20 septiembre, 2017. Por

Nicholas Nixon

Cómo ser un fotógrafo a lo Richard Linklater en ‘Boyhood’
Nicholas Nixon

Desde el año 1975, Nicholas Nixon realiza todos los años una fotografía de su mujer Bebe y sus cuñadas Mimi, Laurie y Heather. Las cuatro mujeres aparecen retratadas siempre en el mismo orden, mirando al objetivo. Esta serie, titulada The Brown Sisters, una suerte de «Boyhood fotográfico», es paradigmática del uso del paso del tiempo en el trabajo de Nixon; compaginando el formalismo y la perfección de las imágenes de los clásicos, como Walker Evans o Edward Weston, y la inmediatez de Cartier-Bresson, sus primeros maestros, el fotógrafo norteamericano se dedicó inicialmente al paisaje urbano, pasando poco a poco al interés por las personas que lo habitaban; prueba de ello es que a finales de los noventa Nixon documentó los cambios en el panorama urbano de Boston durante el proyecto de desarrollo vial Big Dig. Ahora, la Fundación Mapfre le dedica en Madrid la mayor retrospectiva jamás realizada sobre su trabajo, que podrá verse hasta el 7 de enero.

“No me interesan los edificios, sino la ciudad”, afirma el fotógrafo, y lo cierto es que a pesar de estar influenciado, como Lewis Batz, por la exposición New Topographics: Photographs of a Man-Altered Landscape en la George Eastman House en 1975, pronto crea su propio relato: un relato que pueda ser comprendido, compartido y recordado a partir de temas que destacan precisamente por su normalidad, momentos vividos en primera persona por el artista, que pertenecen a su experiencia privada.

Si observamos sus primeras fotos de paisajes podemos ver el proceso por el que va introduciendo a las personas poco a poco. Cansado y aburrido de ser paisajista, comenzó a dejar entrar a la gente en sus fotografías y las personas pronto se convirtieron en el tema principal. Además, en su afán de atrapar la vida siempre saca las fotos en blanco y negro, con cámaras 8 por 10, con un negativo que positiva al mismo tamaño, donde “es posible verlo todo”.

«Nada hay de afectado ni de teatral en toda su obra; en esta muestra no encontraremos nada que no sea la vida misma; vida que transcurre y bulle y vida que termina. Por eso a Nixon le gustaría ser recordado “como un testigo de todas las etapas de la vida”»

 

Su interés por el retrato y la fotografía de carácter social parte de su capacidad para plasmar como nadie la intimidad en una instantánea. Así, las fotografías de familias de los barrios pobres en los porches de sus casas en Boston, Florida o Kentucky, las de ancianos alojados en residencias que visitaba como voluntario o una selección de su profunda e impactante serie People with AIDS -“el más devastador y significativo asunto social y médico de nuestro tiempo”-, que recoge la secuencia de quince vidas afectadas por esta brutal enfermedad y que ayudaron a visibilizarla, así como sus series más recientes sobre las parejas, ponen cara a la decrepitud, la decadencia física y la proximidad de la muerte.

Nixon nos recuerda la importancia de la representación de la muerte en su forma más primaria; Sus protagonistas se ven pues inmersos de lleno en la historia a partir de la seguridad de que, a pesar de su muerte, seguirán vivos en la memoria. Aprendemos de la mortífera mirada del otro en un trasvase de emociones que nos obliga a cuestionarnos cómo debe representarse el dolor o la muerte en unos tiempos en los que tal vez relativizamos el padecimiento.

Nada hay de afectado ni de teatral en toda su obra; en esta muestra no encontraremos nada que no sea la vida misma; vida que transcurre y bulle y vida que termina. Por eso a Nixon le gustaría ser recordado “como un testigo de todas las etapas de la vida”, como el retratista de un decálogo del tiempo en el que el ser humano es el absoluto protagonista, quizá como un fotógrafo del tiempo… y es que dicen que los sueños solo pueden ser reales mientras duren, pero… ¿acaso no podríamos decir lo mismo de la vida?

Nicholas Nixon