4 agosto, 2014. Por

FIB notodil

Cómo vivió Notodo.com el FIB
La vigésima edición del FIB según Notodo.com: así lo hemos vivido
FIB notodil

¿Orgullo y prejuicio u orgullo o prejuicio? En el caso de los últimos años del FIB, se da más bien el segundo caso: el que ha sido el festival más masivo de nuestro país y uno de los pilares internacionalistas de nuestros eventos musicales ha sido sometido a debate y a cuestionamiento por parte del nicho indie desde que su catapulta lo llevó a abrir los telediarios de hace siete u ocho años a esta parte.

Ahora, acaban de firmar su vigésima edición: veinte años que lo confirman como un festival de referencia aún a pesar de los evidentes desequilibrios en los carteles de los últimos años, sobre todo si se lo compara ya no con otras citas, sino con ellos mismos hace bien poco. Con todo ello, nosotros hemos estado allí un año más, disfrutando de una de las mejores organizaciones festivaleras, de un puñado de directos antológicos que este año sólo han pasado por aquellos lares y pasamos revista y ojo crítico a buena parte de las decenas de bolos que acontecieron en Benicàssim por vigésimo año consecutivo.

DE LO BUENO, LO MEJOR
Equilibrio. Esa es la palabra que justifica y explica no sólo el mejor concierto del FIB, sino también la carrera de Tame Impala. Su concierto, como se preveía en algunos foros, fue el mejor, a pesar de no haberse paseado por el Escenario Maravillas (el principal); y es que los australianos supieron combinar no sólo un repertorio que ha mejorado consecuentemente con la publicación de su segundo disco, Lonerism, sino por esa capacidad por mantener una suerte de trance psicodélico, de experiencia lisérgica y de viajes a través de los últimos cincuenta años de rock: desde el LSD de Woodstock al indie opiáceo del siglo XXI, el combo de Perth reinventó el rock más psycho desde la humildad y el disparo certero.

En un segundo estrato, la combinación de mejor show + repertorio más sólido + personalidad sobre el escenario + demostración de que está pasando por su mejor momento creativo, fue para Lily Allen. Y es que la londinense no sólo agitó a las masas con un show de visuales, bailarines, coreografías, modelitos arriesgados y un tipazo que ya lo quisieran muchas divas neutras del urban estadounidense, sino que también demostró su acidez (como cuando dijo: "¿queréis ver a los Libertines, eh? He visto a Pete Doherty en los camerinos y estaba… ejem… calentando la voz"), ofreció una capacidad técnica impresionante (en Fuck You se dio el gusto de fumar, grabar su actuación con su iPhone, jugar con el micrófono cual Chenoa y cantar como una jabata). Brutal lo de la brutita esta.

No estuvo muy lejos M.I.A., que volvió a ofrecer un aparentemente austero show (dos bailarines + DJ + ella + un pantallón con basura digital reproduciéndose) pero muy intenso: prácticamente sin parar se paseó por sus canciones más logradas, se bajó al (sic) pilón del escasísimo público que allí estábamos para treparse por las cabezas de los presentes y casi literalmente disparó temones como si de una batalla reivindicativa y viral se tratase, desde Tumblr a la franja de Gaza.

Lo de Kasabian y Travis, cada uno en su línea protagónica, fue una suerte de karaoke pro-guiri pero con accesos a quienes no veníamos a ESO. Tanto los primeros, uno de los grandes cabezas de cartel del festival, como los segundos, brindaron un repertorio mixto para que la gente no se quede sin escuchar ninguno de sus musts. Los primeros, con su pose macarrónica, su pantalla gigante cronometrando los temas y su orden gradual de hooliganismo pop; los segundos, tiernos y como si de una tonelada de azúcar glas se tratase, no se olvidaron de ninguno de sus clásicos, seminal banda sonora del britpop más meloso.

