13 octubre, 2016. Por

Bon Iver

A siglos luz del folk
Por qué lo nuevo de Bon Iver no tiene (casi) nada de folk aunque la crítica diga que sí
Bon Iver

¿Por qué lo llaman folk cuando quieren decir soul, urban, música experimental, indietrónica o lo que corresponda al sonido de Bon Iver? No sabemos por qué gran parte de la crítica sigue tirando de automatismo y etiquetando la propuesta de Justin Vernon como un proyecto de folk o de artistas folk, como mínimo.

El americano acaba de publicar un nuevo manual antigénero, plagado de cables e inyecciones de posproducción tanto en la voz como en la instrumentación; pero sin embargo la prensa sigue escribiendo esas cuatro letras (F-O-L-K) debajo de su nombre.

En Notodo.com os decimos por qué el magnánimo 22, A Million no es un álbum de folk (ni de género), sino un manual ultra singular que le quita sambenitos y nos invita a habitar en un nuevo y brillante género: el suyo propio.

EL AUTO-TUNE ES SU MEJOR AMIGO
Más allá de que Vernon parece que tuviera doble campanilla o una especie de centralita wi-fi debajo del paladar, asumámoslo: el auto-tune consigue proyectar más aún sus facultades, creando una suerte de coral consigo mismo y a través de sí mismo.

Su capacidad para elevar las armonías a un nivel tan pacificador como sensual, tan cerca del doo-wop como del soul y el r&b, tan indigenista (22 (OVER S∞∞N)) como casi auto-góspel en piezas a capella que sólo precisan de él mismo (715 – CRΣΣKS) y hasta delineando auténticos tratados de intimidad robótica (21 M◊◊N WATER); son, en gran parte, gracias a la capacidad que ha sabido desarrollar junto a su mejor amigo: el auto-tune, al que domina igual o mejor que otros popes de esta herramienta como Kanye West, James Blake, Frank Ocean o Cher.

Bon Iver acaba de componer su particular Kid A, un techo improbable y casi inalcanzable, pero que lo eleva más que nunca en el trono compartido (con unos pocos superdotados capaces de ello) de la imprevisibilidad.

JUEGA MÁS CON TRAZAS URBAN Y SOUL

Sus melodías son negras. Se mantiene la intimidad, es cierto; pero puede sonar su voz cerca de tu oído sin necesidad de remitir a la rugosidad de los bosquejos folk. Bon Iver ya no es aquel proyecto que se internaba en un bosque a echar cables en el suelo y edificar una nueva vertiente de canción folk-pop. Y en 22, A Million se hace evidente.

Las melodías mantienen el pulso pop, pero su barbilla se mueve como si estuviera cantando baladas propias de la Motown, perfilando falsetes y movimientos r&b en gemas que son pura épica (8 (circle)), una de las canciones más bellas que haya compuesto jamás y candidata a canción del año), se interna su propia voz en una suerte de simulacro a capella de Marvin Gaye (715 – CRΣΣKS) y hasta se queda a vivir en un falsete tan mínimo como soulero (666 ʇ).

SE INYECTA CABLES EN LAS VENAS

Se embrutece más que nunca. Sus ritmos juegan con el pop industrial, con las cavilaciones jazztrónicas de proyectos como Romare, con las órbitas lounge de Destroyer, pero sobre todo dejando perlas polirrítmicas, como si de una maquinola humana con cables en lugar de venas se tratase.

En el disco vemos cómo se enciende jugando con ritmos especialmente belicosos y oscuros (10 d E A T h b R E a s T), delinea una suerte de loop espiritual casi evangélico (22 (OVER S∞∞N)), inyecta ondas gravitantes y ritmos que parecen cogidos prestados de alt-J (33 “GOD”) y hasta consigue edificar con armonías vocales una especie de mono-orquesta (___45___).

PORQUE BABEA

Es una de las canciones marca de la casa de Bon Iver: edificar armonías sólo con la voz, inyectando interferencias propias del auto-tune o de la posproducción vocal, algo en lo que es maestro.

Pero en 715 – CRΣΣKS hemos oído cómo se le cae la barbilla; cómo conseguimos captar uno de los momentos de verdad y honestidad más brutales y certeros, en medio de un estribillo negroide sin más artificio que él mismo doblándose, partiéndose a la mitad, moviéndose en círculos armónicos durante poco más de dos minuto… y babeando, también, sí.

PORQUE MATA LA GUITARRA Y LA REVISIÓN FOLCLÓRICA

La guitarra no existe. Bueno sí, en 29 #Strafford APTS es en el único momento en el que podéis llegar a decir que Bon Iver es un proyecto de folk: guitarra acústica, piano y una melodía bosquejada, naturalista, que huele a madera y a cables; pero también a pop sinfónico o neoclásico.

Pero incluso en otras gemas intimistas, como puede llegar a ser la epilogar 00000 Million, una pieza a piano con un simple de una canción de Fionn Regan que nos traslada a otros espacios paralelos; o en 33 “GOD”, donde el piano y los múltiples samples (de Sharon Van Etten, de Paolo Nutini, de Lonnie Holley y de Jim Ed Brown) consiguen articular una pieza de arquitectura pop de ideas folk ajenas; Justin Vernon está hablando de algo muy diferente a lo que conocemos como folk. E incluso a lo que Bon Iver nos dio a entender como “folk” en sus dos primeros álbumes.

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