A menudo, los álbumes de rock que exploran sonidos clásicos desde la perspectiva actual pecan de quedarse en la parte más superficial y teórica del asunto. Se graban con el mismo equipo que se utilizaba en la época, incluso su secuenciación está pensada para el formato vinilo, pero no llegan a transmitir el poder de atracción y esa agitación en el estómago que producen los discos que los inspiran. Hay una delgada línea que separa el ejercicio de estilo de una colección de canciones memorable. Y si hablamos de psicodelia, pocas bandas la han atravesado con la decisión que los australianos Tame Impala muestran en su debut, Innerspeaker.
Grabado en una mansión junto al mar, recuerda en muchos aspectos al Ta Det Lugnt (2004) de Dungen. Comos los suecos, Tame Impala son una banda jovencísima con un lider autodidacta y polifacético, Kevin Parker, que compone y produce todo lo que publican. Pero se diferencian por la inclinación hacia el hard rock de los primeros y la sublime amplitud de miras de los de Perth. Sus canciones resisten comparaciones con Cream o Pink Floyd. Pero no serían lo que son sin un groove que recuerda a los Can de Tago Mago o a esa fuerza rítmica imprevisible de los primeros Soft Machine, con Robert Wyatt como batería. Todo ello tiene cabida en este primer trabajo, con un orden y una arquitectura fascinante, que recupera el espíritu narcótico, festivo y de evasión que el género tuvo en los tiempos de su popularización en los '60, en lugares como el UFO Club de Londres. ¿Debutantes del 2010? Pues muy probablemente.
