12 Septiembre, 2016. Por

Leiva

El último referente del rock de masas
Leiva, el último referente del rock and roll de masas en España
Leiva

De aquel chaval que apenas superaba los 20 años al símbolo del rock de masas que es hoy pasaron quince años. No parece mucho tiempo, pero Leiva lleva tres lustros (justo el tiempo que cumple de vida el que fue su debut con Pereza) forjando una identidad sonora y estética que lo ha convertido en uno de los últimos referentes del rock and roll en nuestro país, un género que se ha ninguneado desde radios comerciales y medios masivos en los últimos años.

Sin embargo, el madrileño va ya por su tercer álbum en solitario, superando incluso las cifras y cotas de masividad de su etapa más multitudinaria en Pereza. Nosotros hacemos un elogio de una de las grandes marcas registradas y compositores de nuestro rock de autor y te decimos por qué, aunque te hayan dicho que no te puede gustar, Leiva es uno de los grandes de nuestra música popular, como demuestra en Monstruos, un cancionero tan preciosista como cazallero.

Es el último referente del rock de masas

Los años ’90 fue una década muy rica y nutritiva para el rock and roll cazallero, para ese sonido macarrónico y esos riffs de guitarra eléctrica que, a pesar de ver en horas bajas a símbolos como Loquillo y Trogloditas o Burning, se las arregló para ver cómo nombres de la talla de Los Rodríguez (y Andrés Calamaro y Ariel Rot con sus mejores registros en solitario), Los Ronaldos, Los Enemigos, Los DelTonos, Buenas Noches Rose, Platero y Tú, M-Clan, Los Hermanos Dalton o Babylon Chat sembraban el último gran semillero del rock and roll patrio.

El siglo XXI fue tímido con el rock and roll y el rock de autor: se los expulsó de las radios comerciales cediendo ante las boysband de pop-rock y punk-pop con aires a Hombres G; y apenas quedaron vadeando proyectos como Pereza, Bunbury, Fito & Fitipaldis o M-Clan encontraron algo de difusión.

Hoy son pocos los momentos en los que podemos escuchar proyectos estatales de rock en la radio. Leiva es uno de esos nombres que podemos contar con los dedos de una mano: lleva haciéndolo desde que Pereza comenzó a sonar con fuerza a partir de su segundo álbum; y a pesar del cese de la banda que compartía con Rubén Pozo, ha conseguido superar su marca anterior: número 1 con sus dos últimos álbumes en solitario y unas cotas de masas que en ocasiones era difícil de mantener con Pereza, llenar hasta la bandera el Palacio de los Deportes madrileño, con amenaza de reincidencia.

Apenas se anima a toserle de cerca Fito Cabrales, el otro referente del rock and roll que, exiliado de otra gran marca (Platero y Tú) es uno de los artistas más celebrados y masivos del país. La diferencia es que a Leiva lo llama Joaquín Sabina para componerle algunas canciones y producirle sus próximos discos, y a Fito, de momento, no.

Pone en contacto a Tom Petty con Los Rodríguez

Su cancionero es sincero, directo, no falla. Ha conseguido dar con una marca para el rock de autor perfectamente identificable: a pesar de tener aires a Tom Petty and the Heartbreakers (sobre todo cuando se anima a ese simulacro de Big Band con vientos y guitarrones), a Los Rodríguez (sus melodías recuerdan a la mejor unión de Calamaro y Rot), a los Travelling Wilburys (sin sus arranques country, el equilibrio sonoro y la nitidez de los instrumentos tiene mucho de aquello) o los primeros Wallflowers (el hijo de Dylan y Leiva tienen en común esa voz colocada delante, ese aire en las guitarras, ese excesivo detalle para maquillar cada una de las vacilaciones de sus canciones); el madrileño dibuja algo propio, tan soul & roll como folk-rock, tan poperamente melódico como macarrónicamente rockero, y cada vez más cerca del sonido del rock argentino, dispuesto para llenar estadios y para sonar en RockFM y Los 40 Principales a la vez como para saberse un referente de culto.

En Monstruos vuelve a hacerse patente: desde la discográfica no se podrán quejar de que no hay hits para ser número 1 durante semanas sin que se trate de canciones descartables (Sincericidio, Guerra mundial o La lluvia en los zapatos, por ejemplo); pero también perfila al nivel de Aviones algunos de sus mejores medios tiempos (Electricidad, Breaking Bad o Dejándose caer); suma un extra de electricidad rockera (Medicina o El último incendio); a la vez que se acerca a la canción sentida, al retrato geográfico (Palermo No Es Hollywood o San Sebastián – Madrid); desnuda su vida pública (sus relaciones con rostros conocidos como Alba Molina, Michelle Jenner o Macarena García) con frases lapidarias (“La vida me ha cambiado en un segundo extraño, demasiado brillo, demasiado impacto; me ha venido grande para ser exacto… ya sé que no es para tanto […] Fue una rara pérdida el anonimato”); o vuelve a demostrar su capacidad para hacer tándem compositivo con otros popes del rock de autor como César Pop (en La lluvia en los zapatos) o Carlos Raya (en Dejándose caer).

