19 diciembre, 2013. Por

LPs Nacionales

Del 30 al 21
Elegimos cuáles han sido los Mejores Discos Nacionales de 2013: aquí, del 30 al 21
LPs Nacionales

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30. Das Kapital – Grecia
(Autoeditado)
El combo gallego (no los confundáis con el grupo punk de Chicago) da continuidad al impactante Ruído Negro con Grecia, un nuevo compilado que oscila entre el ruido y los acoples maquineros del krautrock moderno o el rock industrial, el trip-hop intervenido por la performance malrrollera, la electrónica urbanita y el fraseo de falso MC que O Leo, labrado en batallas mucho más belicosas y críticas bajo alter egos como el de O Leo i Arremecághona, enseña con saña a la vez que susurra metódicamente frases tan crípticas como subversivas, erigiendo los sonidos mecánicos en la auténtica revolución de la duermevela.


29. Junco y Diamante – Las comarcas de Catalunya Vol. 1
(CANADA)
El mejor homenaje musical a Cataluña no lo facturó ni Sisa, ni Peret, ni Serrat, ni Manel. Tampoco es una canción cantada a dúo entre Artur Mas y Oriol Junqueras. Son Joe Crepúsculo y David Beef. O Joel Iriarte y David Rodríguez, como vosotros veáis. En este caso, casi una parodia del recorrido que Sufjan Stevens pretendía (o aún pretende, no sabemos) hacer de todos los Estados de los Estados Unidos pero aplicado a las comarcas catalanas. Este primer volumen contiene canción folclórica, verbena, lo-fi, chatarra y reivindicaciones al revés. Mucho.


28. Pony Bravo – De palmas y cacería
(El Rancho)
En pleno auge de la contraindica(n)ción artística por dar voz (y voto) político y/o ideológico en la mayor crisis política de la historia de (como mínimo) nuestra democracia, Pony Bravo, fiel a su veta más punkarra, se mojan. Y lo hacen con un tsunami de acordes y de letras en la que se entremezclan la ironía y la parodia con la mala (pero buena, al fin) baba, la acidez y la explicitez más anárquica: la de un grupo que, fuera de todo circuito, pertenece a todos y se prodiga como el mayor ejercicio de libertad y nihilismo total de nuestra escena independiente.


27. Bflecha – βeta
(Arkestra Discos)
A medio camino entre el space dub, el hip-hop posmoderno, el pop baleárico, la electrónica etérea, el post-tropicalismo y las cosmogonías melódicas de la new wave de los años ’80, la viguesa Belén Vidal ha debutado bajo su álter ego Bflecha con βeta, uno de nuestros alegatos de beat urbano más espaciales y especiales de los últimos años.


26. Wild Honey – Big Flash
(Lovemonk)
Esta reformada versión del Wild Honey que nos ofrecía bonitas alternativas al pop de autor de corte beatle que podíamos oír en The Sunday Drivers o Niño y Pistola muta, ahora, en un ejercicio de psicodelia-cancionista más cerca de los jugueteos breves y empatados entre canción retro y contemporánea de grupos que no han conseguido mayoría absoluta en nuestra escena, como pueden ser los casos de Elastic Band o San León.


25. Vacabou – The Drums of Twilight
(Limbo Starr)
El regreso de Vacabou es un ultra ambicioso ejercicio conceptual, un emulador de imágenes, una traslación de la música como automóvil visual, una banda sonora para una película no tan imaginaria. Y es que a diferencia de otros trabajos de ese perfil, el dúo liderado por Joan Feliu y Pascale Saravelli exhiben un relato, vivido por la pareja hace siete años, en un autobús que recorría Las Vegas y cuyo conductor narraba por radio los parajes, anécdotas, situando a los pasajeros en un viaje de a bordo que, tras encontrar nueva y paisajística alternativa en las canciones y encierro conceptual de The Drums of Twilight, nos invitan a sumirnos en este abordaje experimental para nada farragoso y excesivo, sino interestelar. ¿Ha nacido la cosmoricana?


24. Fangoria – Cuatricomía
(Warner Music)
Fangoria modelan un Cubo de Rubik sencillo, un 4×4 tan poli-cromático como conceptual, un ring de boxeo planteado como un cuadrante perfecto en el que batallan melodías de cuatro querencias tecnopoperas repartidas en cuatro EPs de uso individual o colectivo. Para ello, plantean pequeñas batallas de cuatro canciones por productor, a la sazón entrenadores de esos cuatro momentos y de esas texturas sonoras: fichan a Guille Milkyway para los momentos más instantáneos y contemporáneos (y probablemente para sus cuatro mejores canciones desde Arquitectura efímera); a Sigue Sigue Sputnik para conectar vertiente épica, rock yugular y recuerdos añejos; a Los Pilotos para los momentos más experimentales (y los más bajos del LP); y a Jon Klein, ex Specimen y ex Banshee de Siouxsie, para conectar post-punk de new wave con tecnopop sintético. Batallas de uso individual pero, sobre todo, colectivo.


23. Delorean – Apar
(Mushroom Pillow)
Durante casi todo el disco, Delorean parecen componer una constante banda sonora para un evento deportivo imaginario (¿Madrid 2020?) pero de hace veinticinco o treinta años atrás. Unos A Flock of Seagulls contemporáneos. De ahí que esa electrónica aeróbica comparta puntos comunes tanto con la segunda mitad de los ’80 (los primeros proyectos de electro-pop mainstream, la new wave más hedonista) como con coqueteos noventeros que van de las raves chills más ácidas a los product placement del pop sintético (Roxette, Berlin o ABC).


22. ·Y· – Horizonte de sucesos
(Burka for Everybody)
Burka for Everybody publica Horizonte de Sucesos, el primer LP de •Y•, también conocidos como Ypsilon, un conglomerado de materias oscuras, sonidos petrificados, industriales, nacidos de la máquina, imprimiendo tendencias underground de la electrónica nuevaolera de los años ’80, contactando con la escena italiana que hemos podido oír reunida en el recopilatorio Mutazione pero también con modélicas rehabilitaciones de aquellas tendencias, hoy conocidas como la nueva modernidad oscurantista, un ritual por el que orbitan géneros “oleros” con diversos prefijos: de la cold a la dark, la minimal o la synth wave pero con un automatismo industrial apático, casi asperger.


21. El último vecino – El último vecino
(Doméstica Records)
El debut de El último vecino se convierte en una oda total y romántica al sonido sintético de los años ’80, a aquellos movimientos sonoros y culturales de la democracia sonora y, sobre todo, y más allá de nostalgias puntuales, el disco supone una de las mejores colecciones de canciones del año. Con premeditación y alevosía, Gerard Alegre parte y reparte dos “zonas” sonoras, respetando el romanticismo de las dos caras del vinilo: la primera, circunscripta a sonidos mucho más densos, oscuros e industriales; la segunda, mucho más bailable, dejando tras de sí algunos de los pelotazos más dance de las posibilidades sintéticas del proyecto.

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