Nacho Umbert

Ay...

Si hubo un día en el que nos preguntábamos cómo sería la canción de autor en el siglo XXI, parece que hemos encontrado la respuesta. No hicieron falta las filigranas futuristas ni los culebrones dramáticos o los alegatos de marxismo exacerbado. Tampoco las máquinas reemplazan a la voz ni cantan robots de emotividad imprecisa. Nacho Umbert llevaba escondiendo la ecuación y el resultado de la nueva canción en un silencioso letargo que le ha durado casi quince años tras la desaparición de su anterior grupo, Paperhouse. Ahora, regresa acompañado de La Compañía con Ay…, un disco de pop costumbrista cargado de texto, de arreglos de extrema delicadeza simplificando los teoremas más complicados con leves gotas de sudor expresivo y, por sobre todo, buenas canciones.

Ya Manel, Antònia Font e incluso grupos como Klaus&Kinski o La Bien Querida parecían marcar la pauta de lo que sería la nueva canción de autor, entre la trova de los setenta y el indie de los últimos diez años. Nacho Umbert & la Compañía no están muy alejados de aquel sonido, pero recogen la sobriedad que aquellos hacían hilarante y cómica en textos de realismo pactado entre el tono, la forma y la estética cancionista. Por eso será que suena teatral pero certero, universal y poético, en la línea de Josele Santiago, Óscar Avendaño o incluso al showman Adanowsky. Difícil es saber mezclar canciones a niños maricas con cuentos infantiles, confesiones de una pareja de ancianos, historias de marineros y putas, tíos con peluca o cagarse en la madre de tu jefe. Umbert lo hace con un secretismo hipnótico, en un volumen bajo, cargado de líneas acústicas y dándose palmaditas en la espalda al saber que está haciendo de lo simple algo superior. Se esconde entre la rumba indie y el pop cataléptico (Prêt à porter), la realidad y la parodia cabaretera (La gata soprano) o la sublime canción de dormitorio alborotado (Cien hombres ni uno más). Ni siquiera sus escarceos en catalán suenan ficticios sino que, más bien, Ay… presenta un material que parece que está sonando como una serenata de barrio del extrarradio debajo del balcón de tu casa, a pie de calle, en plena primavera con la vecina del quinto tendiendo la ropa. En prosa y casi sin pausa, con una voz cercana al barítono de Bill Callahan, pero entrenado por Lluis Llach y M. Ward a la vez, el catalán (a rebufo de la cuidada producción de Raúl Refree) acaba de entregar el primer gran disco de esta década, creando una tendencia novedosa y sirviéndose de elementos antiguos, pasando de la electrónica y de la electricidad. Un nombre, ni uno más.

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núria 31/12/2010, 15:39

Eva 29/12/2010, 19:08
Me encanta, las letras son fantásticas!!!!

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