2 enero, 2017. Por

Forastero

Ciudadanos de un lugar llamado ritmo
Forastero

forastero, ra
Del cat. foraster.
1. adj. Que es o viene de fuera del lugar.
2. adj. Dicho de una persona: Que vive o está en un lugar de donde no es vecina y donde no ha nacido. U. t. c. s.
3. adj. Extraño, ajeno.

No es rock, no es pop, no es jazz, no es surf, no es soul, no es swing, no es blues, no es calypso: Forastero son todo, menos la etiqueta que teníamos pensado para ellos. La RAE los define mejor que cualquier plumilla avezado con ganas de marcar con su máquina de etiquetas DYMO una génesis que pertenece a ningún lugar: unos ciudadanos de un lugar llamado ritmo, que tras una buena tunda de años vadeando con diferentes formaciones por las que han pasado algunos de los músicos más ilustres del circuito estatal, debutan con un primer disco cargado de desconexiones de género.

Y es que el combo, conocido para parte de la opinión pública como “el grupo en el que toca la batería Javier Gallego, director y presentador del programa de radio Carne Cruda”, es más bien un supergrupo en el que el conocido locutor es una de las partes de ese superdotado cerebelo que conforman músicos de la talla de Javier Colis (figura indispensable de Demonios tus ojos, Mil dolores pequeños, Vamos a morir, Los Cuantos o SuperElvis, entre muchos otros), Javier Díez-Ena (quien quizá os suene por tocar en Dead Capo o Ginferno), Daniel Niño (quien sopló y sopla vientos en Ogun Afrobeat, The Limboos o Ginferno), Juan Carlos “Chavi” Ontoria (las teclas de Watch Out, Freedonia o Shirley Davis) o Sergio Salvi (quien aportó teclas también pero a Maracatatu FM o Cosmosoul, entre otros).

 

El submarinista en el tejado demuestra que los clubes de jazz también pueden existir en la ultratumba. El disco no sólo es la banda sonora de una película imaginaria, muda, en un blanco y negro de trazas ocre y sepia, protagonizada por un comando sónico que cuelan trazas de todos los géneros anteriormente mencionados para no practicar ninguno de ellos.

Un ejercicio frenético tan cerca del club de jazz como de la imagen de una banda de música calipso en algún tugurio de la Hawai o la Cuba de mediados de siglo XX: una cita en donde la música de cañerías de Tom Waits coquetea con el jazz-rock ácido de Morphine (a los que le dedican una canción), el acid-kraut de Orbital (a los que versionan en The Box en versión casi dub) con las bandas sonoras de Quentin Tarantino, la aridez oscurantista de Grinderman o Soul Coughing, la piromanía poética (pero muda) de 713avo Amor o el psychobilly enfermo de Nekromantix, entre otras fotos que pueden llegar a tener colgadas en el local de ensayo.

 

Forastero