De los representantes estatales, y aunque hubiese sido de los suburbios de Leeds también hubiese destacado, el bolo de Jero Romero fue el más destacado de los que aportan a nuestro PIB y a nuestro FIB particular. Juntos y pegados como si el escenario fuera el de un garito en el que no hay sitio para todos, los cinco miembros de la banda se apretaron sobre el escenario y aprovecharon sus sinergias, lo que llevó al toledano a componer un segundo álbum que se comprende mejor en su directo: un bolo en el que uno se respira al otro, en el que se pasea por el jazz-pop, por la canción de autor, por el lounge, por las referencias clásicas y las reverencias naturales de una BANDA de directo en las que cada nota suma y (se) siente.

REVELADORAS REVELACIONES
Dentro de las revelaciones, también hay niveles. Probablemente los que más hayan destacado son aquellos que desde una canción folk-pop, han sabido atraer a intempestivas horas a buena parte del público, ofrecer un directo muy fino, poner a cantar al personal y prácticamente opositar para, en años venideros, reclamar mejor horario y escenario. Ese fue el caso de Hozier y Kodaline, sobre todo: el primero, como un Jeff Buckley de tintes jazz, con una estética de modelo de calzoncillos para hipsters y una buena tunda de chavalas gritando su nombre en primera fila no sólo hizo que nadie se moviese de su concierto, sino que atraía a todo fiber que asomaba su cabeza; los segundos, casi como una suerte de reemplazo efímero de Mumford & Sons, hicieron lo que aquellos pero con una veta más comercial en un concierto que, a pesar de lo azucarado del asunto, generó momentos épicos que han sido de los puntos más altos del festival.

Si de rarezas hablamos, tanto Fat White Family como La Femme ofrecieron los directos más excéntricos y, ejem, “ácidos”. Y es que aunque puede que les corra la lisergia por las venas, también puede que haya complementos que hayan colaborado con esa puesta en escena tan irreverente, surrealista, nerviosa y atractiva para un público que, a la par que los descubría, intentaba menearse tan espásticamente como ellos, entre la anomalía, el rubor y la liberación ácida.

El caso de Paolo Nutini, héroe escocés donde los haya (básicamente había escoceses viéndolo), reside más en la capacidad que ha tenido para pasar de ser un cantautor bonito en un opositor de un trono de soul-rock británico de armas tomar. Así lo reivindicó en Caustic Love y así lo hizo con un directo que olía a negroide por los cuatro costados y que defendió con acritud, actitud y una voz que se debatía entre la veta grunge de Chris Cornell, el rock clásico de Tom Petty y la fiereza de Charles Bradley.

Lo de Tycho y Chloe Howl fue más un remar-es-para-siempre que un triunfo declarado. Y es que ambos conciertos, unos abogando más por una conjunción indietrónica y atmosférica del post-rock instrumental, y otra reversionando el divismo urban desde las herramientas afiladas del ñu-rock de Evanescence, fue una declaración de intenciones personal por cada uno de sus lados: los primeros, con un show épico, rotundo, practicando lo suyo, imponiendo su lectura del rock del mañana con visuales y una música cuántica; y la segunda con el nervio de una post-adolescente pero unas ínfulas de diva que, de tener mejores canciones, puede comerse a Ellie Goulding cuando quiera.

Y si de nervio y actitud hablamos, dos frentes abiertos entre la emergencia estatal que por allí se meneó. Y es que tanto Los Nastys, con la solana intensa cayendo y Triángulo de Amor Bizarro quitándoles buena parte de la poca presencia española en el festival (y más aún a las siete de la tarde), como Juventud Juché, poco acostumbrados a mostrar credenciales en un escenario que multiplica en cientos los metros cuadrados a los que acostumbran, fue una auténtica algarabía de rabia e intensidad. Los Nastys, con un show deslenguado, descamisados, díscolos, ácidos, garageros, con una actitud tan cañí como libertina, con acólitos tanto de su entorno (las Deers o El Pardo miraban atentamente el bolo) como ajenos (una –literalmente- despedida de soltero se celebraba en la primera fila), entregaron un show enérgico, eléctrico y hasta gracioso (“esta noche, a las seis de la mañana, todos a nuestra casa a ver Space Jam”, “esta canción se la dedicamos a un perro llamado WHISKY”, “esta noche… ¡todos de pastillas!” o “id a ver películas al cine” fueron algunas de las perlas-ocurrencias que soltaron). En cuanto a Juventud Juché, todo fue descarga mecánica, tensión desaforada y un afilado cancionero que retumbaba encendido en los cerebelos de quienes se acercaron a su show, quizás algo frío en la actitud escénica del trío teniendo en cuenta lo que su música rezuma a borbotones.

