23 julio, 2015. Por

Lo peor del FIB 2015

Simply the worst
Hemos estado en el FIB 2015, y esto ha sido lo peor del festival
Lo peor del FIB 2015

Texto: Alan Queipo / Fotos: Pau Bellido



Sí, pero no

Son algunos de los grandes nombres que han pasado por el FIB este año, y habrá quien haya salido empalmado de sus conciertos, pero por lo general ha faltado algo. El caso más notable es el de Blur, probablemente el concierto más esperado del territorio indie de todo el año en España y de las últimas ediciones del festival: la vista panorámica al empezar su bolo era brutal, con uno de los aforos más llenos que se recuerdan del festival en la última década, pero no consiguieron mantenerlo, y eso es por algo.

Concretamente, por tenernos dos horas intentando equilibrar un repertorio desequilibrado, sobre todo por las canciones de The Magic Whip y piezas casi experimentales como Trimm Trabb, que no venían muy a cuento. Al final, Blur apelaron a lo emocional, y a sus hits históricos, que aparecían cada dos o tres canciones, para mantener a sus fans en vilo; el resto ya se habían pirado por patas.

Algo similar sucedió con los directos de Kaiser Chiefs, The Prodigy y Noel Gallagher’s High Flying Birds: repertorios desequilibrados, intentando colar canciones contemporáneas, minimizando la categoría de directos encendidos en el caso de Kaiser Chiefs (con un Ricky Wilson en un estado de forma espectacular, en todos los sentidos) o The Prodigy, y volviendo al grupo completamente dependiente de su pasado.

Con la banda de Wilson pasa que, a pesar de lo enérgico de su hooliganismo indie de corte fino, ellos mismos son conscientes que los singles de Employment y Yours Truly, Angry Mob es lo que la gente ha ido a ver su concierto. Con Prodigy, su artefacto drum’n’bass bruto dibuja un simulacro de plástico en donde los epilépticos juegos de luces y la incendiaria base synthpunk se come el resto, quedando ellos apenas como animadores de una fiesta que podría estar protagonizando cualquiera o una suerte de clase de spinning mutando a rave bruta con un profesor como Maxim Reality especialmente motivado.

En el caso del que fuera líder de Oasis, su paulatina mutación en Paul Weller va en ascenso: pocos son los que quieren escuchar sus nuevas canciones, aún a pesar de saber que cuando visite su pasado vivirán uno de los mejores momentos del festival, como cuando tocó las épicas Champagne Supernova y Don’t Look Back in Anger: de las canciones que tocó de Chasing Yesterday nadie hablará cuando haya muerto.

Bastille, último gran concierto del festival, se confundía entre una versión reducida y para-indie-adolescente de One Direction, Maroon 5 y Kodaline. Con momentos entretenidos de coro colectivo (Pompeii y su versión de (The Rhythm) Of the Night), ese tufillo a indie de estadio y a música para anuncios de perfumes navideños se hacía bola demasiado rápido, dejando la sensación de ser un producto de temporada ensalzado por la gran industria para convencer a indies y mainstreamers.


Queríamos más, nos dieron menos
Un grupo español y el dueño de la canción del año. Esas fueron las dos principales opciones que nos decepcionaron. Sobre todo por lo que se esperaba de las Hinds, el combo más internacional de nuestra escena garagera y la última revelación de los girls groups de todo Europa; y de un tipo como Mark Ronson, uno de los productores más reclamados de la última década y dueño y señor de uno de los discos más vendidos de este año, Uptown Special.

Las primeras, a las que se ensalza precisamente por su desenfado, frescura y naturalidad, entregaron un directo tenso la primera media hora, que por momentos parecía un concierto de fin de curso de su instituto, despegadas del público, sin aprovechar el filón de ser reconocidas por buena parte de los fibers británicos (algo que NINGÚN OTRO GRUPO ESPAÑOL de este FIB puede decir), y apenas despertando al respetable en sus hits más reconocidos y reconocibles.

Lo de Mark Ronson se nos vendía como un live y acabó siendo un karaoke con trazas de directo y trazas de DJ set. Él, sentado con un micrófono detrás de su Mac, pinchaba temazos negroides (de Dr. Dre y Missy Elliott a Major Lazer, Rihanna o la sintonía de Barrio sésamo), que interrumpía frecuentemente junto a sus dos speakers, sacaba a algún guitarrista o cantante para que cante encima de la canción que parecía estar pinchando de una lista de Spotify y todo el mundo a bailar. Lo salvó la categoría de la selección de temas y las ganas de bailar neo-urban y soul para las masas; pero en cuanto a su show, flojito.


