8 enero, 2016. Por

Bowie, el copiota

Un Duque bajo la influencia
Le faltamos el respeto a David Bowie y lo acusamos de copiota en sus nuevas siete canciones
Bowie, el copiota

La numerología parece haberse puesto de acuerdo para que el ya de por sí esperadísimo regreso discográfico de David Bowie tenga una buena tunda de números que apoyen el halo místico del nuevo álbum del Duque Blanco. Y es que Blackstar, lo nuevo del británico, además de ser el indudablemente primer ‘gran lanzamiento’ del recién estrenado 2016 viene cargado de numeritos: se publica hoy, viernes 8 de enero, día en que cumple el simbólico y sexy 69 cumpleaños; además de ser la redonda 25ª referencia del nacido como David Robert Jones hace casi siete décadas.

Nosotros, sumándonos (y nunca mejor dicho) a los números, hemos decidido analizar lo nuevo de Bowie desde el punto de vista de la comparación, de la posible copia, de las posibles referencias o no que se esconden en uno de los discos más singulares y personales de uno de los artistas más (otra vez) singulares y personales de la historia de la cultura pop, a la vez que, presumiblemente, influencia ineludible de prácticamente todos los nombres a los que lo acusaremos de “copiar”.

¿Y si David Bowie fuese un copiota? ¿Al folio de quién o quiénes hubiera mirado en Blackstar? Si no ha copiado, ¿incluso la redefinición del nuevo pop está delimitada en referencias externas sin que tipos como él se den cuenta? ¿Hasta qué punto las canciones de pop en 2016 pueden llegar a ser singulares? ¿Qué queda del pop si Bowie no es capaz de inventar algo nuevo aún haciéndolo y acercándose a referentes pasados (sus discos de los 70), jazzeros (los músicos del disco forman parte del circuito jazz de Nueva York) y modernícolas (en el disco colabora James Murphy y una de las referencias que sí se han cito es lo último de Kendrick Lamar)?¿Vale la pena la leyenda del futuro?

BLACKSTAR
Como una suerte de suite de ciencia-ficción tan críptica y apocalíptica como separada en tres o cuatro movimientos de free-jazz repartidos y amplificados en sus casi diez minutos de duración encontramos guiños que van desde Medeski, Martin & Wood en su facción más jazzy hasta la mística y enigmática cripta que levantaron Faris Badwan y Rachel Zeffira con Cat’s Eyes hace casi un lustro o, sobre todo, dos de los referentes del indie-rock más operístico y post-crooner: sus amigos de Arcade Fire y The Last Shadow Puppets. Una curiosa sinfonía negra, temblorosa y críptica con tanto de maduro como de pretencioso, con tanto de adulto como de posmoderno. Un adúltero con todo y contra todos.

‘TIS A PITY SHE WAS A WHORE
Mezclando cadencias soul y neofunk a tempo cambiado para que el gobierno de la canción sea una auténtica tuneladora de metales jazz, esta libre adaptación que el británico ha decidido hacer de la obra de John Ford del mismo nombre (Lástima que sea una puta en criollo) parece bucear por los huecos abiertos que ha dejado el último y reverenciable disco de Kendrick Lamar pero como si Chet Baker hubiera participado en él.

LAZARUS
Sin ser él nada de eso, Bowie mata la falsa modestia para definirse como lo que es: el más grande. Un homólogo a Rocío Jurado pero británico, tira de falsa verborrea para dinamitar las medias verdades con una de sus grases más inolvidables y creíbles hasta la fecha: You’re a flash in the pan / I’m the Great I Am (Tú eres una flor de un día / Yo soy lo más grande que puedo ser). De fondo, un tipo que es un crooner sin querer queriendo, reemplazando los símiles operísticos de la época más fértil de Scott Walker, John Cale y Van Dyke Parks. ¿Quién llegó antes que quién, y a qué?

SUE (OR IN A SEASON OF CRIME)
Rock progresivo para alérgicos al rock; una versión reducida del corte que hace casi dos años publicó en el recopilatorio Nothing Has Changed para determinar que, al menos esta canción, sí ha cambiado. Jugando con una batería hendida en tresillos, casi como una audición para el actor protagonista de la película Whiplash, la voz de Bowie padece relajada y en perpetua despedida con unos riffs de rock digital más propios de aquella sinfónica neo-rock-sinfónica que fue el Tubular Bells de Mike Oldfield y una cadencia rítmica frenética que parece compuesto con parches de acid electro cogidos prestados de LCD Soundsystem, !!! o Hot Chip.

GIRL LOVES ME
Enamorarse de una china sin hacerlo para que, al final, esta mujer lo ame a él, mientras se pregunta “¿qué fue de los lunes?”. Una canción sencilla, serpenteante, endemoniada, malrrollera, que recuerda algunas gemas de El Tesoro de los Inocentes del argentino Indio Solari a la vez que parece coger trazas de las operetas de Wendy Carlos o de las necrosas atmósferas sintéticas del primer Brian Eno.

DOLLAR DAYS
Como queriendo sumir en un intenso polvo de sexo tántrico a su propio yo de los años ’70 (el del especial y espacial Ziggy Stardust, sobre todo) con la acusmática atmósfera de pop lounge de Destroyer (o Dan Bejar, para sus compañeros de clase) y un Elton John con guitarra acústica a modo de piano, la canción más inexplicablemente romántica del Duque Blanco es aquella en la que se jacta de que lo mismo que le hace intentar ciertas cosas es lo que lo hace morirse.

I CAN’T GIVE EVERYTHING AWAY
Una declaración de intenciones desde el título: no me gasto todas las balas porque no quiero, o no salgo con la polla afuera porque hace frío. Mezclar una suite de free jazz con una suerte de indie-lounge hipoalergénico a géneros y modas, trazando un singular puente entre todo aquello que puede dar y no quiere, utilizando guitarras más propias de Van Halen, Robert Fripp o el Carlos Santana de Abraxas a la vez que tira de bases sintéticas en versión demo ultramaquetera de grupos como Erasure o Yazoo. Para los que bailan sin darse cuenta.

Bowie, el copiota