de una forma especial.

Algunas de las causas de la inestabilidad emocional del personaje de Paula también las conoceremos a través del monólogo interior dialogado, como la falta de cariño que sufrió de pequeña o que entonces fue víctima de abusos sexuales. Con esta técnica, un diálogo entre dos yoes de la misma persona (un monodiálogo, que la llamaría Unamuno), Paula va conformándose como un personaje cada vez más redondo mientras va encontrándose a sí misma.

“La incapacidad de aceptar la muerte de un ser querido es un sentimiento muy humano que el director logra explotar por medio del simbolismo y de un juego de cámaras que recuerda por momentos a un videoclip psicodélico”

La dificultad de la interpretación de Ribera asombra y asusta, pero sobre todo causa una sensación constante a lo largo de la obra: la angustia. Levis va intercalando esta sensación con maestría con la del desasosiego para no dar respiro al espectador.

La obra es producto de una experiencia personal del director, tal y como este reconoció en una entrevista para Fotogramas en mayo: “Mi madre murió después de ir desapareciendo poco a poco por culpa de un alzhéimer muy prematuro”. La incapacidad de aceptar la muerte de un ser querido es un sentimiento muy humano que el director logra explotar por medio del simbolismo y de un juego de cámaras que recuerda por momentos a un videoclip psicodélico.

Levis, quien tiene experiencia no solo en la música sino también en la publicidad, bromea con que el rodaje tiene “menos presupuesto que un anuncio de 20 segundos de yogures”. Los quilates de su cine, por el contrario, se sienten en la cabeza, no en el paladar.

No quiero perderte nunca