13 julio, 2016. Por

Omega

A veinte años de la octava maravilla
A 20 años del 'Morente Omega' hablamos con sus protagonistas y pasamos revista
Omega

Se cumplen veinte años de la publicación de Omega (El Europeo Música, 1996), un disco cumbre en nuestra cultura musical, que abrió nuevas sendas y rompió las fronteras entre el rock, el flamenco, Leonard Cohen y Federico García Lorca.

El disco que Enrique Morente grabó con Lagartija Nick y con flamencos como Vicente Amigo, Tomatito o Montoyita se encuentra en el mismo rango que La Leyenda del Tiempo (Polygram, 1979) de Camarón de la Isla.

Este otoño habrá documental del Omega, edición en vinilo del disco y otros homenajes. Hablamos con Borja Casani (editor del disco), Bruno Galindo (autor del libro Omega), Eric Jiménez (batería de Lagartija Nick), Antonio Arias (líder de Lagartija Nick) y Soleá Morente (hija pequeña de Enrique).

El inicio
“Yo quiero hacer algo con una banda”, decía el cantaor Enrique Morente a Antonio Arias en la época de 091, en la década de los 80. Fue en casa del Tito Paco, tío de Tacho, batería de los 091, y mánager de la banda de rock y de Morente.

Es escuchar los primeros compases y cantes de Omega (Poema para los muertos) y se te ponen los pelos de punta. Ese canto fúnebre arrebatador, homenaje a la madre de Enrique. En casi 11 minutos todo es un torbellino de emociones. Eric Jiménez, batería de Lagartija Nick y de Los Planetas nos recuerda, que siempre le gustó la Semana Santa, aunque sea “el cófrade más ateo”, y especialmente la procesión del silencio de dónde sacó la percusión para la canción Omega.

Enrique Morente era alguien con carisma, y con duende, mucho duende. Quien le ha conocido, y ha podido charlar con él, lo sabía. Y quien le ha visto en directo. “Tenía mucha curiosidad por conocer y por escuchar, no quería aleccionar, decía que aprendía de todo el mundo. Era su naturaleza hablar con gente de a pie, y con artistas y con escritores. Tenía un círculo de amigos muy variado”, nos comenta vía telefónica Soleá Morente.

Soleá nos recuerda el relato Los justos de Borges, donde menciona a esas personas invisibles que cambian el mundo, “así era mi padre. Tengo devoción por él, como padre, como artista y profesional. Viví con una persona con una sensibilidad sobrenatural y una enorme capacidad intuitiva”. Pero Morente no era invisible, era mundano, era cercano, tenía una capacidad para liar e involucrar a todo el mundo. Era pura vitalidad. “Tenía un poder mágico”, remata Soleá.

Y lógicamente de su curiosidad por conocer a Leonard Cohen, por la adoración a Federico García Lorca, por querer hacer algo con una banda de rock, por ampliar el sentido del flamenco puede surgir una obra magna y tan fundamental como Omega.

El relato
Preguntamos al periodista y escritor Bruno Galindo, autor de Omega, Historia Oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca (Lengua de Trapo, 2011), ¿qué significaba para él Omega? “Un misterio. Uno de esos discos insondables, en los que cada escucha revela un detalle que no habías apreciado”. En su libro Galindo optó por la historia oral, como hilo narrativo capítulos, un discurso continuo con todos los involucrados en el disco, que fueron muchos. “A veces no hacen falta las propias palabras. A veces está bien ser un mero micrófono y limitarse a hacer las preguntas que consideras adecuadas. Ordenar la memoria de los demás puede ser una valiosa tarea”, confiesa Galindo.

Eric siempre vio la conexión del flamenco con el afterpunk. Recuerda ver a Enrique flipando en un concierto de Massive Attack con las visuales. Y en un Primavera Sound viendo a Sonic Youth, que le dijo: ¿las guitarras no están destemplás? "Sí, pero como las afinen, vamos daos, le dije" (risas).

Sobre el libro de Galindo, Eric reconoce que tiene “discrepancias. Muchos se cuelgan medallas y no eran todos los que estaban. Muchos detractaban esa fusión. Y no vi a muchos en ningún momento de la grabación. ¡Si cabíamos la familia y poco más!”. Galindo “entiende que Omega es un trabajo que se extiende durante bastante tiempo, y en el que participan distintas personas y distintos equipos, la historia se va viendo desde distintos ángulos por parte de toda esa gente. Además de eso, las personas ponemos la memoria al servicio de cómo queremos contarnos las historias. Y la memoria no siempre es fiel. A mí ya me pasa”.

A Morente “siempre le gustaba involucrar a la familia en algunos de sus trabajos”, nos dice Soleá. “Yo tenía 9 o 10 años y hacía coros sin casi llegar al micro. Mi madre, mi hermana y mis primas colaboramos haciendo los coros en Pequeño Vals Vienés y en Aleluya, entre otras”.

“Mi hermano Jesús Arias era muy fan del disco Sacromonte de Enrique y quería hacer algo con el ‘Helter Skelter’ y el ‘Poema para los muertos’ de Lorca”, nos cuenta Antonio. "Lagartija Nick estaba a punto de publicar Su (1995) y nos embarcamos en el proyecto. Las canciones salían solas, lo pasábamos muy bien. Luego en directo, todo el mundo se quedaba flipado. No lo entendían. Todo era un movidón. Pero era un proyecto tan potente. Un camino para aportar música al mundo: rock sobre palo jondo, con ruidismo y Joy Division. En el mundo del rock lo veían con reticencias, porque hay un racismo encubierto con lo flamenco”.

