21 marzo, 2013. Por

Justin Timberlake

The 20/20 Experience
Justin Timberlake compone una ópera neosoul que planta las bases de la evolución de la música negra
Justin Timberlake

Pocos músicos han pasado, como él, de ser uno de los niños monos y superficiales de una de las boys band más icónicas de los años ’90 a ser un auténtico torbellino de ambiciones pop en todos los terrenos por los que merodea. No es raro que la comparación inmediata sea la de Michael Jackson, salvando las inconmensurables distancias de Jackson con el resto del globo terráqueo: ex niño bonito de grupo muta en artista autosuficiente, que mide con cuentagotas sus movimientos y acaba convirtiendo al crítico de gueto independiente más sectario en un potencial fan de la radio fórmula menos premeditada. Y podemos decirlo: Justin Timberlake se ha tomado muy en serio lo de ser considerado el sucesor de Jacko en el trono de susceptible Rey del pop, y no escatima en esfuerzos por componer la ópera definitiva que plantee una severa alternativa a Thriller pero, a su vez, también al Black Album de Jay-Z o a las últimas producciones solistas del conceptual Kanye West. Para ellos, emite frecuencias que orbitan entre la fantasía conceptual, el trabajo de campo y experimentación en el pasado, presente y futuro de la música negra más urbana y las posibilidades de reconversión de la música mainstream en auténticas obras maestras de épica histórica, como sucedía en las décadas pretéritas a la entrada en el plástico y poco elástico siglo XXI.

The 20/20 Experience
mantiene a Timberlake es un auténtico tratado experimental de pop y mutaciones posibles de la música de baile, tanto la que te obliga a hacer el Mapalé y menear el bullarengue como si estuvieras en los carnavales de Brasil como esa en la que se baila agarrados oliéndole el pelo a tu chorba/o, abocado enteramente al formato “experiencia” tan en boga en estos días: en este caso, mutándola en una suerte de una gran ópera neo-soul con micro-óperas que, por lo general, sobrepasan los siete minutos de duración en más de la mitad del álbum y que nos dejan momentos más funkys, otros más hip-hoperos y, a pesar de mantener esa poción melódica durante todo el tinglado, decide alejarse del formato canción-mainstream prototípica y se sale de la competición con Seal, Usher o The Black Eyed Peas: la ambición de Timberlake lo lleva a trabajar en equipo junto a (nuevamente) Timbaland (en cierta medida, el culpable de que Justin sea la bestia en la que está mutando) y J-Roc Harmon en una suerte de versión evolucionada de las producciones de Quincy Jones y, en sagrada trinidad (con añadidos como los de Rob Know o The Tennessee Kids) comulgan con trabajos de fondo, intentando convertir en imperecedero, por mucho que pueda sonar incomprensible para las hoy casi-treintañeras fans de N’Sync en los ’90, un puntilloso trabajo de tratamiento del sonido.

A diferencia de su anterior ejercicio (FutureSex/LoveSounds), Timberlake templa sus nervios y pasa de la sexualidad a la sensualidad: modera su voz, se acerca a las facciones más soft de la música urbana y desacelera la violencia de su anterior placa en detrimento de un tratamiento más moderado, calmado y épico, mucho más atmosférico, vaporoso, ambiental y sin hacerle demasiado caso a la música de baile carne de perreo. De ahí que su misión sea la de acercarse más a las producciones de AKON, Frank Ocean o Drake pero sumándose un punto: el de una evolución que saca de las casillas al receptor de hits inmediatos y nos sumerge en una experiencia en la que prácticamente no existen los momentos de radio edit: conecta con frecuencias tribales para ejercicios armónicos que contactan a Gwen Stefani con Kanye West (Don’t Hold the Wall), crea auténticos safaris y conflictos vocales que van desde lo más analógico de las armonías vocales entrecruzadas hasta los elementos sinfónicos y computarizados-digitales del soul 2.0 (Tunnel Vision), palpita en plena odisea espacial de la negritud más temblorosa (Spaceship Coupe), muta en un negraco sudoroso en plena jam session en el gueto, a medio camino entre las Destiny’s Child y Stevie Wonder (Let the Groove Get In), coquetea con los ambientes de épica synth a la par que guiña un ojo a los falsos sampleos a David Bowie y a míticas piezas suyas como Cry Me a River (Mirrors), digitaliza el groove-funk con vientos y a lo loco (Suit & Tie), compone auténticas sinfonías de reivindicación operística de la música urbana (Pusher Love Girl), conecta a Gloria Estefan y Thalía con el Lose My Breath de las Destiny’s Child (Body Count) y hasta hace ojitos a Bon Iver y James Blake en una oda en donde el auto-tune y las deformaciones sonoras vocales dialogan con las armonías de soul líquido de su garganta (Blue Ocean Floor). Britney: ahora te toca a ti.

Justin Timberlake

+ INFO

Artista: Justin Timberlake

�lbum: The 20/20 Experience

G�nero: Neo-urban

Discogr�fica: RCA / Sony Music

A�o: 2013