Oneohtrix Point Never

Returnal

El amigo Daniel Lopatin lleva más de siete años dedicando su obsesión melómana a la colección de sintetizadores analógicos y a la composición posterior de tratados de ruido atávico planeador y guías de una nueva psicodelia electrónica. Desde entonces hace posible nuestros viajes de ida y vuelta por un retrofuturismo cósmico ambiental de drones limpios y metálicos y notas que salpican una policromía tan dispar como lo es su exploración sónica, de armonías cíclicas, sintéticas y sedosas escalas dispersivas. Daniel Lopatin es por eso un genio de una abstracción musical capaz de descomponer el sonido inicial para refractar un sinfín de matices que pasan por el eco tubular, el sonido magnético, las dinámicas cadenciosas de distinto fade y una plácida y anestesiante caleidoscopía. No ha pasado ni un año desde que se publicara su recopilatoria aventura doble en No Fun, Rifts (2009), y la siguiente inmersión supone lo que él mismo titula como Returnal. O un nuevo viaje de escultores lásers que delimitan volúmenes y vacíos, fracturas, ruidos mansos y fantasías psicodélico-electrónicas. 

Returnal es el cuarto álbum de Oneohtrix Point Never y el primer trabajo para Editions Mego (también casa vienesa de Fennesz o Tujiko Noriko) y un disco que, conscientes del género, luce una apertura y accesibilidad distintas en la que el de Boston afincado en Nueva York se aproxima hacia el pop con una notabilidad más clara que en otras referencias. Y sin dejar de lado la experimentación. Así Lopatin se precipita por pasajes más abruptos y aristadas rugosidades, enclaves orgánicos que son escenario de ecos vocales recurrentes (sitos entre la fantasmagoría, el drag y el sueño eléctrico) o lugares psicoambientales de grises caóticos. Y pasea por otros con paliativos sintetizadores de extensiones luminosas y propensión flúor electromagnética; de notas tanteadas y escalas recreativas y calmas. Por estructuras practicadas y por otras inusitadas. Por espacios recargados y recovecos aislantes que conducen a valles minimalistas de sostenidos que nos atenúan con arpegios fascinantes. Y que suman cuarenta y dos minutos en ocho canciones que entre la abstracción electrónica, la nostalgia, el pop de aleación líquido-alcalina, la infinitud y la ciencia ficción de un futuro pasado, nos sumen en un estado catalítico de ansiedad y zozobra, de búsqueda y de eterno retorno. De no punto y línea. Atravesando el prisma.

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