Octavius

Laws

En la oscuridad allende las veladuras de este nuevo mito del paganismo musical moderno, y detrás de este nombre de emperador romano, se esconde William Marshall, un ávido taxidermista del sintetizador de resonancia metálica, ahora galvanizado y pulido con una tecnología de calambre y chispazo contemporáneo. Despertando algo así como una negra idolatría, este nuevo sultán del synth noir, Octavius, expresa con su nuevo trabajo un código de leyes que, de facto, es una enunciación nonágona de un tratado de la nouvelle onde noire del mecanicismo wavetrónico. Un auténtico bombazo de neutrones de energía grave, golpes y derrumbes rítmicos de sobresaliente soldadura de noqueo industrial y sintético, abisales pliegues escultóricos de melodías apocalípticas de mercurio helado y efectos que son azufre ferroso y portadores de la letanía autómata y neocibernética de su sombría voz de respiración acerosa contaminada. William se nos re-presenta así después de casi 8 años de silencio y tras la publicación de Audio Noir, nunca mejor llamado, allá por 2003, en Mush Records. Asciende líquido e incandescente desde las calderas de su planta siderúrgica posplanetaria donde combina IDM con tecno digital, new wave carbónica, ambient hoscoso, musica industrial rechinante y terror-hop fosfórico que, fundido en la forma de arrabio, dan como resultado químico un innovador sonido sinterizado (sí, es una erre) de ahogos y exhalaciones épicas de estaño, níquel, aluminio y titanio. Son las nuevas leyes de Octavius. Laws. Instados estamos a su acatamiento. 

Sofisticando al máximo su expresión experimental, William Marshall (director creativo de CNTRL Limited, plataforma que auspicia el sonido de vanguardia del negro americano), re-publica estas nueve canciones que son el resultado pulvimetalúrgico de años de ensayos alcalinos de soluciones mutantes de cadmio, zinc y magnesio de pistones y cilindros chocantes, válvulas a distinta presión, filtros mefíticos gomosos y un reajuste jurisprudente de experimentación sonora. Un recorrido desasosegante en vagoneta por los túneles de esta mina imperial y fastuosa provoca la silicosis acústica que ya advierte cualquiera de su voz carbón y el hollín pulverizado de todos estos metales paladeados. Cavando en ese yacimiento con su lámpara cefálica, William Marshall descubre para nuestros oídos, y para el siempre espléndido catálogo de Mannequin, un exquisito mineral. En él se combinan una oscura carga refractaria y magnética que es herencia de un trip-hop quejumbroso y bruño, la toxicidad fungible de un sonido industrial desapacible, la arquitectural composición de la IDM de beats de distinta intensidad, fricción y rozamiento y la contaminación gaseosa de una cold wave modernizada que sostiene a través de engranajes de torsión noise, bajos adustos y orondos, soplidos cinemáticos de polvo metálico y una vaporación ciclónica que es abstracción de electrólisis atómica. Antracita de combustión voluble. Idolatría negra y antimonio.

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