11 mayo, 2018. Por

Niñato

Costumbrismo, hip hop e infancia en el pretencioso debut de Adrián Orr
Niñato

En su ópera prima el realizador madrileño Adrián Orr elige a cantante de hip hop David Ransanz, alias Niñato, y a su familia como objeto de una película documental (del mismo nombre) de 70 minutos. La cámara se cuela, sin trucos ni efectismos, en lo más íntimo del día a día del núcleo familiar para intentar mostrarnos cómo lo cotidiano, el afán creativo, las rimas y el contexto social interactúan de la forma más natural y orgánica posible.

En paro, viviendo con sus padres y a cargo de tres hijos muy jóvenes, David lucha por hacer que sus creaciones lleguen al público del hip hop madrileño. Sin ficciones ni un objetivo narrativo determinado, Niñato se cuela en la casa y la vida de la familia de David para mostrarnos el día a día de sus hijos. Lo hace prestando especial atención al más pequeño, Oro (hay dos niñas también, pero parecen irrelevantes para el documental), mucho más interesado en memorizar y repetir las rimas que le enseña su padre que en sus estudios de primaria.

“Ni los Ransanz tienen tanto que decir, ni su existencia es tan interesante para el espectador, ni el tratamiento de Orr ayuda a que éste sienta el más mínimo interés por la carrera artística de ‘Niñato'”

La idea de Orr no es mala, pero se le va la mano a la hora de explotarla. El relato de Niñato es tan enclenque que uno duda a la hora de hablar de si cuenta o no con una trama. Es loable su inocencia artística a la hora de elegir un tema para su documental. Pero lo cierto es que ni los Ransanz tienen tanto que decir, ni su existencia es tan interesante para el espectador, ni el tratamiento de Orr ayuda a que éste sienta el más mínimo interés por la carrera artística de Niñato o empatía por su situación familiar. El deleite en el costumbrismo se prolonga tanto que muchas escenas se hacen interminablemente anodinas.

La cinta de Adrián Orr es una colección deslavazada de momentos aburridos, carentes de ritmo dramático, interés u objetivo. Contemplar durante minutos y minutos cómo un niño bosteza, no quiere ir al colegio o se niega a hacer los deberes denota muy poco aprecio por el tiempo que el espectador está invirtiendo en la película de uno. Parece creerse Orr que la espontaneidad por sí misma es un tesoro, y se olvida de que al espectador es deseable contarle algo que no sepa o despertar su interés por algo que le sea, a priori, ajeno. Peor todavía: en su espontaneidad a los personajes de Niñato muchas veces se les olvida algo tan básico como vocalizar.

“Más allá de documentar el día a día de una familia cualquiera, Niñato dice más bien poco sobre música, creación o crianza”

Tampoco es una gran pérdida: si hay algún vínculo entre el proceso creativo de David y las intrascendentes conversaciones que mantiene con los padres mientras espera en la puerta del colegio a sus hijos; o entre su aparentemente apática situación de desempleo y las rimas que construye, Orr fracasa a la hora de destacarlo. Más allá de documentar el día a día de una familia cualquiera, Niñato dice más bien poco sobre música, creación o crianza. Es más, si dice algo es que su protagonista desprecia sistemáticamente a sus hijas, explota de manera miserable a las mujeres de su alrededor y centra toda su atención en su pequeño varón, que apunta maneras de rapero.

Al final nos encontramos con una pieza que, fuera del circuito especializado de festivales, carece de interés. No aporta nada que una tarde con la prole de mi vecina la del quinto no me vaya a enseñar y no me despierta, ni mucho menos, curiosidad por la música o las rimas de Niñato. Por muy humanos que sean los pequeños relatos que recoge el documental, no parece un testimonio que permita comprender o enriquecer la faceta artística de este hombre anónimo. Así las cosas, el tedio es la única sensación duradera que nos deja Niñato.

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