Tennis

Cape Dory

El titular sería algo así: feliz pareja del estado de Colorado se aburre. Acto seguido, Alaina Moore y Patrick Railey deciden pasarse más de medio año en alta mar, juntando todas las almejas (sí, esas también) de las orillas californianas juntos de la mano, con unos buenos pantalones bombachos para él, un bikini de cuerpo entero para ella y un magnetofón con los grandes éxitos de la Motown. Es posible que algún día se hayan topado con un fan de Best Coast o un estudioso del Pet Sounds de The Beach Boys y hayan decidido mezclar su filosofía y letras en su disco debut, Cape Dory, un misterio envolvente con el que la banda decide atizarnos a ritmo de su sonido envasado, instantaneidad incorruptible, actualidad retrófila y, sí, kilos de sol a raudales.

No serán ni los primeros ni los últimos en utilizar un nombre ("Tennis", claro está) que lo mismo sirve para vestir de power pop clásico el rótulo (como los que editaban hasta hace escasos años discos en Bjørk Studio) o para disfrazar de electrónica experimental (como aquellos del sello Bip Hop que compartirían camarilla con gente como Minamo o Strings of Consciousness, entre otros) ni tampoco serán los primeros, al mejor (o peor) estilo Mojinos Escozíos, en homenajear en tono de parodia revival aquella portada del Hold On de la (bastante desaparecida) cantante y actriz Lisa Hartman. La realidad es que el dúo norteamericano juega al despiste a la mínima de cambio, mezclando coros soleados, tarareables, pariendo y limando “shalalas” y “parapás” a punta pala con espacios más propios del lo-fi actual o del power pop noventero. Así es que en la menos de media hora de duración de Cape Dory nos topamos, sí, con recuerdos a la vieja (y gran) ola de girl groups de los ’50 y ’60 e, incluso, cameos (poéticos) de la antes mencionada Motown, sirviéndonos en platos breves (no llega a los tres minutos la duración media de las canciones) pero majestuosamente accesibles como Pigeon, Take Me Somewhere o Long Boat Pass, transformándolos en un híbrido entre el grupo de Bethany Cosentino, The Marvelettes y un sonido guitarrero más propio de bandas como Girls. Una suerte de chapuzón en piscina de patio de fondo de casa escuchando a Frankie Rose & the Outs haciendo versiones de The Shangri-Las o Martha Reeves & the Vandellas en piezas que tienen tanta gracia como autoparodia y homenaje como las enormes Baltimore o Cape Dory (ambas recogidas en el EP de presentación que el pasado curso editaban en Underwater Peoples), mientras que cortes como Bimini Bay son un cruce desactualizado de las recientes Undertow de Warpaint u Our Deal de Best Coast con, digamos, el Just a Gigolo de Louis Prima. Impagable la pseudo-balada con base en Rhodes, armonías en permanente chorus y la perpetuidad de esos chasquidos con los dedos (sin dedal) en Marathon, una de las canciones más personales y que mejor recoge el legado de una banda que ha llegado para quedarse e instalarse en la frontera del pasado sónico y el buen rollito veraniego. Vamos, la versión más creíble y potente de lo que debe ser, hoy, la imagen de banda poppy nostálgica. Bendita luna de miel.

Bookmark and Share

¿lo has escuchado?
escribe aquí tu opinión


código de seguridad
(introduce el código que aparece a la izquierda):
nombre (obligatorio):
e-mail (obligatorio, no aparecerá publicado):
comentario: