19 diciembre, 2016. Por

Robe

El destrozador de extremos que reinició el rock español
Robe

“Viendo romper las olas al pobre arbolito que llora”, al Robe se le hinchó la vena (y lo que no es la vena) de tanto ver. A diferencia de cuando le sucedía algo parecido en los años ’90, elixir de Extremoduro como uno de los referentes del rock de masas, el músico extremeño lleva unos años mostrándonos otra faceta, igual de cáustica o más pero con una mirada humanista mucho menos escatológica y más reflexiva.

En Destrozares: canciones para el final de los tiempos, consigue que un álbum extraño, que rompe con el canon y el sambenito de un estilo especialmente identificable y que convierte una especie de opereta post-folk en uno de los mejores cancioneros paridos por Roberto Iniesta en su carrera: un disco tan sosegado como encendido, tan neofolk como performático, tan impredecible como de género propio.

Porque el Robe es uno de los grandes compositores que ha dado el rock español en las últimas tres décadas; y porque su segundo ejercicio en solitario al margen de Extremoduro siembra nuevas hortalizas ricas en vitaminas desconocidas.

UNA ÓPERA EXTREMA

Puede ser que sea que Roberto Iniesta esté harto de ver lo que quiera que sea lo que vea. Razones le sobran: el líder de Extremoduro, desde su trinchera-atalaya extremeña ha decidido renunciar al mundo.

Y lo ha hecho con una carta formal, en forma de ¿ópera folk-rock?, la de Destrozares: Canciones para el final de los tiempos, un ejercicio que mantiene la tónica que empleó en algunos de los últimos ejercicios de su banda madre, los de La ley innata y Material defectuoso, en los que las canciones se entienden más como movimientos en torno a una idea y un concepto que alimenten el discurso del disco.

Aquí, más hasta los cojones que siempre pero con una dosis de reflexión que evita la escatología y el verbo manchado de mierda con el que nos acostumbró en los primeros quince años de Extremoduro.

En su lugar, estos diez micro-destrozos que se consumen como capítulos de un gran libro cantado y musicado de los destrozos del mundo contemporáneo, se ubica entre aquellas Canciones prohibidas de los Extremoduro de una de sus etapas más ricas (y también extremas) pero aderezado con toques que van desde el folk celta al rock progresivo, los aires flamencos, la música de autor de cámara y el verbo contenido, rebaja los decibelios de los amplificadores para subir el volumen del discurso de un hombre que, al mirar al frente, se encuentra un antiguo paraíso, hoy convertido en polvorín deshumanizado.

ENSANCHANDO EL ALMA

Iniesta lleva años rehaciendo la propia imagen preconcebida que se tiene ya no sólo de su figura, sino de lo que se espera del “líder de Extremoduro”, de una de las marcas de agua del rock urbano y dueño intransferible de esa etiqueta de “rock transgresivo” que tantos hijos vio nacer a su estela en los últimos 25 años.

Para eso, inició un proceso de ensanchamiento de su obra en diferentes cauces, desde que reiniciara aquel largo descanso de seis años sin canciones nuevas (pero con un doble recopilatorio publicado entremedias) que supuso el intermezzo entre Yo, minoría absoluta y La ley innata, un álbum que llevaba el sonido de Extremoduro a una dimensión más operística: pocas canciones tanto en ese disco como en Material defectuoso, cierto aire a folk-rock progresivo y una lírica que rebajaba la virulencia explícita casi cómica de álbumes anteriores, filosofando más y reflexionando a un nivel más humanista.

Eso mismo es lo que pondría en práctica en su primera novela (y best seller en una semana, aquella El viaje íntimo de la locura), en su discurso de recepción de la Medalla de Extremadura y en su primer álbum en solitario, Lo que aletea en nuestras cabezas, publicado hace tan sólo año y medio y que abría un nuevo universo sonoro para el Robe, tan mínimo como desconcertante.

En estos Destrozares da un paso más en esa batalla humanista, casi como un filósofo de arrabales, manteniendo el pulso sonoro templado, sosegado, de discurso reflexivo. Y si el anterior disco mantenía un discurso de disfrute de la libertad del ser humano, en este segundo material (no defectuoso) perfila un retrato apocalíptico, críptico, descorazonador, hastiado de la sobreinformación y del salvajismo consumista (Hoy al mundo renuncio), de la pérdida de tiempo (Del tiempo perdido), de los restos que quedan de una tierra sobredañada (Cartas desde Gaia), de los límites entre lo posible y lo imposible (Querré lo prohibido o Por encima del bien y del mal), de la humanidad deshumanizada (Puta Humanidad) o de una de las canciones más descarnadas, íntimas y desgarradoras que haya compuesto nunca (La canción más triste), entre otros balazos que dispara cantarín.

CELTA LARGO

No busquéis símiles con el legado sonoro de Extremoduro. A gatas podréis encontrar puntos comunes en las canciones más folk-rock, de trazas más templadas de álbumes como Pedrá o Canciones prohibidas, o de las parodias folclóricas que se permitía en sus primeros álbumes o, como mucho, en parte de aquel cancionero piro-poético que co-lideró junto a Fito Cabrales, Manolillo Chinato e Iñaki ‘Uoho’ Antón en aquel experimento llamado Extrechinato y tú, y que de hecho inspira en este disco canciones como Del tiempo perdido.

El sonido del Robe solista, si en aquel Lo que aletea en nuestras cabezas despistó a los más acérrimos, a los rockeros no acostumbrados a pisar el suelo de un teatro para ver a un símbolo del rock más punkarra, quizá tengan que hacerlo.

Aquel primer disco fue el primer esbozo de un sonido plagado de elementos exóticos en grupos de rock, como flautas, violines, saxos, clarinetes o acordeones, acercándose a los elementos utilizados por compañeros de escena como Ñu, elbicho, Celtas Cortos, Melange o, sobre todo, aquellos popes del folk-rock progresivo de finales de los años ’70 como Triana o Alameda pero como una especie de un Paul Simon, un Donovan o un Van Morrison: canciones de folk-rock que coquetean con momentos de flamenco (El cielo cambió de forma), rock progresivo (Cartas desde Gaia), atmósferas sinfónicas especialmente melancólicas, como bandas sonoras de sí mismas (Por encima del bien y del mal y La canción más triste) y algunos guiños a las canción más suaves de Extremoduro (Destrozares y Querré lo prohibido tienen mucho de himnos como Salir, Stand by o Todos me dicen).

Como bien dice el propio Robe: “yo soy un poeta y mi vida una letra que escribo en hojas en blanco”. Dicho y hecho.

Robe