Dulce pájara de...

Dulce pájara de juventud

La, por lo general, denostada capacidad de la épica y la psicodelia por limitar sus radios de acción hacia sentidos experimentos de sentimientos de expresión melancólica, nostálgica, depresiva, cuasi emo, han hecho mucho daño al género. Ese afán por inmiscuirse en las zonas menos comunes de los malos internos y verbalizarlos como si de un suicidio a bocajarro y público se tratase, han transformado a los grupos de los ’90 y a sus homólogos copistas del siglo XXI en un retrete desbordado de vómitos, materias fecales y ahogos extirpados de sus propios cuerpitos y cocidos a fuego lento en los, no obstante, algunos de los mejores catecismos que el indie, el pop, el folk, el rock o los subgéneros más detallistas han parido en la historia de la música pop contemporánea. Dulce pájara de juventud lo hace fácil, como si de unos quinceañeros hormonados con ganas de liberar endorfinas en formato partitura se refiere, y, obviamente, sin inventar absolutamente nada y dedicarse a conectar géneros como el space rock, el indie rock, la psicodelia, el rock instrumental y hasta el post-rock más épico procuran hacernos felices, generar saltos de alboroto y alegría, satirizando el género (o los géneros) y haciendo de las depresiones bonitas una alegoría a la felicidad póstuma, a la risa dentellada, al orgasmo prematuro, al polvo mañanero. Alan Sparhawk, David Baker y Dean Wareham se complicaron demasiado la vida antaño.

Jardín de infantes. Barrio del Baix Llobregat, Barcelona. Principio de los años ’90. Mientras en alguna casa cercana un joven se empollaba alguno de los primeros grandes catecismos del rock más tristón, cuatro niñatos que acababan de aparcar la teta en el sujetador de sus madres pero que aún se alimentaban a base de potitos decidían que aquello, casi veinticinco años después, sería realidad: mezclar esa felicidad infantil, esos pañales cagados y ese sonido que se colaba en el aula de algún disco de Galaxie 500, Mercury Rev o Spiritualized oído por aquel mismo chaval que, entre exámenes de aritmética e historia española, planeaba su suicidio para el año 1997, sería el sonido que acabaría imponiéndose en el local de ensayo ante la creación de un experimento tal como Dulce pájara de juventud, nombre no sólo del grupo sino, a su vez, feminización de aquel clásico título literario de la dramaturgia contemporánea parido por las manos, los bolis y los folios de Tennessee Williams y que, más tarde, acabaría siendo adaptado al cine y a la televisión. En este caso, la readaptación de estos cuatro jovencitos de la Barcelona más industrial (algunos son miembros de otros grupos, como Bruno Banani, una de las guitarras de los macarrónicos Fuckin’ Bollocks, por ejemplo) de aquella obra es tanta parodia como ese halo de risilla floja apta para todos los públicos que desfilan en las diez canciones de su disco debut.

Por allí se cita sonoramente experimentos de orquestaciones magnánimas como los recientes Arcade Fire o The Walkmen, aunque lo más preciso sea acercar al cuarteto barcelonés al sonido de Deerhunter, Surfer Blood o Broken Social Scene, por imprimir cierto halo de positivismo encriptado. Claro y notable es la asociación genérica a bandas de los ’90 que se paseaban, a su vez, por el espacio y las estructuras de rock grueso con fuerte importancia al hábitat instrumental (Mogwai, Luna, Yo la tengo, At the Drive-in o The Flaming Lips). Y allí ubicamos canciones más melódicas, coreables y primeras candidatas a canción del año (Feel o Gigalove), otras que no precisan de verbos para generar saltos ornamentales (The Fear o la enérgica Ani), algunos acercamientos al punk macarra (Junior vs. Death) o auténtico sarcasmo explosivo y épico con la utilización de un mitin de un predicador latinoamericano al habla (Nacer 3). Un auténtico repaso de sensaciones soleadas desde el prisma épico, que ayuda no sólo a reactivar las formas del nuevo lenguaje del rock sudoroso y grueso, sino que cede ante el chantaje de los copistas revivals. Qué bien.

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