DE LO MALO, LO PEOR
Lo único que uno podía pensar mientras veía a The Libertines es en qué malo es el paso del tiempo y en qué poco respeto tienen algunos artistas por su legado. Con la banda de Pete Doherty y Carl Barat siempre se llevó a debate hasta qué punto es bueno un grupo que no sabe tocar y hasta qué punto las canciones sobreviven a cualquier tipo de colapso. En el FIB quedó claro lo innecesario de su regreso a pesar de la oportunidad romántica y épica que han dado a los fans que o bien nunca los vimos o bien nunca los pudieron ver liderando grandes festivales como éste. Su concierto parecía la primera reunión en un local de ensayo después de diez años sin verse: no había flow, se olvidaban las letras, se ponían a improvisar perdiendo el tiempo cual jam session de garito de extrarradio, no se les entendía nada, no tenían la actitud gamberra y encendida de antaño, ni siquiera el público guiri más destroyer los aguantaba y ellos estaban más preocupados por volver al camerino a pillar de aquello que les permitió no pestañear en la hora y pico de concierto que por hacer justicia a su repertorio, uno de los mejores que ha dado (y dará) el siglo XXI.

Lo de Cat Power fue de TOC (trastorno obsesivo compulsivo). Se pasó absolutamente todo el concierto quejándose de que no se oía, sin mirar al público y peleándose-sin-pelearse con su técnico de sonido, moviendo los amplificadores, discutiendo con sus músicos y jugando a la eterna prueba de sonido. Lo peor de todo es que si hubiéramos sido ciegos estaríamos diciendo que el bolo fue de lo mejor: ella ni siquiera de mala hostia falla, y su banda y su repertorio tampoco. Pero mira esta putada: tenemos ojos y, sobre todo, poca paciencia para aguantar tus mierdas, tu sobredosis de autoexigencia y tus ganas de pagar tus inseguridades con alguien, querida Cat.

Soporífero, plano y más digno de una gala de los MTV Video Music Awards que de un cabeza de cartel de festival internacional, lo de Ellie Goulding sólo habrá gustado a las chavalas de 18 años que ven en ella un modelo de conducta y un anhelo poco fortuito. El show fue como ponerte una playlist suya de Spotify: no distinguirías las canciones, sólo la verías a ella bailando con modelitos imposibles sobre luces fluorescentes y a los 15 minutos (si llegas) apagarías la música. No merece más. Algo parecido a lo que vivimos viendo a Nina Nesbitt: un show que parecía la fotografía de una llanura desértica, sin nada de chicha, con un repertorio de folk-pop con tintes a los descartes menos orgullosos de artistas como Alanis Morissette o Sheryl Crow y que pese a considerarse como una de las promesas folkys británicas y a mostrar un look grunge que nos trasladaba a mediados de los 90, mostró un directo que, de tan correcto, fue excesivamente soso.

Malas noticias: no somos hooligans. Por eso los show de Chase & Status, Alesso y Tinie Tempah no entraban en nuestros planes. Los primeros, por esa ensalada imposible de dubstep, ñu metal, guitarra clásica, indie para las masas y speaker de partido de baloncesto. El segundo, por ser la versión ultra devaluada del peor bolo de David Guetta y Calvin Harris, dándole a los opositores de la EDM nuevas razones para seguir atizando al género. Y Tinie Tempah, por jugar al gran show con fuegos y bailes descamisados pero sin poner en jaque que en realidad él lo que hace es ser algo así como el speaker de un gran rapero que, al menos en sus bolos, nunca aparece.