Progresan adecuadamente, pero sin sangre
Es un mal común: las buenas actuaciones, al menos desde el punto de vista de la objetividad técnica, en las que te duermes, a las que no puedes negarle su “buen concierto”… si fuera un ensayo en el local. Un mal que sobresale en festivales como éste, en donde la cantidad de actuaciones hace que o conecten contigo de alguna manera o te pires a comer o a mear. Eso es lo que consiguieron varios grupos este fin de semana.

En el caso de los nuestros, Polock y Nudozurdo dieron sendos conciertos sin fallos, pero fríos, quizás por la excesiva altura del Red Bull Tour Bus como escenario, pero dejando directos algo sosos: los primeros, manteniendo el pulso excesivamente técnico de su indie-rock de excesiva corrección técnica; los segundos, viajando hacia terrenos cada vez más aéreos, incluso a la hora de adaptar a su nuevo sonido clásicos de discos como Sintética como fueron El hijo de Dios o Negativo.

Algo similar pasó a proyectos guitarreros como Crocodiles, The Cribs o Reverend and the Makers: grupos que orbitan por zonas comunes entre el indie-rock, el garage guitarrero y el directo sudoroso, parecían estar practicando la coreografía del rockero nervioso a la vez que limitando la expresividad de un directo en exceso correcto, distante, demasiado planos, repetitivos, algo anquilosados.

Augustines y , de todos los directos fríos, han sido los más personales. En el caso del trío neoyorquino, mezclando con acierto trazas de indie rock con referentes de rock alternativo americano como Foo Fighters, con buenas melodías pero manteniendo cierto desapego a lo que pasaba alrededor, demasiado tensos por momentos. En el caso de la danesa, con media hora de retraso, salía a escena portadora de una posa de diva indietrónica respaldada por hits de arranque y de cierre (Say You’ll Be There, Don’t Wanna Dance y Lean On), pero demasiado perfecta, de esas que generan cierto rechazo, en donde la extrema corrección pide inyecciones de sangre, cercanía, menos distancia, más empatía, sobre todo tratándose de una de las últimas actuaciones del festival.


Bajo mínimos
La mitomanía nunca es buena. Como muestra, la bizarra unión de Franz Ferdinand y Sparks en FFS, el show más marciano de todo el FIB: dos bandas repasándose a sí mismas con invitados permanentes de lujo, tratando de mantener la personalidad de ambos en un espectáculo casi circense, transformando canciones como Do You Wat To, Walk Away o The Number One Song en una especie de cruza neosinfónica entre Queen y la Orquesta Mondragón: un trampantojo de proporciones bíblicas que sólo se salvaba cuando enfocaban a un Ron Mael que se parecía tanto a Adolf Hitler como a Pablo Sebastian, quien fuera pianista de Cine de barrio.

Lo de La Bien Querida no sabemos si fue culpa del sonido, del nerviosismo, de las prisas… o del (en directo) trío liderado por Ana Fernández Villaverde. El comienzo fue abominable, con la propia Ana olvidándose la entrada de uno de los hits que más habrá cantado en su vida (Arenas movedizas), con una afinación inicial bastante cuestionable y una actitud estática casi punsetil. La cosa mejoró un poco cuando desde fuera se dieron cuenta del panorama, y aprovecharon las bases synthpop brutas de sus últimos trabajos para cubrir las carencias de la banda en directo, y menos mal, así al menos nos sangraban los oídos de lo alto que estaba el subwoofer y no por otras cosas.

Hudson Taylor no se puede decir que haya fallado, pero sí confundido. Más preocupado en salir guapo en las fotos que de ofrecer algo personal, su propuesta se confundía entre la parafilia adolescente de Cody Simpson y la enésima réplica de Mumford & Sons. Nada más en esa nevera. Al menos el chaval estaba cómodo, algo que no podemos decir de los franceses Moodoïd, que ocuparon el escenario principal para ofrecer un directo falto de identidad, demasiado estéticos en lo superficial (lentejuelas, pinturitas, cuero…) y en lo sonoro, debatiéndose entre las nanas j-pop y la revisión del sonido de los suecos Lacrosse.

Lo de Palma Violets fue bastante flojo, muy lejos de lo ofrecido en el SOS 4.8: sonido bajo, arrinconados en una esquina del escenario, mutando en un proyecto de tintes noise, con un punto demasiado hooliganero, haciendo guiños a Jamie T no sabemos si irónicos, queriendo ser macarras de golpe y ofreciendo una bola de ruido en la que había que adivinar qué estaban tocando y que no hacía más que homogeneizar las canciones.

TOP 10 PEORES
1. FFS
2. La Bien Querida
3. Moodoïd
4. Palma Violets
5. Hudson Taylor
6. Hinds
7. Mark Ronson
8. The Prodigy
9. Papaya
10. Bastille

Lo peor del FIB 2015