27 febrero, 2018. Por

Mute

¿El patinazo definitivo del hijo de Bowie?
Mute

Después de terminar de ver Mute, la nueva (y viendo los resultados, probablemente la última) película de Duncan Jones, estrenada en Netflix, al espectador le invade un cierta sensación de tristeza y pavor mezclada con sorpresa. Como cuando te encuentras, repentinamente, en mitad de la noche, con el escenario de un accidente, y divisas los vehículos destrozados, las luces de las ambulancias y la policía, el rostro demudado de los heridos. Es inevitable preguntarse: ¿pero qué demonios ha pasado aquí?

Netflix se ha caracterizado en los últimos tiempos por acoger, y sobre todo financiar, producciones que no hubieran encontrado su sitio en una cadena de televisión convencional o en las multisalas de cine, respetando la visión de sus creadores. Al menos, da la impresión de no ejercer un control tal fuerte sobre ellas como, por ejemplo, la HBO, que así logró convertir su sello en un sinónimo de excelencia, aunque sea a costa de ofrecer un número menor de lanzamientos. La táctica de dar libertad a los creadores a veces funciona: el año pasado vimos en Netflix películas y series tan brillantes y arriesgadas como Mudbound, The Meyerowitz Stories o Mindhunter, que merecen ser consideradas entre lo mejor de 2017. Pero es inevitable que haya naufragios. Y este mes, hemos tenido una buena muestra, centrada además en un género en particular: la ciencia-ficción.

“Tratando de construir una gran historia de ciencia-ficción impregnada de romanticismo, como Wenders o Scott, Jones ha terminado más cerca de los cyborg del inefable Albert Pyun, aunque Mute resulte demasiado tediosa para una maratón de CineCutre

 

Primero nos llegó la ambiciosa Altered Carbon, la adaptación de la novela cyberpunk de Richard Morgan, en formato de serie, una aventura casi de cine negro en un futuro en el que la tecnología ha permitido que la muerte –y la identidad corporal-  haya sido prácticamente abolida. A pesar de que tiene sus defensores, el balance final está muy por debajo de las expectativas, al sustituir la profundidad e, incluso, la coherencia argumental por una indigesta mezcla de efectos especiales chillones, ritmo videocliptero y escenas de acción sanguinolentas. Una especie de sucedáneo de Blade Runner en versión chusca y poligonera.

En segundo, se estrenó por sorpresa la siguiente entrega de la saga Cloverfield Paradox, urdida por el siempre comercialmente astuto J. J. Abrams, con un resultado bastante inferior a las de sus antecesoras. Cloverfield Paradox recuerda a los peores momentos de su famosísima Perdidos: una loca carrera hacia adelante que prescinde de la más mínima lógica y que se hunde cada vez que intenta ofrecer algo remotamente parecido a un personaje con un conflicto interesante o una explicación de lo que sucede. Sin embargo, lo peor estaba por llegar.

Y lo peor es, en efecto, Mute. El hijísimo del gran Bowie, tras dos películas de ciencia-ficción notables, Moon y Código Fuente –la primera, una pequeña obra maestra-, se estrelló a la hora de emular a Peter Jackson con la fantasía épica de Warcraft. El origen. No obstante, era un fracaso disculpable: Hollywood aún no ha encontrado la manera de adaptar videojuegos al cine con un éxito total. Así que su regreso al género en el que se había hecho un nombre propio, y contando con una plataforma como Netflix, que permitiría un estreno simultáneo mundial, ha sido muy esperado. Y, por supuesto, el chasco no ha podido ser más grande.

Durante los tres primeros y, sin duda, mejores minutos de la película, con una claridad expositiva y una concisión que luego echaremos amargamente de menos, nos narra que el protagonista, Leo (Alexander Skarsgard) perdió la voz a causa de un desgraciado accidente en su infancia. Muchos años más tarde, Leo trabaja de barman de un club de un Berlín futurista a medio camino entre las obvias influencias de la ya citada Blade Runner y la ciencia-ficción europea (Enki Bilal, Moebius, El quinto elemento de Luc Besson, Hasta el fin del mundo de Win Wenders), a pesar de conservar la fe amish de sus progenitores. De hecho, uno de los dos puntos fuertes de la película es el escenario, la ciudad de Berlín, recreado con una enorme riqueza visual (el otro es la estupenda banda sonora de Clint Mansell): todo lo demás es un desastre absoluto.

“Lo único positivo que cabe añadir de Mute es que, comparativamente, hace que Altered Carbon o, incluso, Cloverfield Paradox, salen favorecidas”

La novia de Leo, el centro de su vida, es una de las camareras del club, Naadirah (Seyneb Saleh), y cuando desaparece Leo no se detendrá hasta volver a localizarla. Esa búsqueda lo pondrá en contacto con dos cirujanos que realizan operaciones ilegales en el submundo criminal de la ciudad, Cactuc Bill (Paul Rudd) y Duck (Justin Theroux), y que tienen bastante que ver con el aciago destino de su amada. Tampoco merece la pena detenerse demasiado en los personajes, ya que, aunque los vemos hacer muchas cosas en Mute, nunca llegamos a conocerlos demasiado bien ni nos resultan remotamente atractivos. Lo que sigue a esa presentación de los protagonistas son dos interminables horas de ineptitud creativa y de vaciedad narrativa, de escenas intimistas que no emocionan, de secuencias de acción carentes de intensidad y de diálogos sorprendentemente torpes.

Tratando de construir una gran historia de ciencia-ficción impregnada de romanticismo, como Wenders o Scott, Jones ha terminado más cerca de los cyborg del inefable Albert Pyun, aunque Mute resulte demasiado tediosa para una maratón de CineCutre. Lo único positivo que cabe añadir de Mute es que, comparativamente, hace que Altered Carbon o, incluso, Cloverfield Paradox, salen favorecidas. Al menos su visionado no implica algo parecido a una tortura para el espectador.

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