Lo de Triángulo de Amor Bizarro y Manel, los dos nombres más "importantes" de todos los nacionales que por allí tocaron, se antoja más una posición fuera de contexto que de fallo congénito. No es que sus conciertos hayan sido malos, pero sí que se han visto con cierta incomodidad por parte de ellos sobre el escenario: ya sea por los cientos de conciertos o sendas giras interminables que llevan dando desde hace años, por tocar a horas más bien tempranas en un entorno como el FIB que se percibe como ajeno para artistas estatales o porque a estas alturas se aburren de sí mismos, de la misma manera que en otros entornos brillan y capitanean carteles, Benicàssim ha mostrado la faceta más lejana de sendos cuartetos.

PUNTOS MEDIOS: CUMPLIDORES Y POCO MÁS
Entre aquellos que lo hicieron bien pero sin ofrecer nada especial ni saltarse en ningún momento el nivel-medio, hay variedad. Quizás los que tuvieron peor suerte fueron Of Montreal, que ofrecieron un show correcto pero que venía creciendo hasta que lo creció fue el agua: una lluvia eléctrica brutal de unos quince o veinte minutos nos expulsó del escenario, dejando al combo solo tratando de (literalmente) capear el temporal a golpe de indie glam.

Similar a lo que les sucedió tanto a los Klaxons como a Razorlight. Ambos grupos, fríos en un primer día que los encontró descontextualizados y tratando de remar con las canciones de su nuevo LP, Love Frequency, a un público que sólo atinaba cuando sonaban los himnos de su primer redondo; y unos Razorlight que ofrecieron un show bien repartido entre la nostalgia brit-rockera, la reivindicación del Bowie de Diamond Dogs y en la que, a pesar de que no faltaron canciones indispensables, se quedaron a medio camino entre lo que podría haber sido un show bestial y lo que fue: algo apagado, falto de volumen y una entrega más bien quieta.

Albert Hammond Jr. sí que destacó en su entrega, además de que sorprendió a quienes no estaban acostumbrados a identificar el sonido en solitario del guitarrista de los Strokes. Quizás el problema han sido los vaivenes entre las canciones y esa suerte de pastiche en la que lo mismo te salía con piezas dignas de su grupo-madre que con canciones en líneas cuasi metaleras, himnos personales como la brutal In Transit o canciones de querencia crooner moderna: una ensalada difícil de digerir así toda junta, a lo loco, sin conexión entre sí.

Lo de Jake Bugg y Katy B sigue siendo una carrera de fondo, cada uno en su terreno. Ambos son insultantemente jóvenes (él, 20 años; ella, 25); y a pesar de que ambos ya tienen dos álbumes en el mercado, todavía no logran sacarse el sambenito de “revelaciones”, algo que se volvió a notar en el FIB, a pesar de que el público guiri se volcó con ellos: ofrecieron shows muy correctos, magníficamente interpretados y muy ordenados en todos los sentidos, pero que aún tiene una cuenta pendiente a la hora de transmitir un “algo” especial que no sólo nos quite de la cabeza referencias automáticas a sus proyectos, sino que nos lleve a considerarlos indispensables, como sucede habitualmente con los grandes proyectos.

François and the Atlas Mountains podrían haber dado la nota “adulta” dentro de ese campo de exhibición alternativo-experimental que era el escenario FibClub, pero se quedaron a medias. Algo similar a lo que ha sucedido con su evolución discográfica, que pintaba como una mezcla de Rufus Wainwright y Mac DeMarco y ahora parece un correcto grupo de carretera francesa que no sabe si tirar por la canción romántica, por la excentricidad ochentera o por el folk-pop más épico. Exactamente eso es lo que sentimos al verlos en directo, también.

