1 febrero, 2017. Por

Loyle Carner

El rapero disléxico que rapea con su madre
Loyle Carner

A veces, se dan ciertas aporías que solo personas llenas de sensibilidad y fuerza son capaces de resolver. Se me ocurren varios ejemplos: compositores sordos como Muhammad Ali, boxeadores con párkinson como Beethoven o raperos disléxicos como es el caso de Loyle Carner. De hecho, su nombre real es Coyle Larner, pero fruto de un tropiezo neurológico con su nombre de pila se quedó con éste. Si a esto le sumamos el déficit de atención e hiperactividad que sufre, el resultado es una ensalada lingüística que no hay dios que se coma, o por el contario, un discazo como su primer largo Yesterday’s Gone. [Si llegados a este punto el lector no ha notado ningún problema sintáctico, comparte problemas con Carner. Así que vaya al médico, o pónganselo a toda castaña, parece que al él le funciona].

Es imposible no recordar a Childish Gambino al echar un vistazo a su trayectoria. Carner, antes de dedicarse al rap, coqueteó con la farándula, pero aquello se acabó cuando su padrastro murió — del padre biológico mejor ni hablamos, ya se encarga él de saldar cuentas en el primer tema The Isle Of Arran. Tras la desgracia vino el rap, y ese mismo año publicó su primer EP Little Late, a partir del cual su carrera ha ido como un tiro. Para darse cuenta de ello, basta con recordar a Joey Bada$$ o Kate Tempest en Londres y ver que quien estaba a su lado era Carner. Incluso el mismísimo Nas, del que habla en Sun Of Jean, contó con él cuando fue a la isla. Todo este jaleo sin que hubiese grabado Yesterday’s Gone. Ahora que lo ha publicado, ¿qué?: relojes suizos, dinamita.

Que Carner haya nacido en el sur de Londres es motivo suficiente para que los medios se empeñen  en arrastrarlo a ese fango tan ácido como irresistible que es el grime. Error. O bien ahora los estudios en los que se graba grime están llenos de macarrons turquesas y nubes de algodón de azúcar, o el crecimiento del propio género desorienta al que lo escucha. Si bien es cierto que el acento, el tono de su voz e incluso su lugar de nacimiento invitan a pensarlo, lo que ocurre en  Yesterday’s Gone son otras cosas. Lejos quedan las líneas frenéticas de drum’n’bass propias de los orígenes que establecía Skimo, los olores agrios propios de las raves y los MC’s histéricos con venas yugulares más cercanas al reventón que las de un trompetista de be boop.

En el trabajo de Carner los “Kila kila real real  niggas knows d deal deal” son sustituidos por coros de góspel, las líneas hipnóticas de bajo por saxos nostálgicos y las malas caras por poemas y palabras dedicadas a su madre. Ni aunque Carner salivase como un dóberman que lleva cuatro días sin comer atado a una farola de Tower Hamlets, diría que hace grime. Pero ojo, un discazo, sí.

Engrosa las filas de raperos como Chance The Rapper que, sin quererlo, levantan las faldas a argumentos nacionales del tipo: “No, es que en el extranjero se hace así y no asá”. A la vez que se centra en una reflexión personal en la que nos deja entrar por los puntos cotidianos que entraña. Si a esto le sumamos que el disco respira jazz y soul en temas como Ain’t nothing changed, pues nada, pues bomba.

A todos nos gustan las madres, todos las queremos con devoción, pero pocos las ponen a cantar, las graban y cierran discos con ellas. Y lo mejor de todo, logra que los puristas casposo-maqueteros del rap inglés en general, y del  grime en particular lloren más sangre que una virgen dominicana. Como pasó cuando el punk dejaba de serlo y cruzaba el charco “perdiendo sus auténticas propiedades” (parece que estemos hablando de la cerveza Guinnes), que Carner tenga éxito en América y dilate injusta e involuntariamente  las fronteras de un género (pasando por alto la pequeña cosa de la proyección musical) aunque solo sea por la pataleta del talibán, es genial.

Loyle Carner