La Leiband es el dream team del rock patrio

Apenas Loquillo puede presentar una alternativa de peso a la banda con la que cuenta Leiva en directo hoy en día. Él mismo los llama la Leiband, y así lo entienden ellos mismos: con algunas caras conocidas de su época en Pereza (Tuli, uno de los dos metales, fue el batería de Pereza en el debut de estos), el madrileño ha conseguido confinar un dream team que suena como un reloj y que le agiliza el trabajo incluso en la grabación.

Desde César Pop (su mano derecha, hermano del alma, compañero en la última etapa de los directos de Pereza, además de haber formado parte de Babylon Chat o Le Punk, de acompañar a Quique González y Sidecars o de componer –o co-componer- canciones para Pereza o Iván Ferreiro) y Carlos Raya (productor de este disco y guitarrista de renombre, asociado a nombres como Antonio Vega, Fito & Fitipaldis, M-Clan, Quique González, etc.) hasta su hermano Juancho (líder de Sidecars y guitarrista en los directos de su hermano mayor), Iván ‘Chapo’ González (bajista de Deluxe, Amaral o M-Clan, entre otros) o José ‘El Niño’ Bruno (el batería de Calamaro, que también lo fue de Fito & Fitipaldis, Miguel Ríos, Coque Malla, Jaime Urrutia o La Cabra Mecánica, entre otros).

Es el líder de una generación de neorockeros

No sólo en cuanto a sonido, sino también en cuanto a estética, Leiva ha marcado la pauta de sus pequeños pupilos, a la vez que se erigió como el referente para lo que hace años atrás se intentó escenificar bajo el nombre del Rock de la Alameda (por su barrio de origen, Alameda de Osuna). Algunos ya aventajados por cuestiones de sangre (Sidecars, grupo liderado por Juancho, hermano menor de Leiva; o Vikxie, primo y ex compañero de Leiva en la banda que tenían en los ’90, Malahierba) y otros en período de expansión desde perspectivas sonoras diferentes.

Desde proyectos de garage embrutecido como Los Vinagres (quizá en cuanto a sonido no, pero en estética parecen hijos de Leiva), Pol 3.14 (más folk-popero, pero con muchos puntos en común), proyectos en solitario como el de Isma Romero (genética rockandrollera, estética leivera) o Joshua Díaz (batería de Hola a todo el mundo, que ha ido mostrando canciones en órbitas folk con puntos vocales similares) o proyectos extintos hace nada y menos (como 84, RagDog o Preciados, casi calcos de Pereza), el margen de adherencia del Sonido Leiva llega más lejos de lo que creías.

Te han dicho que no te puede gustar… pero te gusta

Suele pasar. Un tipo se hace conocido, suena en las radios, sale en la tele, llena pabellones, los chavales se visten a imagen y semejanza de ellos, se codean con el show business, la gente canta sus canciones en karaokes y chiringuitos, comparte escenario y ratos con Dani Martín… y tienes que odiarlo, claro. Mucho más si eres ávido consumidor de esa “música alternativa” que no sale en las radios ni las revistas de moda pero que publican sus discos en el mismo sello que Leiva y ocupan espacio en todos los festivales. Si no, ¿qué dirá la gente?

La gente tarareará en voz baja canciones que son la marca de agua (para bien y para mal) de las últimas dos décadas de rock and roll en nuestro país; otros diréis que es un “placer prohibido”, citándolo casi como pidiendo perdón. Un cancionero incólume para un artista que, sin radicalizar sus cambios creativos, ha conseguido como nadie en los últimos años abrir e impulsar el rock and roll hacia fronteras que ni los festivales ni el grueso de medios y, mucho menos, los grandes instrumentos mediáticos (radio y televisión) han querido.

Los que le achaquen su eterna estancia en esa zona de confort que es su propia marca de agua, un formato de canción del que él mismo confiesa no salir, es que no ha catado álbumes como Aviones (casi el primer esbozo de su espacio en solitario), ni su asociación a otros proyectos paralelos, tales como su labor de productor para Sidecars, la de compositor y productor para Joaquín Sabina, la puesta en marcha del supergrupo Gran Cañón (en la que ejerce como batería), aquel escarceo de supergrupo abortado que fue Autopista (junto a Quique González y César Pop), aquella mítica crew hispanoamericana que convivió en Argentina bajo el apelativo de Laboratorio Ñ (donde Pereza, Amaral, Quique González, Xoel López e Iván Ferreiro se mezclaron con músicos argentinos), sus coqueteos con música para publicidad (desde Mahou a Samsung), proyectos arty (como el de Boa Mistura) o para cine (desde la última de Achero Mañas a la próxima adaptación a la gran pantalla de la exitosa obra de teatro La Llamada) o la gira a tres junto a Loquillo y Ariel Rot, siendo el explícito eslabón contemporáneo de la historia del rock and roll patrio en esa gira.

Una pena que no se invite a convivir a Leiva a ese espacio común (los festivales) donde sí están siendo últimamente invitados compañeros generacionales y de escena como Amaral, Bunbury, Iván Ferreiro o Quique González. Quizás sea cuestión de tiempo. Quizá es hora de que la democratización de la música empiece en tu cabeza.

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