10 Enero, 2017. Por

Ningún placer culpable suelto

O de cómo aprendí a querer y a odiar a Emilio Aragón, Will Smith, Green Day y Manolo Kabezabolo
Ningún placer culpable suelto

Son discos que han marcado nuestra infancia y preadolescencia. Discos que hemos escuchado un millón de veces  pero que según fuimos creciendo han ido quedado relegados a los rincones más oscuros de nuestra estantería. Quizás porque nuestros gustos musicales derivaron hacia otros cauces, quizás porque los propios artistas se convirtieron en algo con lo que ya no nos podíamos sentir identificados. Pero aun habiéndose convertido en algo así como “placeres culpables” forman parte inevitable de nuestra genética, indeleble, inolvidable.

EMILIO ARAGÓN – TE HUELEN LOS PIES
A principios de los noventa, Emilio Aragón era la persona más GUAY de España. Al menos según los parámetros de un niño de ocho años. Vestía con traje y Converse (mazo irreverente), decía “Dabuten, colega” y presentaba VIP Noche, el programa más “moderno y dinámico” que jamás habíamos visto en televisión. Era la mezcla perfecta entre Leticia Sabater, Poochie y un John Belushi para todos los públicos. Además, se sabía rodear de gente tan GUAY como él. Me acuerdo de Mané, una especie de rockabilly andaluz con tupé y patillas. No sé qué hacía exactamente pero siempre le acompañaba a todas partes.

Emilio era un renacentista. Hacía de todo y todo lo hacía bien. Lo admirábamos. Sacó un disco, un señor discazo de ROCK AND ROLL que cumplió con todas nuestras expectativas. Los Reyes Magos le trajeron la cinta a mi vecino y yo le hice una copia. Probablemente fue el primer disco que he pirateado en mi vida. Eran todo temazos: Te huelen los pies, Cuidado con Paloma, Yo tengo una bolita… Nos las sabíamos todas.

Unos años después, descubrí a Green Day y empecé a renegar de Emilio. Green Day eran guays de verdad, no como el ñoño de Milikito. Sí, incluso le empezamos a llamar “Milikito” en plan despectivo. Desde que empezó con Médico de familia le perdimos todo el respeto. Era un vendido. Un falso. Nos dimos cuenta que todo aquel brío juvenil y gamberrismo era impostado: “¿Dabuten, colega?”. Vete a cagar, Milikito.

Actualmente no pienso demasiado en Emilio Aragón pero me parece un tipo entrañable. No he vuelto a poner sus discos porque no me hacen falta. Aún ahora, más de 25 años después me sigo soprendiendo a mí mismo canturreando Cuidado con Paloma o Te huelen los pies de vez en cuando. Me gusten o no, sus canciones han quedado dentro de mí para siempre.

JAZZY JEFF & FRESH PRINCE – CODE RED
Los 11-12 años es una edad maravillosa. Sigues conservando la inocencia y falta de prejuicios de un niño, pero al mismo tiempo empieza a surgir la necesidad de empezar a definirte como persona y moldear tus gustos. A principios de los noventa Emilio Aragón era la persona más guay de España pero Will Smith era la persona más guay del planeta.

Adoraba El Príncipe de Bel-Air. No me lo perdía ni un sólo día, y por supuesto, adoraba el rap, el poquísimo rap que podía escuchar. Es decir, poco más que la sintonía de la serie. Quizás en un universo paralelo hubiera acabado siendo un adolescente rapero pero en 1992-93 no había mucha cultura hip hop por aquí. Era difícil conseguir discos sin internet. Si había música rap no era fácilmente accesible para un niño de 11 años.

Will Smith ya era un aguililla de la promoción y fue lo suficientemente listo para aprovechar el tirón de la serie y venir a promocionar su disco Code Red a España. Casi me vuela la cabeza. De repente, el mismísimo Smith estaba aquí, hablando con presentadores españoles y cantando aquello de Boom! Shake the room! en todos los programas.

Por supuesto, ese año les pedí la cinta a los Reyes. No sé si de aquella Smith era un tipo realmente respetado dentro del hip-hop o era un Emilio Aragón del rap pero a mí el disco me encantó. Poco después, en mis intentos de ser rapero, me compré una cinta de Cypress Hill pero no me hizo demasiado tilín. Acabé dejando el género apartado.

