20 septiembre, 2011. Por

St. Vincent

Strange Mercy
Annie Clark se aclara la voz con un nuevo empleo maquinero de post-pop futurista para St. Vincent
St. Vincent

De la lujuria un bálsamo de horrores. Un sinfín de perdones conectados en una serie de locomoción híper kinética que hacen del pop una secuencia en slow motion y nerviosismo redentor uno de los ejercicios de sobreactuación e interpretación abusiva de la temporada, por encima de óperas mainstream y empleos del fondo y la forma (juntos o separados), temáticas aupadas a categorías perennes en lo que a territorios posteriores al pop se refiere. Annie Clark, alias humano tras esa maquinaria de futuro accesible que se hace llamar St. Vincent en sus temporadas más creativas, ha superado el aparentemente insuperable Actor con un segundo álbum, Strange Mercy, que de tan extraño se vuelve adicción, entendimiento de nuevas técnicas de trip hop veloz y confabulaciones de una garganta que disfraza de revival soul, de easy listening y rock glamouroso una amalgama de técnicas bien pulidas, perfectamente cuidadas, entrenadas, súper-producidas y arrancadas de cuajo para conversar con el funk digital, el pop estrábico y la máquina electrónica de chamber pop sintético. O algo así.

No me gustaría ser el aperitivo de media mañana de Annie Clark cuando está en plan creativo, porque su vómito será especialmente estruendoso. No se trata tanto de catapultar Strange Mercy como un disco póstumo del viejo pop recreándose en ejercicios mixtos de arte y ensayo actual y añejo, sino más bien de entender a St. Vincent como un ente neorromántico que lo mismo samplea sin samplear bandas sonoras de thrillers, voces soul de la Motown o grititos más propios de géneros ochenteros como el synth-pop en auténticas remezclas donde la técnica analógica y la digital conectan a la perfección con lo que muchos olvidan que hay que crear: canciones. Podríamos citar a Portishead (con muchos permisos), a Neko Case, Bat for Lashes, Cat Power o Jenny Owen Young por intentar asociarlo al equilibrio dancístico de una balanza en la que Clark lleva bastante ventaja en lo que a composición se refiere (exceptuando, claro, a Portishead) pero quizá no en especialidad tímbrica (se la identifica más por el ruido de su entorno que por sus dotes vocales, que son muchas y muy buenos pero no lo suficientemente sólidas como para determinar un sello Clark). Precisamente esos puntos, por llamarlo de alguna manera, flojos de su impresionante primer LP, Actor, se ven paliados en gran medida en Strange Mercy pero, incluso, superando el nivel compositivo, recreativo y accesible de sus piezas. Sí, aquí tenéis Cruel o Cheerleader para que las radios comerciales se debatan si pinchar o no canciones de St. Vincent, pero también tenéis severos flagelos de interpretación en plan Beth Gibbons en canciones tan sombrías y sumisas como electrificadas como Champagne Year, guiños de neo-soul vocal a lo Fiona Apple, riffs de rock clásico parodiado y sampleado en versiones de armonías cinéfilas en Surgeon, impulsos de punk-rock para adolescentes que ven Gossip Girl en Northern Lights o experimentos donde el nervio se ejercita a flor de piel en la aperturista Cloe in the Afternoon (donde Clark se hace sus propias segundas y terceras voces y avanza sobre un horizonte inorgánico de voces maquilladas, retocadas vía auto-tune y/o vocoder, iluminadas y arrastradas por un evidente cursor digital). Un paso adelante no sólo en la concepción compositiva de una artista en desarrollo, sino el método perfecto para paliar bienes y males a golpe de maquinola analógica, biempensante y curiosamente invasora. Alienígena de estos tiempos.

St. Vincent

+ INFO

Artista: St. Vincent

Álbum: Strange Mercy

Género: Post-pop

Discográfica: 4AD / PopStock!

Año: 2011