La gestación
“Me interesaba hacer una fusión fría, no con ritmos calientes del sur (de África, Cuba, Brasil, o incluso con el jazz o con Asia)… Y hacerla con paredes de ruido”, nos comenta Borja Casani, editor de la revista El Europeo, y productor de Omega.

¿Le importaba que eso gustaste al público? “En ningún momento pensamos en el público. Cuando se hace una obra no se piensa en eso. Y Enrique optó finalmente por hacerlo conmigo. Lo eligió por la calidad artística y por qué conseguí la financiación. En el fondo las facilidades selectivas”, nos declara Casani.

“En términos generales mi trabajo editando discos en El Europeo siempre fue recoger los restos del naufragio, con todo lo que se le iba cayendo al ‘mainstream’, cosas acojonantes que pasan desapercibidas, porque tienen poca repercusión. Y no son cosas tan perdidas”, confiesa Casani.

“Fue un año y medio de trabajo porque todo era muy lento, venía Tomatito, Vicente Amigo o Montoyita y hasta entender la movida. Enrique hizo un trabajo de construcción conceptual enorme. Yo no lo entendía cuando iba al estudio, porque iba todo por capas. Enrique lo tenía todo en su cabeza”, nos apunta Casani. “La relación con Enrique no era una relación fácil, porque la producción de obras de arte no es fácil. Uno lo entiende de una manera. Y hay diferencias y discusiones. Y cada uno defiende su posición”.

La influencia
“Su misterio sigue intacto. Su influencia existe, pero es una impronta que pocos artistas pueden lucir con crédito y coherencia. Citaría a Los Planetas, Israel Galván, Niño de Elche o Fernando Vacas entre ellos”, resume Galindo.

¿Cómo ven desde la distancia el resultado de su libro? “El hecho de que contenga las últimas palabras de Enrique sobre Omega le otorga tristeza e importancia”, prosigue.

Omega se ha tratado con diez años de retraso, como todo en España. Lagartija Nick éramos jóvenes y no estábamos tan abiertos, pero veíamos el valor de aquella grabación y cómo nos impactaba Enrique. Hicimos un choque de caracteres”, nos cuenta Eric.

¿Crees que el Omega es como los buenos vinos, envejecen bien y gana cuerpo con los años? “De momento sigue conservando su filo vanguardista”, reconoce Galindo.

La personalidad
“Era un hombre sin edad. Amante de la libertad. No se asustaba de nada. Tenía la capacidad de entender y si no se preparaba para ello. Me quedo con todo su legado. Y sobre todo por su manera de trabajar, de no parar nunca, para seguir formándose. Trabajar los sentimientos, la fe, por su sentido del humor. Porque entendía todo perfectamente o trabajaba por ello. Venía conmigo a la facultad como oyente o iba al Conservatorio con Quique, aunque a Quique le daba mucha vergüenza”, nos confiesa su hija pequeña.

Eric Jiménez menciona que vivir con Enrique era tremendo “porque no parábamos de reírnos. Compartíamos un humor cínico y muy ‘granaino’. Conectábamos tan bien, que me iba de gira con él, para tocar sólo 3 o 4 canciones. Éramos grandes amigos, nos llamábamos a cualquier hora”.

“Enrique era un artista. Era capaz de hacer magia con los elementos de la cotidianeidad. Y alguien que sabía cómo conseguirlo. La diferencia entre un gran artista es que es capaz de transformar la realidad”, subraya Casani.

“Vivíamos soñando. Y ahora no nos vamos a despertar”, nos recuerda Antonio Arias al pensar en Morente. “Enrique transmitía. Era un artista genial: por su fuerza por su arrojo. Y su voz entraba por dónde quería y salía por dónde quería. Tenía una visión musical tremenda, conocía y dominaba el lenguaje musical, hasta hubiese podido colaborar con un aborigen australiano. Era un obsesivo del estudio. Visualizaba una estrofa de 60 maneras diferentes. Y en directo era un gran ‘frontman’: tó palante; su voz grave, sus tonos y su capacidad para florecer; utilizaba la improvisación como método artístico, le gustaba mucho el jazz. Y luego con la guasa te decía muchas verdades”, nos declara Antonio. “En 2010 habíamos quedado en grabar su visión del ateísmo, con esa visión tan mística que tenía. Enrique me cambio la manera de ver muchas cosas, me transmitió libertad”.

Lo póstumo
“Omega está reconocido, en primer lugar —y esto es paradójico— por la negatividad de sus detractores. Le pasó algo parecido a Dylan o Piazzolla en los momentos en que revolucionaron, respectivamente, la canción de autor o el tango”, afirmaba Galindo.

Le preguntamos a Borja Casani si cree que se ha entendido con el paso del tiempo la trascendencia de Omega. “Es exactamente lo mismo que ocurrió con La Leyenda del Tiempo. Con las obras ambiciosas no sólo hay una falta de empatía. Sino también hay un rechazo objetivo, la gente no quiere líos. Ni el sector flamenco, encajado en sus formatos. No entendían. Porque el propio Enrique lo interpretaba de forma diferente, se olvidaba de las letras, las inventaba. Había un rechazo, primero por envidia. Pero hubo gente que desde el primer momento me manifestó lo que sentían, por ejemplo me llamó, como Miguel Ríos a quien le había enviado el disco, que me dijo que había aparcado el coche en la cuneta de la carretera porque se había puesto a llorar. Las sensaciones que me daba gente particular, amigos, fue impresionante. Y llegó bestialmente. Se vendieron 25.000 copias en una semana. Estuvo en superventas”, nos comenta Casani.

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