Radiohead

The King of Limbs

¿En qué momento, al hablar de un nuevo disco de Radiohead, dejamos de hablar de la banda, de su música, de la polvareda circunspecta que generaban sus golpeteos e idas de olla de Yorke? ¿Cuándo hemos dado por pasado (y pisado) la evolución de una banda que, incluso en sus discos flojos (si es que los hay), sobresale por encima del grueso del capital del pop global? Posiblemente cuando la irreverencia y narcisismo de Thom Yorke comenzaron a eclipsar todo el aura y espíritu que generaban sus canciones. Quizás, también, cuando decidieron que tenían que girar en barco (o no girar nunca más) para no generar más daño al medio ambiente. Quizás cuando, en tal afán de exposición pública, se cargaron a las discográficas con un discurso tan populista como necesario al regalar In Rainbows por la red (táctica que vuelven a repetir). Quizás cuando, una vez más, y a finales de década, la puja entre su Kid A y el Merriweather Post Pavilion de Animal Collective pretendía instalar una nueva guerra de potencias sonoras en un afán de competencia por el trono de oro. Quizás cuando comenzó a ser más divertido reírse del ojo-pipa de Thom, de atacar a “esa banda que nadie critica”, de cuestionar la evolución o involución de sus discos, de exigirle a los de Oxford volver a recrearse en OK Computer o en Kid A si quieren el beneplácito popular… Probablemente lo que ocurre es que la gente se aburre y que Radiohead se han convertido en un parque de atracciones para las redes sociales y Thom Yorke en una marioneta superdotada de interacción pública que no hace más que recoger dardos y besos a partes iguales. Y puede que, por todo aquello, The King of Limbs suponga un ejercicio menor en muchos aspectos pero, aún con todo, una forma tan perfecta como útil de virar el sonido del pop actual hacia zonas desconocidas, bases polirrítmicas e imaginaría visual.

La dimensión desconocida por donde se mueven los británicos en The King of Limbs (con esa portada tan feísta, grunge y digna de unos primerizos Soundgarden) los lleva a una introspección de sus facultades interactivas, tendiendo a la intromisión en zonas de ocultismo crónico, utilizando bases genérico-digitales de un perfil más grave y, como hicieran en su anterior disco, cercar sus acciones en torno a ritmos que adolecen de pop clásico y que encaraman al género desde posos más propios del drum’n’bass o el dubstep, como sonaran en In Rainbows canciones como la enorme Bodysnatchers, por ejemplo. Aquí Yorke y cía. Vomitan pulsión, energía y atrofias bailables (como en Amnesiac) que hilan puentes invisibles entre James Blake, Burial y Joy Orbison en canciones completamente indigestas como Feral o máquinas que revisan el blues imaginario con bases alejadas y baterías chatarreras en la inaugural Bloom; e incluso Codex (con ese piano-base y esa amplificación vocal doblada por vientos minimalistas) se puede antojar como una cara b de Videotape. A pesar de ello, el breve The King of Limbs suena a disco del pasado augurando el futuro incluso en el futuro, haciéndose fuerte (como suele suceder con ellos) en canciones como Lotus Flower (a buen seguro que será una de las canciones del año y una progresión de enorme calidad y emotividad simbiótica, además de posible fruto de parodias audiovisuales culpa de ese videoclip tan espástico protagonizado por el líder de la banda), Separator (100% Radiohead: bajos envolventes, melodías que bucean por el aire, voces digitales, vocoder, ritmo digital homogéneo y una peculiaridad, unas guitarras tan dulces y luminosas que acaban por tender hacia lo oscuro) o Morning Mr. Magpie (ultra-eléctrica, muda, simpática, una horda incombustible de capas dentro de capas que pinta un acabado magnífico). Sí, no estamos hablando del mejor disco de Radiohead y, posiblemente, suponga un receso transitivo de la banda y una migración hacia pulsiones más impuras (como las del infravalorado The Eraser, de T. Yorke). Póngalo a parir en su red social y/o perfil más cercano (o aquí debajo, que últimamente se lleva y mucho)… ya.

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