Actualmente, Will Smith me da mucha grima. Se ha convertido en alguien demasiado obsesionado con el éxito. Todo ese rollito de meter a toda su familia desde pequeños en la industria del cine me parece sectario. Se ha convertido en el rey de los dramas lacrimógenos. Ya no es que no sea guay: es que ni siquiera me cae simpático. En lo musical hace siglos que no lo he vuelto a escuchar. Hasta hoy lo tenía completamente olvidado…

GREEN DAY – DOOKIE
Lo mío con Green Day fue un flechazo. Ocurrió una mañana viendo en la tele un programa de videoclips. Pusieron Basket Case y me quedé alucinado. Esa parafernalia en plan ‘enfermos de psiquiátrico’ me fascinaba. El cantante me parecía puro carisma. Me compré el Dookie, uno de los primeros CDs que recuerdo haber comprado con algo de criterio y lo disfruté como el enano que era, un alma cándida, totalmente libre de prejuicios.

Con el tiempo, empecé a escuchar punk más guarrete y  metal, a leer entrevistas y empaparme de toda la filosofía “true” que envolvía aquellas escenas hasta volverme absolutamente intransigente con otros estilos.

Empecé a odiar Green Day “porque eran comerciales”. Ya no es que no fueran metal: es que ni siquiera eran punks de verdad. Música para borregos. Cogí el CD y lo vendí en una tienda de segunda mano del asco que me daba, seguramente para comprarme algo de Cradle of Filth (otros que tampoco tardarían en ser considerados “basura comercial” por mi estricto ‘Yo adolescente’).

En la actualidad, ni los odio ni los amo. Les tengo una mezcla de cariño e indiferencia. Pongo en YouTube el video de Basket Case y noto cómo el Javi de los 13 años vuelve a saltar de alegría; entonces el Javi de los 17 va corriendo a echarle la bronca por ser un alienado; pero el Javi actual le para los pies: “¡Déjalo en paz! ¡Deja al chaval que disfrute, amargado!”.

Y al final los tres acabamos escuchándolos con una sonrisa.

MANOLO KABEZABOLO – ¡YA HERA ORA!
Conozco a poca gente que se reconozca abiertamente como seguidor de Kabezabolo pese a que sé que muchos lo fuimos, aunque fuera por un período corto de tiempo. Suele considerarse un desliz de juventud, igual que haberse reído con las canciones de los Mojinos Escozíos. Nadie que quiera dar la impresión de tener buen gusto musical menciona que durante una época de su vida le dio caña a Kabezabolo en el walkman.

Manolo, a diferencia de Green Day, es incuestionablemente punk. Pero es punk del mismo modo que es punk un lamparón de aceite en la camisa. No ha logrado alcanzar el respeto que sí tienen otros punks marcados por la tragedia como Eskorbuto o Cicatriz. Manolo siempre usó un humor de garrafón con el que es difícil llegar a crear vínculos afectivos serios. Es raro sentirse orgulloso de escuchar a alguien que hacía versiones de El tractor amarillo, Me llamas o Un beso y una flor (todas ellas en versión yonki) y cantaba sobre El aborto de la gallina. Es un prejuicio bastante snob infravalorar la comedia, pero está ahí.

Sin embargo, hubo un momento, cuando yo iba al instituto, en que Manolo estaba bien visto. La leyenda decía que estaba ingresado en un psiquiátrico por voluntad propia. Era un colgao, un cantautor punk underground que grababa sus canciones tocando de cualquier manera. Un Daniel Johnston patrio que hablaba de “spiz” y amigos muertos de sobredosis en vez de Casper y amores imposibles. Un Panero kalimotxero. Incluso los críticos de las revistas hablaban maravillas sobre él. Recuerdo que muchos lo calificaban como “poeta de la calle” y destacaban su disco como una de las grandes sorpresas del año. Después, se juntó con gente que sabía tocar algún acorde y pasó a llamarse Manolo Kabezabolo y los que se van del bolo, perdiendo gran parte de ese encanto trash del primer disco.

Actualmente, no es alguien que pueda recordar con una sonrisa. No tiene ese encanto inocentón de los Green Day. Lo recuerdo con sonrojo, pero reconozco que me acabo de poner Una kanzion de amor y le di dos veces al play: “No, no me como los mocos / Pero nena tú, me vuelves loco”.

Ningún placer culpable suelto