1 diciembre, 2016. Por

Douglas Dare

Binario pero demasiado humano
Douglas Dare

No siempre los pianistas de formación clásica y voz de pájaro virginal resultan un coñazo. A veces aparecen tipos como James Blake, Tom Odell, Hauschka, Ólafur Arnalds, Nils Frahm, Ben Lukas Boysen o el que aquí nos ocupa, el londinenses Douglas Dare; quien tras un sonado y celebrado álbum debut de cavilaciones más clásicas, arriesgando más en melodías y variaciones métricas que en atmósfera, ha decidido dar un paso de gigante en su segundo álbum.

Y es que si bien Aforger mantiene ese halo de melancolía de tonos sepia que imprimió en Whelm, en su segundo disco el británico decidió manchar las paredes para que sobreviva la base de sus canciones, a medio camino entre el pop de autor, el neoclasicismo, la indietrónica, la misa de 12 y el ritual negro: una suma de maneras que debaten a Douglas Dare como un cantautor binario, un tipo con tanto de robot (por su disciplinas mecánica, pero también por ser un metrónomo de carne) como de un tipo demasiado humano (por su extrema sensibilidad, por su expresión entre el quejío y la melancolía solitaria).

En Aforger, el londie consigue encontrar un punto dreamy-soul entre las cavilaciones de The XX y alt-J (Doublethink), enciende la máquina para encontrar puntos medios entre los Radiohead de álbumes como In Rainbows (Venus o Thinking of Him) o el Kid A mezclado con indietrónica adherente (Greenhouse o Binary), se inventa un particular, pérfido y digitrónico confesionario oscurantista (Oh Father o The Edge), se saca de la manga una suerte de canción de estándar moderna, como un Frank Sinatra 2.0 (New York), se encuentra dramáticamente teatral en una suerte de ópera soul para funerales articulada sólo con metales y voz (Stranger) o coqueteando con trazas de jazz-soul neoclásico (Rex).

Douglas Dare