EL VIEJUNISMO, DEVALUADO
Da un poco de miedo decir que los directos de Paul Weller, Manic Street Preachers o The Charlatans han sido malos; pero hemos encontrado una palabra-concepto más adecuada: aburridos. La plana mayor del purismo que allí representaba el rock alternativo británico que, décadas después, sigue vivito y coleando, se ha mostrado ajeno a lo que pasaba a su alrededor: sus directos trataban de emular alguno que podrían haber ofrecido hace veinticinco años pero con veinticinco años más, y todo lo que ello conlleva.

Y aún a pesar del respeto a su propio repertorio y la consideración de semi-dioses por parte del respetable (tanto guiris como españoles, todos a una), sus bolos han pasado desapercibidos, sin grandes momentos épicos más allá de estar viendo a las grandes figuras de antaño aún menearse, pero sin la sensación de estar disfrutando de ningún tipo de “segunda juventud”.

El que sí lo consiguió fue James: uno de los primeros conciertos del festival y uno de los más enérgicos, entregados, trepándose a las vallas, rehabilitando su legado, ofreciendo un show equilibrado que paseaba a Tim Booth por los álbumes de sus orígenes a principios de los años 80 como en su etapa más reciente, haciendo especial hincapié en las canciones de La Petite Mort, su nuevo álbum y un soplo revitalizante a un indie británico que pasó de puntillas por el gran público internacional pero que sacó chapa de culto en un FIB que lo elevó en volandas.

LA OPORTUNIDAD A NUESTRA EMERGENCIA
Una de las mejores cosas de esta vigésima edición del FIB ha sido que, a pesar de que el cartel flojeaba en grandes atractivos que hagan justicia a las dos décadas de festival, no se han olvidado de dónde vienen: de la emergencia, de la labor de rastreo, de la colocación casi por vez primera en un gran festival a talentos desconocidos de la escena estatal, incluso a pesar de que un 70 u 80 % del público proviene del Reino Unido. Y por allí se han paseado, con mejor o peor suerte y directo, en mejor o peor horario, nombres como los de El Pardo, Los Claveles, Los Nastys, Juventud Juché, Kokoshca, John Gray, Aurora, Persons, Hominidae, El Último Vecino o The Parrots, entre otros. Una ventana a la España “de abajo” que se codea con la Inglaterra “de arriba” a orillas del Levante. Esperemos que sigan por esa senda.

EL DRAMA DE LOS CABEZAS DE CARTEL
Uno de los grandes dramas y elementos cuestionadores del FIB han sido los cabezas de cartel, centrados únicamente en el interés popular británico, pero aún así sin grandes atractivos a la altura de los grandes festivales que hay en el Reino Unido. ¿Eran realmente dignos de capitanear la simbólica y aparentemente inolvidable celebración de la XX edición del FIB? La primera línea, para Kasabian y The Libertines: dos grupos de la ola indie-rockera de principios del corriente siglo que, unos en un buen momento de forma, los segundos recientemente reunidos y ofreciendo un show paupérrimo, han mostrado el desequilibrio a la hora de armar una grilla de nivel, sobre todo si tenemos en cuenta el valor simbólico que los primeros veinte años de festival deberían suponer.

La segunda línea, igual de british: desde alegatos fiesteros como Tinie Tempah, Alesso y Chase & Status hasta revulsivos urban femeninos como Lily Allen, Katy B y Ellie Goulding, símbolos puretas como Paul Weller, Travis y Manic Street Preachers o caras-bonitas para las masas como Paolo Nutini; todos ellos son un buen aderezo para cualquier festival, pero en cuanto a reclamos referenciales y de peso revulsivo dentro del circuito alternativo contemporáneo apenas hemos encontrado nombres como los de Tame Impala, Cat Power o M.I.A., cayéndose del cartel a última hora un posible talento futuro como Charli XCX. Veremos si para la vigésimo primera edición se recompone la valía prescriptora y el alto criterio que cosecharon hasta hace bien poco. Y si no, que al menos se la jueguen y programen a Rosendo y a Extremoduro, y así el paisaje es más variopinto aún.

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